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Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:

En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
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– ¡Jeffrey!

– Lo siento. No hablaré como un profesor, vale. ¿Qué es lo que ves?

Susan agarró el mensaje impreso que descansaba sobre el escritorio. Soltó un gruñido.

– La número diecinueve -musitó, doblándose como si alguien le hubiera propinado un puñetazo en la barriga-. El nombre que aparece justo por encima del tuyo.

Jeffrey se fijó en el nombre y el número que tenía a su izquierda.

– Oh, no -dijo. De pronto, alargó el brazo, cogió los expedientes de las víctimas y comenzó a revolver los papeles.

– ¿Qué pasa? -preguntó Diana, con el mismo miedo en la voz que ya se había apoderado de los otros dos.

– El nombre número diecinueve no está en esta pila. Y la fecha es trece guión once. No consta el año. Eso es hoy. Como lugar aparece simplemente Adobe Street. No lo había visto -dijo, con un ligero temblor en los labios-, porque no podía ver otra cosa que mi nombre, debajo.

21 Desaparecida

Jeffrey y Susan estaban en la esquina de Adobe Street, situada en una comunidad modesta llamada Sierra, una hora y media al norte de Nueva Washington. Un conductor del Servicio de Seguridad, apoyado contra un coche a media manzana de allí, los observaba mientras ellos inspeccionaban la calle lentamente. Durante un rato, Jeffrey se había preguntado si ese agente sería también el nuevo asesino designado para seguirlos de cerca, esperando el momento en que descubriesen a su padre. Pero lo dudaba. «El sicario sustituto estará oculto -pensó-. Oculto y en el anonimato.» Siguiéndolos, aguardando el instante oportuno para aparecer. Supuso que las personas capacitadas para ello no abundaban precisamente en el estado cincuenta y uno, aunque no resultarían tan difíciles de encontrar en los otros cincuenta. Los policías del nuevo mundo eran sobre todo oficinistas y burócratas, y su trabajo se asemejaba más al de los contables y administrativos. Imaginaba que por eso la pérdida del agente Martin planteaba tantos problemas.

Se dio la vuelta bruscamente, como para sorprender al doble del agente Martin acechándolos en algún rincón. No vio a nadie, y se dio cuenta de que eso era justo lo que esperaba. Manson no era uno de esos políticos que cometen el mismo error dos veces.

A unos metros de los dos hermanos había un hombre y una mujer de mediana edad. Arrastraban los pies nerviosamente, sin quitar ojo a los Clayton ni hablar entre sí. Eran el director y la subdirectora del instituto de Sierra. El director era una caricatura de los de su especie: de baja estatura, espalda encorvada y calva incipiente, con el tic nervioso de frotarse las manos como si tuviera frío. No dejaba de aclararse la garganta, intentando captar su atención, pero no decía una palabra, aunque de vez en cuando miraba al hombre del Servicio de Seguridad, como esperando que el policía le explicara por qué los habían sacado a los dos de su rutina escolar y los habían llevado hasta esa calle que quedaba a medio kilómetro.

La calle en sí era poco más que un tramo polvoriento de asfalto negro de sólo dos manzanas de largo. Que se hubieran molestado en ponerle un nombre parecía una exageración. En mitad de la segunda manzana había un garaje de acero corrugado pintado de blanco radiante y verde intenso, los colores del instituto de Sierra, supuso Susan. En una parte del tejado había dibujado un árbol enorme con brazos, piernas, cara y unos dientes de aspecto feroz, con la leyenda ABETOS AGUERRIDOS DEL INSTITUTO DE SIERRA.

Jeffrey y Susan avanzaron despacio por la calle, recorriéndola con la mirada, buscando algún indicio de lo que había sucedido esa mañana. La calle terminaba en una verja de metal amarilla que cerraba el paso a un estrecho camino de tierra. No había ninguna otra barrera ni cosa parecida, aparte de unos montículos de grava y la valla. Jeffrey se fijó en un objeto de color vivo remetido junto a uno de los pilares de hormigón que sujetaban los postes de la entrada. Al acercarse vio que era una carpeta de plástico rojo. La levantó por una esquina y advirtió que contenía una media docena de páginas impresas. Sin abrir la boca, le enseñó la carpeta a su hermana.

