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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– Sí, pero eso es porque tú sabes de lo que Elliot era capaz y el jurado no.

– Me lo puedo imaginar cuando le dijo: «Si tú no estás dispuesta a seguirme el juego, solo queda una alternativa. Te dispararé yo a ti».

– Me pregunto si aún continuarías en Alexander Dupont y Bell si Elliot no hubiese entrado en la firma.

– Es una de esas cosas del destino -respondió Fletcher, con tono distraído-. ¿Qué me tienes preparado?

– Vamos a pasar el día en Madison.

– ¿Vale la pena dedicar todo un día a Madison, cuando es un distrito totalmente republicano?

– Por eso mismo quiero quitarlo del programa cuando todavía nos quedan unas semanas de campaña -le explicó Jimmy-, aunque no deja de ser una ironía que sus votos nunca hayan contado en el resultado de unas elecciones.

– Un voto es un voto -le recordó Fletcher.

– No en este caso, porque mientras el resto del estado vota en la actualidad electrónicamente, Madison continúa siendo la excepción. Están entre el puñado de distritos del país que todavía prefiere marcar las papeletas con un lápiz.

– Eso no impide que sus votos sean válidos -insistió Fletcher.

– Muy cierto, pero en el pasado dichos votos han resultado ser irrelevantes, porque en Madison no comienza el recuento hasta la mañana siguiente de los comicios, cuando ya se han dado a conocer los resultados generales. Tiene algo de farsa, pero es una de esas tradiciones que los buenos burgueses de Madison no están dispuestos a sacrificar en aras de la tecnología moderna.

– Aun así, ¿sigues queriendo pasar todo el día allí?

– Sí, porque si la diferencia fuese menor de cinco mil votos, entonces Madison se convierte como por arte de magia en la ciudad más importante del estado.

– ¿Crees que el resultado será tan ajustado? Bush todavía lleva una gran ventaja en las encuestas.

– Todavía es la palabra básica, porque Clinton está acortando las distancias todos los días, así que ¿quién sabe quién acabará en la Casa Blanca o, ya puestos, en la mansión del gobernador?

Fletcher no hizo ningún comentario.

– Esta mañana pareces un poco preocupado. ¿Hay alguna cosa más que quieras discutir conmigo?

– Todo apunta a que Nat ganará de calle -comentó Julia, que leía el periódico.

– Un primer ministro británico dijo una vez que «una semana es una eternidad en la política». Todavía nos quedan varias por delante hasta que se deposite el primer voto en las urnas -le recordó Tom a su esposa.

– Si Nat llega a gobernador, echarás de menos todo el jaleo. Después de todo lo que habéis pasado, volver a trabajar en Fairchild’s puede resultar un tanto decepcionante.

– Si quieres saber la verdad, perdí todo interés en las cuestiones bancarias en el momento en que se fusionó Russell.

– Piensa que te convertirás en el presidente del banco más grande del estado.

– No si Nat gana las elecciones -contestó Tom.

Julia apartó el periódico.

– Creo que no te he entendido.

– Nat me ha pedido que sea su jefe de gabinete si lo eligen gobernador.

– En ese caso, ¿quién será el presidente del banco?

– Tú, por supuesto. Todo el mundo sabe que eres la persona ideal para el puesto.

– Fairchild’s nunca nombraría a una mujer para el cargo. Son demasiado tradicionales.

– Vivimos en la última década del siglo veinte, Julia, y gracias a ti, casi la mitad de nuestros clientes son mujeres. En cuanto a la junta, por no hablar del personal, durante mi ausencia la mayoría de ellos creen que ya eres la presidenta.

– Pero si Nat pierde las elecciones, esperará con razón volver a ocupar su puesto de presidente de Fairchild’s, contigo como consejero delegado, y en tal caso no hay nada que discutir.

– Yo no estaría tan seguro -señaló Tom-. No olvides que Jimmy Overman, el senador por Connecticut, ya ha anunciado que no se presentará a la reelección el año que viene, y en tal caso Nat se convierte en el candidato lógico para sucederlo. Quienquiera que sea el que gane las elecciones, estoy seguro de que el otro marchará a Washington como senador del estado. -Guardó silencio unos instantes-. Sospecho que solo será cuestión de tiempo ver cómo Nat y Fletcher compiten por la presidencia.

