Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
– ¿Cuál dices que es su apellido?
– Curtin.
– ¿Y su nombre de pila?
– Qué curioso -dijo Diana-. Es igual que el tuyo, sólo que escrito de otra manera. G-E-O…
– Geoffrey Curtin -dijo Jeffrey despacio-. Me pregunto…
– Aquí hay un informe del psicólogo escolar que recomienda que reciba tratamiento y que se le someta a una serie de tests psicológicos. También hay una nota que dice que los padres se negaron a autorizar ningún tipo de test…
Jeffrey giró en su silla y se inclinó hacia su madre.
– ¿Puedes deletrear el apellido?
– C-U-R-T-I-N.
– ¿Constan los nombres de los padres? Diana asintió.
– Sí. El padre se llama… vamos a ver, aquí está. Sí: Peter. La madre se llama Caril Ann. Pero lo escribe con I-L al final. Es una ortografía poco común para ese nombre.
Jeffrey se puso de pie y caminó hasta situarse junto a su madre. Se quedó mirando el archivo que parpadeaba en pantalla mientras se imprimía al lado. Hizo un gesto lento de afirmación.
– Tienes razón -dijo con cautela-. Que yo recuerde, sólo lo había visto escrito así una vez.
– ¿Dónde?
– En el caso de Caril Ann Fúgate, la joven que acompañó a Charles Starkweather en las matanzas que perpetró por toda Nebraska en 1958. Once víctimas.
Diana se volvió hacia su hijo con los ojos muy abiertos.
– Y Curtin -prosiguió él prudentemente, como un animal que acabara de percibir un olor amenazador traído por una racha de viento caprichosa-, bueno, es la versión adaptada al inglés del alemán Kürten.
– ¿Y eso significa algo?
Jeffrey asintió de nuevo.
– En Dúseldorf, Alemania, a finales del siglo XIX, Peter Kürten, el Vampiro de Dúseldorf, infanticida. Pervertido. Violador. Despiadado. M, aquella película tan famosa, estaba basada en él. -Jeffrey exhaló despacio-. Hola, papá -dijo-. Hola, madrastra y hermanastro.
22 Temeridad
Jeffrey trabajaba febril y rápidamente.
El domicilio de la familia Curtin estaba en el 135 de Buena Vista Drive, en el barrio residencial azul situado a las afueras de la ciudad de Sierra. Pese a su nombre, Buena Vista Drive no tenía, por lo que indicaban los mapas, ninguna vista digna de consideración; estaba construido en una zona boscosa, una zona urbanizada en medio de un paisaje eminentemente silvestre. La casa figuraba en el número treinta y nueve de la lista de posibles viviendas confeccionada por Jeffrey. Le llevó poco tiempo descubrir que Caril Ann Curtin era secretaria ejecutiva del subdirector de Control de Pasaportes, una división del Servicio de Seguridad. Era su tercer empleo en el aparato de gobierno del estado; la habían ascendido cada vez con referencias muy elogiosas a su ética profesional y su dedicación. Había alcanzado acceso al nivel undécimo de seguridad. En su autorización su marido constaba como un inversor retirado especializado en bienes inmuebles. También reflejaba que él había hecho contribuciones muy generosas al Fondo para el Estado Cincuenta y Uno, la rama financiera del grupo de presión del estado.
En el organigrama del gobierno del estado cincuenta y uno encontró la extensión del teléfono de Caril Ann Curtin. Sonaron tres tonos de llamada antes de que alguien contestara.
– Con la señora Curtin, por favor -dijo Jeffrey.
– Soy su ayudante. Me temo que hoy no vendrá. ¿Quiere dejarle un recado?
– No, gracias, ya volveré a llamar.
Colgó. Demasiado ocupada para ir a trabajar hoy. Seguramente se había pedido una baja por motivos personales, pensó él con una sonrisita burlona.
A continuación, Jeffrey buscó en el ordenador del Servicio de Seguridad el expediente laboral confidencial de la señora Curtin.
