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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Lo lograrás —dijo Maureen—. Es tu trabajo.

—¿Piensas en algún otro que pueda hacerlo?

—No te hice una pregunta, papá.

—Entonces recuérdalo cuando tenga que hacer algo que no me guste. —Apretó la mandíbula—. Vamos a lograrlo, pequeña. Te lo prometo. La gente de este valle va a resistir este desastre sin perder la civilidad. —Sonrió y añadió—: Pero estamos hablando demasiado. Es hora de ir a la cama. Mañana tengo mucho qué hacer.

—De acuerdo.

—No es necesario que me esperes. Me acostaré en seguida. Buenas noches.

Maureen besó a su padre y salió de la sala. Arthur Jellison vació el vaso de whisky y lo dejó sobre la mesa. Miró largamente la botella y luego su mirada se posó en la chimenea vacía. Podía ver la manera de edificar una civilización a partir de las ruinas que había dejado el martillo de Lucifer. Había mucho que salvar en las viejas ciudades costeras. El agua no lo habría destruido todo. Podrían perforarse nuevos pozos petrolíferos y reparar las carreteras. Las lluvias no durarían eternamente.

Lo reconstruirían todo, y esta vez harían las cosas bien.

Los hombres se extenderían más allá de su pequeño globo nativo, llevarían la civilización humana a todo el sistema solar, incluso a las demás estrellas, y no habría nada que pudiera ponerles de nuevo al borde de la extinción.

Claro que podrían hacerlo. Pero había que vivir lo suficiente para iniciar la reconstrucción. Lo primero era lo primero, y el problema inmediato consistía en organizar aquel valle. Nadie iba a ayudar. Tenían que hacerlo por sí mismos. No habría más ley y orden que los que ellos establecieran, y la única seguridad que tendrían Maureen, Charlotte y Jennifer sería la que ellos pudieran defender. Arthur Jellison había sido responsable del pueblo estadounidense, y en especial del californiano. Ya no lo era. Ahora era sólo responsable de su familia, y se preguntaba cómo podía protegerla, lo cual enlazaba con otra pregunta: ¿cómo conservar el rancho? Tal vez no podría hacerlo sin ayuda. Ayuda, ¿de quién? De George Christopher, desde luego. George tenía muchos amigos. Entre los dos podían hacer las cosas bien.

Arthur Jellison se incorporó fatigosamente y apagó de un soplo la lámpara de queroseno. En la repentina oscuridad la lluvia y los truenos sonaban aún con más intensidad. La luz de los relámpagos le permitió ver el camino hasta su dormitorio.

Había luz bajo la puerta de la habitación de Al Hardy. Se apagó cuando el ayudante oyó que el senador iba a acostarse.

SANTUARIO

Dios da a todos los hombres la tierra entera para amar, pero, como el corazón del hombre es pequeño, dispone que cada uno ame a su terruño por encima de todos los demás.

Rudyard Kipling

Unos ruidos estridentes despertaron a Harvey Randall. Alguien le gritaba.

—¡Harvey! ¡Socorro!

¿Era Loretta? Se incorporó de súbito y se dio un golpe en la cabeza. Se había quedado dormido en el furgón, y la voz no era de Loretta. Permaneció un momento perplejo, sin saber si aquello era una pesadilla o no.

—¡Harvey! —La voz era real. Y Loretta estaba muerta.

Llovía, pero el furgón estaba a cubierto. Harvey abrió la portezuela y la débil luz le hizo parpadear. Consultó su reloj. Eran las seis, pero no sabía si de la madrugada o de la tarde.

El furgón estaba aparcado bajo un desvencijado cobertizo, poco más que un techado con postes para sostenerlo. En un extremo se encontraba Marie Vanee. Joanna le apuntaba con la escopeta. Mark gritaba y Marie pedía ayuda a Harvey.

Todo aquello era insensato. La escasa luz, la intensa lluvia y el ulular del viento, los gritos de la mujer y de Mark y Joanna con la escopeta... ¿Era un sueño o era real? Se acercó a los demás.

—¿Qué sucede, Mark?

Mark se volvió hacia él, sonriente, pero su sonrisa se desvaneció, igual que la esperanza de Harvey de que aquello fuera un sueño, igual que...

—¡Díselo, Harvey! —gritó Marie.

