La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
El capitán Ryan se metió las manos en los bolsillos de su gruesa chaqueta marrón de lana.
— Creo que los hombres hallarían consuelo e inspiración en esas palabras. Antes de continuar, ¿os importaría pronunciar unas palabras sobre la tumba de Stephens? Para los hombres significaría mucho saber que su reina lamenta la muerte de un compañero.
— Por supuesto, capitán. Será un honor.
Kahlan se quedó mirando fijamente al capitán, que se retiraba para ir a cumplir las órdenes.
— No debería haber insistido en seguir adelante en la oscuridad —comentó.
Zedd trató de consolarla acariciándole con una mano la parte posterior de la cabeza.
— También ocurren accidentes a plena luz del día. De habernos detenido antes, es muy probable que éste hubiera sucedido por la mañana, y entonces lo habríamos achacado a que seguíamos medio adormilados.
— Pese a ello, yo me siento culpable. Ha sido tan injusto…
— El destino no necesita nuestro consentimiento —sentenció Zedd con una amarga sonrisa.
33
Si había algún cadáver en la granja, los soldados los habían retirado antes de que Kahlan llegara. Asimismo habían encendido fuego en el tosco hogar, aunque las llamas aún no habían tenido tiempo de conjurar el frío glacial que reinaba en la granja abandonada.
Cyrilla fue cuidadosamente instalada en los restos de un jergón que había en un cuarto de la parte de atrás. Había otra habitación, muy pequeña, en la que apenas cabían dos camastros, probablemente para niños, y la habitación central con una mesa y poco más. Por los fragmentos destrozados de un aparador y un arcón, así como los restos de objetos personales, Kahlan supo que la Orden había pasado por allí camino de Ebinissia. Se preguntó qué habría pasado con los cuerpos; no le gustaba la idea de toparse con ellos de noche si tenía que salir para hacer sus necesidades.
Zedd echó un vistazo alrededor mientras se frotaba el estómago con las manos.
— ¿Tardaremos mucho en cenar? —preguntó con tono jovial.
Llevaba una túnica de pesado tejido granate con mangas negras y capucha. Tres hileras de brocado plateado rodeaban los dobladillos de los puños, alrededor del cuello y por la parte central de la pechera presentaba brocado dorado más grueso, y un cinturón de satén rojo provisto de hebilla dorada le sujetaba la prenda a la cintura. Adie había insistido en que se comprara esas ostentosas prendas para disfrazarse, pero Zedd las odiaba. Prefería su sencilla túnica que, al igual que el elegante sombrero adornado con una larga pluma, se habían «perdido» por el camino.
Involuntariamente Kahlan sonrió.
— Pues no sé. ¿Qué piensas cocinar?
— ¿Cocinar yo? Bueno, supongo que…
— Que los buenos espíritus nos libren de su cocina —comentó Adie desde la puerta—. Cenaríamos mejor con corteza de árbol e insectos.
Adie entró cojeando seguida de Jebra, la vidente, y Ahern, el cochero que había llevado a Zedd y Adie en sus recientes viajes. Chandalen, que había acompañado a Kahlan desde la aldea de la gente barro meses atrás, había regresado después de la maravillosa noche que Kahlan y Richard pasaron juntos en un lugar situado entre dos mundos. Chandalen deseaba regresar junto a los suyos, y Kahlan no lo culpaba; sabía perfectamente qué era echar de menos a los amigos y los seres queridos.
Pero con Zedd y Adie se sentía como si todos se hubiesen vuelto a reunir, aunque todavía faltaba Richard. Pese a que podían pasar semanas antes de que los alcanzara, Kahlan se emocionaba al pensar que a cada instante que pasaba faltaba un poco menos para que, por fin, pudieran fundirse en un abrazo.
— Mis huesos son demasiado viejos para este tiempo —rezongó Adie, mientras cruzaba la habitación.
Kahlan arrastró una sencilla silla de madera, cogió a Adie del brazo y la condujo hasta el fuego. Después de colocar la silla cerca del hogar obligó a la hechicera a que se sentara y se calentara. A diferencia de las originales prendas que llevaba Zedd, la simple túnica blonda con cuentas amarillas y rojas cosidas al cuello formando antiguos símbolos de su profesión había sobrevivido al viaje. Cada vez que Zedd la miraba ponía ceño, pues le parecía muy sospechoso que Adie hubiera conservado sus sencillas ropas en el viaje mientras que las suyas se habían extraviado.