Al mismo tiempo, accedió al registro de vehículos motorizados y descubrió que la familia Curtin tenía tres: dos sedanes europeos último modelo y la minifurgoneta cuatro por cuatro más antigua que Jeffrey esperaba. Esto hizo que se parase a pensar; había confiado en que hubiese cuatro vehículos diferentes, uno para el padre, otro para la madre, otro para el hijo adolescente, como correspondía a toda familia acomodada de clase media alta que vivía en las afueras, y un cuarto, con un uso sumamente especializado. Tomó nota mentalmente de ello.
En otra rama del Servicio de Seguridad solicitó una lista de armas propiedad de los Curtin. De acuerdo con las leyes de control de armas del estado, los miembros de la familia estaban designados como «coleccionistas» y como «aficionados a la caza deportiva» -designaciones que a Jeffrey le parecieron irónicas, pues resultaban sorprendentemente precisas-, y su arsenal de armas tanto antiguas como modernas era nutrido.
Finalmente, pidió a Control de Pasaportes fotografías de cada uno de los miembros de la familia. Esta orden requería tiempo para cursarse, por lo que no obtuvo respuesta de inmediato. Le comunicaron que la autorización estaba en trámite, de modo que se puso a esperar.
No sabía cuál de las solicitudes que había hecho por ordenador encerraba la trampa, pero sabía que una de ellas contenía una, y tenía la fuerte sospecha de que era esta última. No se trataba de una aplicación difícil de programar, sobre todo para alguien conectado a los niveles superiores de la jerarquía estatal, como Caril Ann Curtin. Él sabía, que, en algún sitio, ella había introducido la instrucción de que se le notificase de manera automática si alguien pedía información sobre ella o algún miembro de su familia. Se trataba de una precaución rutinaria que cualquiera tomaría, especialmente si tenía mucho que ocultar en una sociedad en que se suponía que nada debía ocultarse. Cayó en la cuenta de que seguramente había activado la alarma, pero ya no veía modo alguno de dar marcha atrás. Intentó encubrir sus peticiones enmascarando la identidad de quien solicitaba la información, pero dudaba que estas medidas sirvieran para algo excepto para retrasar un poco el momento crítico.
Tenía clara una cosa: no quedaba mucho tiempo.
Sabía también que su padre no sólo se habría preparado para este día, sino que posiblemente lo había planeado. No se le ocurría otra explicación para el secuestro de la ex novia de su otro hijo. La elección de Kimberly Lewis estaba concebida como una provocación; daba pie a un reconocimiento y exigía una reacción. Cuanto más pensaba en ello Jeffrey, más lo inquietaba, porque una parte de él consideraba este secuestro en particular como un tipo de delito que el delincuente espera que quede impune. Estaba desprovisto del anonimato y el misterio que entrañaba la selección de las otras víctimas. Raptos. Los crímenes de su padre eran como relámpagos en una tarde húmeda de verano; instantáneos, únicos. Sin embargo, este crimen llevaba detrás intenciones muy diferentes.
Jeffrey se meció en su asiento ante el ordenador y pensó que probablemente nunca en la historia del crimen había un perseguidor sabido tanto sobre su presa como él sobre su padre, el asesino. Ni siquiera el famoso perfil del Unabomber elaborado por el FBI a mediados de la década de 1990, que parecía predecir prácticamente todos los rasgos de la personalidad del terrorista, contenía conocimientos tan íntimos como los que él había adquirido o recordaba en su base instintiva. Pero toda esa información y comprensión resultaban inútiles, porque su padre, el asesino, había conseguido ocultar un elemento esenciaclass="underline" su propósito.
Había sembrado indicios de que sus asesinatos tenían un móvil político: dar al traste con el nuevo estado. O tal vez el móvil era personal, mensajes dirigidos a su hijo, el profesor. Quizá formaban parte de una competición o de un plan. Naturalmente era posible que se tratase de ambas cosas a la vez o de ninguna de las dos. Había pruebas que respaldaban la idea de que los asesinatos eran fruto de la perversión o actos de naturaleza ritual. Podían ser producto del mal o del deseo. Eran actos solitarios para cuya ejecución había conseguido ayuda. Eran novedosos, y a la vez tan antiguos como la historia criminal escrita.