– ¿De verdad crees que estoy capacitada para el cargo? -insistió Julia en voz baja.

– No, tienes que ser norteamericana de nacimiento para aspirar a la presidencia.

– No me refería a ser presidenta de la nación, bobo, sino a presidenta de Fairchild’s.

– Lo sé desde el momento en que te conocí -contestó Tom-. Solo me preocupaba que no me consideraras el tipo idóneo para ser tu marido.

– Oh, los hombres sois absolutamente obtusos en algunas cosas -afirmó Julia-. Decidí casarme contigo la noche que nos conocimos en la cena en casa de Su Ling y Nat.

Tom abrió la boca y la cerró sin decir nada.

– Cuán diferente hubiese sido mi vida si la otra Julia Kirkbridge hubiese llegado a la misma conclusión -añadió Julia.

– Por no hablar de la mía -declaró Tom.

50

Fletcher miró a la multitud que lo vitoreaba y agitó los brazos con entusiasmo para agradecérselo. Llevaba dados siete discursos en Madison a lo largo del día -en las esquinas, en centros comerciales, a las puertas de la biblioteca-, pero incluso él se sintió sorprendido ante el recibimiento que le dispensaba la gente en el último mitin, que tenía por escenario el salón de actos de la ciudad.

pasen y escuchen al ganador, era la leyenda escrita en letras rojas y azules en la enorme pancarta que se extendía de un extremo al otro del estrado. Fletcher había sonreído cuando el presidente del comité local le había dicho que Paul Holbourn, el alcalde independiente de Madison, había dejado instalada la pancarta después de que Nat diera su discurso a principios de semana. Holbourn llevaba catorce años como alcalde y no lo reelegían porque derrochara el dinero de los contribuyentes precisamente.

En el momento de acabar su discurso y volver a su asiento, Fletcher sintió cómo la adrenalina continuaba circulando por sus venas. La ovación que le dedicaba el público puesto de pie no tenía nada que ver con los aplausos organizados, donde unos tipos al servicio del partido y distribuidos estratégicamente se levantaban para aplaudir a rabiar en cuanto el candidato soltaba la última frase. En esta ocasión, el público se levantó al mismo tiempo que los mandados. Solo lamentó que Annie no estuviese allí para verlo.

Cuando el presidente del comité le sujetó el brazo y se lo levantó como si fuese un boxeador que acabara de ganar el combate y gritó por el micrófono: «Damas y caballeros, les presento al próximo gobernador de Connecticut», Fletcher se lo creyó por primera vez. Clinton había alcanzado a Bush en las encuestas nacionales y la candidatura independiente de Perot continuaba restándoles votos a los republicanos, así que, de rebote, todo esto beneficiaba a Fletcher. A partir de entonces debía confiar en que las cuatro semanas que le quedaban de campaña fueran suficientes para borrar los cuatro puntos de ventaja de su rival.

Pasó otra media hora antes de que el salón se vaciara y para entonces Fletcher había estrechado todas las manos tendidas. El presidente del partido, contento a más no poder, lo acompañó hasta el aparcamiento.

– ¿No tiene chófer? -preguntó, un tanto sorprendido.

– Lucy se ha tomado la noche libre para ver Mi primo Vinny, Annie está en una reunión de no sé qué junta y Jimmy está en una cena para recaudar fondos. Como son menos de ochenta kilómetros hasta Hartford, creo que me las podré apañar muy bien por mi cuenta -respondió Fletcher mientras se sentaba al volante.

Inició el viaje de regreso con una sensación de euforia y poco a poco comenzó a relajarse por primera vez en todo el día. Pero no había recorrido ni dos kilómetros cuando sus pensamientos volvieron a centrarse en Lucy, como le ocurría cada vez que estaba solo. Se enfrentaba a un grave dilema. ¿Debía decirle o no a Annie que su hija estaba embarazada?

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