Las telarañas en la mente de Harvey se resistían a desaparecer.

—Explícate, Mark —pidió a su amigo.

Marie hizo un movimiento violento y repentino, como una marioneta. Harvey la miró sorprendido mientras ella repetía el gesto, como si luchara con un enemigo invisible. Luego, también de repente, se relajó y habló en tono casi calmado.

—Harvey Randall, ya es hora de que te despiertes —dijo la mujer—. ¿No te preocupa tu hijo? Has enterrado a Loretta, ahora piensa en Andy.

—Pero, ¿a qué viene todo esto?

Ambos hablaron a la vez. La necesidad de entendimiento, más que cualquier otra emoción, hacía que Harvey levantara el tono de voz.

—¡De uno en uno! Mark, por favor, déjala hablar.

—Este... hombre quiere abandonar a nuestros chicos —dijo Marie.

—No es cierto. Sólo trato de decirle...

Ella le interrumpió.

—Los chicos están en el parque Sequoia. Se lo he dicho. En el Sequoia. Pero él nos lleva hacia el oeste, y ésa no es la dirección correcta.

—¡Callaos todos! —gritó Joanna, con un dejo de histeria en la voz que acalló a Mark antes de que pudiera decir algo más.

Mark nunca había visto a Joanna temblar de aquella manera. Y, además, tenía la escopeta.

—¿Adonde vamos, Mark? —preguntó Harvey.

—Al Sequoia —dijo Mark—. Es un sitio muy grande y ella no sabe dónde...

—Yo lo sé —declaró Harvey—. ¿Dónde estamos?

—En el valle Simi —respondió Mark—. ¿Quieres escucharme?

—Sí, habla.

—Harvey, este hombre...

—¡Cállate, Marie! —exclamó Harvey en un tono deliberadamente brutal. La mujer se calló.

—Mira, Harv, hay gente por todas partes —explicó Mark—. Empezaba a haber atascos en las carreteras, así que tomé un camino que conozco. Lo usan muchos motociclistas. Ese camino nos llevará a través de la reserva de cóndores. Es cierto que se dirige un poco al oeste, pero así nos apartamos de las malditas autopistas. ¿Te has parado a pensar cuánta gente está intentando salir de Los Angeles en estos momentos? Poca gente conoce este camino, y discurre por terreno elevado. No nos equivocamos al seguir esta ruta. —Se volvió hacia Marie—. Eso es lo que intentaba decirle. Tenemos que cruzar las montañas, llegar al valle de San Joaquín, en terreno llano, y dirigirnos hacia el Sequoia desde allí.

—Veamos un mapa —sugirió Harvey.

—No sale en los mapas —protestó Mark—. De lo contrario todo el mundo lo conocería...

—Creo que esa ruta es correcta —dijo Harvey—, pero quiero ver lo que ocurre después. Tengo mapas en el furgón.

Joanna se le adelantó. Fue hasta la moto y buscó en la bolsa que colgaba del sillín.

—Frank Stoner nos hizo tres copias, una para cada moto —les dijo al regresar a su lado, con una gran carta geográfica en las manos. Aquel mapa mostraba los accidentes del terreno en colores—. También hay mapas del club del automóvil.

Estaba demasiado oscuro para poder ver el mapa. Mark fue al furgón y regresó con una linterna. María continuaba apartada, rígida y silenciosa, con la mirada todavía acusadora.

—¿Lo ves? —dijo Mark—. Hemos de pasar por aquí. La carretera pasa entre lagos con presas y por la parte más alta de la falla de San Andrés. ¿Crees que la carretera grande aún se podrá usar?

Harvey meneó la cabeza. No importaba. Si la carretera estuviera en uso, un millón de personas tratarían de utilizarla. De lo contrario...

—Siguiendo este camino saldremos por Frazier Park.

—Exacto. Luego bajamos al valle y seguimos en línea recta hacia el norte. Pensaba llegar hasta el Mojave porque Frank creía que ése sería el mejor sitio, pero por ahí no podríamos llegar al Sequoia. —Señaló un lugar en el mapa—. Todas las rutas orientales pasan por el lago Isabella, siguiendo el curso del río Kern. Harv, con esta lluvia, ¿cuántos puentes quedarán sobre el Kern?

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