Los dos volvieron sobre sus pasos y examinaron el garaje. Era aproximadamente del tamaño de una cancha de baloncesto, y más o menos de la altura de un piso y medio. No tenía ventanas, y las grandes puertas dobles de batiente de la fachada estaban cerradas con candado. Rodearon el edificio. Jeffrey no despegaba la vista del suelo, pensando que tal vez habría huellas de neumáticos, pero la zona estaba recubierta de polvo y barrida por el viento.

Cuando salieron de detrás del edificio, el director de la escuela dio unos pasos hacia ellos.

– Éste es el cobertizo donde guardamos nuestro equipo pesado -dijo-. Un par de tractores, accesorios cortacésped y una quitanieves que nunca utilizamos, mangueras y sistemas de riego por aspersión. Todas las cosas para el mantenimiento de los campos de fútbol y rugby, como las máquinas para marcar las líneas. Algunos de los entrenadores guardan aquí otros trastos, como porterías de fútbol y una jaula de bateo.

– ¿Y el candado?

– Unas cuantas personas conocen la combinación, especialmente los encargados de mantenimiento. En realidad se cierra con candado sólo para evitar que algún alumno demasiado entusiasta decida llevarse prestado un tractor en una noche loca de sábado.

Jeffrey echó un vistazo en derredor. El camino de tierra protegido por la verja discurría por entre una densa arboleda.

– ¿Adónde se va por allí? -preguntó, señalando.

– Ese camino lleva a los campos de deportes situados detrás de la escuela -respondió el director, frotándose las manos vigorosamente-. La verja está ahí para impedir pasar a los vehículos de los alumnos. Eso es todo. De hecho, nunca hemos tenido problemas, pero ya se sabe, con los adolescentes más vale prevenir que curar.

– No me cabe duda -dijo Jeffrey.

La subdirectora, una mujer que llevaba pantalones color caqui y un blazer azul, con unas gafas colgadas al cuello de una cadena de oro, se acercó. Le sacaba unos quince centímetros al director, y hablaba con una firmeza en la voz que denotaba sentido de la disciplina.

– Se supone que no deben ir al colegio por aquí. No es que haya una norma contra ello precisamente, pero…

– Es un atajo, ¿no?

– Algunos de los chicos que viven en la urbanización marrón, no muy lejos, atajan por aquí en vez de dar toda la vuelta, como en teoría deberían. Sobre todo si se les hace tarde. Quiero decir que preferiríamos que llegaran puntuales al instituto…

Susan bajó la vista hacia un bloc de notas.

– Kimberly Lewis… ¿a qué hora tenía que llegar ella a la escuela hoy?

La subdirectora abrió un maletín de cuero barato y extrajo un dossier amarillo. Lo abrió, leyó rápidamente y dijo:

– El timbre de la mañana suena a las siete y veinte. A primera hora debía ir a la sala de estudio, de siete y veinte a ocho y cuarto. A las ocho y veinte tenía clase de historia avanzada de Estados Unidos. No se presentó.

Susan asintió.

– Hoy tenía que entregar un trabajo, ¿no?

La subdirectora se mostró sorprendida.

– Pues sí.

Antes de proseguir, Susan observó la carpeta que Jeffrey había encontrado junto a la verja.

– Un trabajo sobre el Convenio de 1850. Por lo que respecta a la sala de estudio, ella era alumna del último curso, ¿verdad? ¿Tenía la obligación de estar allí?

– No. Es alumna de cuadro de honor, y como tal está exenta de la hora de estudio…

– ¿O sea que es probable que se desplazase al instituto más tarde que el resto del alumnado?

– Hoy, sí. Casi todos los demás ya estarían en clase.

– Y entre los encargados de mantenimiento, ¿quién estaría aquí?

– De hecho, hoy están en el vestuario masculino, pintando. Ya hacía tiempo que eso se había programado. Tuvimos que enviar un aviso de que hoy el vestuario permanecería cerrado, hasta que se secara la pintura. Así que aquí no habría nadie. El material de pintura se guarda en el cuarto de mantenimiento de la escuela.

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