Pero Adie se limitaba a sonreír, coincidía con él en que era realmente extraño e insistía en que se veía solemne con sus elegantes prendas. A Kahlan también le parecía que Zedd tenía un aspecto magnífico, aunque con menos aire de mago, pues cuanto mayor era el rango de un mago, más sencilla era la túnica que llevaba. No obstante, no existía más alto rango que el de Zedd: Primer Mago.
— Gracias, hija —dijo Adie y acercó las manos a las llamas.
— Orsk —llamó Kahlan.
El hombretón corrió hacia ella. A la luz del fuego, la cicatriz que cubría el ojo que le faltaba se veía blanca.
— ¿Sí, ama? —preguntó, listo para cumplir órdenes. Su único objetivo era complacer a Kahlan, fuera lo que fuese lo que ésta deseara.
— No disponemos de ninguna olla. Consíguenos una para preparar la cena.
El uniforme de cuero negro crujió cuando el hombretón hizo una reverencia y salió a toda prisa de la casa. Orsk había sido un soldado d’haraniano que se había unido a la Orden Imperial. En el campamento de la Orden había tratado de matar a Kahlan. Ésta, para defenderse, lo había tocado con su poder y la magia de las Confesoras había destruido para siempre la persona que había sido, convirtiéndolo en esclavo de la voluntad de Kahlan, su ama. Esa lealtad ciega y devoción constituía una pesada carga para Kahlan además de recordarle constantemente qué y quién era.
Cuando lo miraba trataba de no ver el hombre que había sido: un soldado d’haraniano que se había unido a la Orden Imperial, uno de los asesinos que participaron en la masacre de mujeres y niños indefensos en Ebinissia. Había jurado por su título de Madre Confesora que no tendría piedad con ningún soldado de la Orden, y así había sido. Sólo Orsk se había salvado. No obstante, ya no era el hombre que había luchado por la Orden.
Debido al hechizo de muerte que Zedd había derramado sobre ella para ayudarla a escapar de Aydindril, pocos sabían que Kahlan era la Madre Confesora. Sólo Zedd, Adie, Jebra, Ahern, Chandalen, su hermanastro —el príncipe Harold— y el capitán Ryan conocían su verdadera identidad. Excepto ellos, todos creían que la Madre Confesora estaba muerta. Incluso para Orsk era simplemente su ama. Los hombres con los que había luchado la conocían como su reina. En su mente el recuerdo de que era la Madre Confesora había sido sustituido por la certeza de que era su líder: la reina Kahlan.
Después de fundir un poco de nieve en la olla, Jebra y Kahlan añadieron alubias y tocino, tubérculos dulces cortados a trocitos y unas cucharadas de melaza. Zedd seguía atentamente el proceso frotándose las manos. Kahlan sonrió al verlo impaciente como un niño y se sacó un pedazo de pan duro de una mochila. Encantado, el mago se fue comiendo el pan mientras las alubias se cocían.
Entretanto, Kahlan fundió los restos de una sopa que había transportado en un pequeño cazo y se lo llevó a Cyrilla. Tras colocar una vela sobre un listón que introdujo en una grieta en la pared, y se sentó al borde de la cama. El cuarto estaba en silencio. Pasó un paño húmedo por la frente de su hermanastra y, para su alegría, la enferma abrió los ojos. Aterrada, la mirada de Cyrilla recorrió veloz la habitación tenuemente iluminada. Kahlan la cogió por el mentón y la obligó a mirarla a los ojos.
— Hermana, soy yo, Kahlan. Tranquila, estamos tú y yo solas. Estás a salvo. Cálmate. No pasa nada.
— ¿Kahlan? —Cyrilla se aferró al manto de piel blanca de Kahlan—. Me lo prometiste. No te echarás atrás, ¿verdad?
— Te lo prometí y pienso cumplir mi promesa —le aseguró Kahlan con una sonrisa—. Ahora soy la reina de Galea y lo seguiré siendo hasta el día en que quieras recuperar la corona.