Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
Eran como la partitura de una pieza de música moderna, pensó Jeffrey. Evocaban el pasado con sonidos y prefiguraban el futuro. Eran al mismo tiempo arcaicos y futuristas. Se preguntó qué debía hacer.
Luego se reprendió a sí mismo: «Deberías saberlo. Lo conoces, y a la vez sabes muy poco de él.» Las posibilidades se agolparon en su imaginación: él tendería su propia emboscada. Ellos ejecutarían a la joven. Desaparecerían.
Esta última posibilidad es la que más lo asustaba.
Jeffrey no lo dijo en voz alta, pero se había armado de valor para una decisión crítica. Fuera cual fuese el horror resultante de la relación entre la familia original y la nueva, él le pondría fin ese día. Bajaría el telón de una vez por todas. Alargó el brazo y cogió la pistola automática que descansaba sobre el escritorio. Acarició el guardamonte, intentando imaginar la sensación que produciría el arma al disparar. «Rematar» el asunto se dijo. Último capítulo. La estrofa final. La nota postrera.
Cayó en la cuenta de que el problema era que tal vez su padre deseaba lo mismo.
Dejó la pistola y se puso a trastear de nuevo con el ordenador. Al cabo de unos segundos, había abierto unos planos en tres dimensiones de la residencia de la familia Curtin. Procedió a estudiarlos, con la concentración y la entrega de un estudiante que empolla para un examen.
Lo que vio fue que la «sala de música» carecía de ventanas y era contigua a un espacio marcado como sala recreativa «familiar», en un sótano. Al parecer tenía una sola puerta, que daba al interior de la casa, lo que lo sorprendió. Lo examinó más de cerca. «No tiene sentido -pensó-, teniendo en cuenta el uso que le daba a ese cuarto.» Una vez concluido su trabajo, él no querría atravesar su casa con un cadáver a cuestas, por muy bien envuelto que estuviera. Sería una muestra irrefutable de que había perdido el control. Su padre era demasiado inteligente para eso.
El nombre de la empresa constructora figuraba en los planos. Jeffrey descolgó el auricular y llamó. Tardó unos minutos en conseguir que las recepcionistas transfiriesen la llamada al presidente de la empresa, que estaba en las obras de una nueva escuela primaria.
– ¿Qué pasa? -preguntó el contratista, con el tono de un hombre que se había pasado el día ocupándose de pequeñas meteduras de pata y errores, y que tenía poca tolerancia o paciencia para con nadie más.
Jeffrey se identificó como un agente especial del Servicio de Seguridad, lo que sólo sirvió para mitigar ligeramente la bronquedad del hombre.
– Quería hacerle algunas preguntas sobre una casa que usted construyó hace más de seis años, en Buena Vista Drive, a las afueras de Sierra…
– ¿Espera que me acuerde de una casa de hace tanto tiempo? Oiga, amigo, nos encargamos de muchos proyectos, no sólo de casas, sino también edificios y oficinas y colegios y…
– Seguro que se acuerda de esta casa -lo interrumpió Jeffrey-. La familia se llamaba Curtin. Fue un trabajo por encargo. De alta categoría.
– La verdad es que no me acuerdo. Oiga, siento no poder ayudarle, pero estoy muy ocupado…
– Esfuércese más -le dijo Jeffrey.
En ese momento, la puerta de su despacho se abrió, y entró su hermana, con una bolsa de tela que hizo un ruido metálico cuando la depositó en el suelo.
Diana se volvió hacia su hija.
– Los hemos encontrado -dijo en voz baja, crípticamente.
Susan soltó un jadeo y se disponía a responder cuando Jeffrey señaló enérgicamente la pila de documentos que salían de las impresoras.
– ¿Qué demonios es lo que quiere saber, a todo esto? -preguntó con aspereza el contratista.
– Quiero saber qué modificaciones introdujo.
– ¿Qué?
– Lo que quiero saber es en qué se diferencia la casa de los planos oficiales que enviaron al estado para su revisión arquitectónica y aprobación.
– Oiga, amigo, no sé de qué me habla. Eso va contra las leyes del estado. Podría perder la licencia para construir aquí…
– La perderá de todos modos -lo cortó Jeffrey de forma brusca y fría- si no me dice ahora lo que quiero saber. ¿Qué cambios no figuran en los planos? Y no me diga que no se acuerda, porque no es verdad. Yo sé que el hombre que le encargó esa casa le pidió unas modificaciones que no aparecieran en ningún proyecto arquitectónico. Y seguramente le pagó muy bien sólo para que implementase esos cambios sin registrarlos en los documentos oficiales. Tiene dos opciones: si me lo cuenta ahora, lo consideraré un favor y no le mencionaré la conversación a la junta de expedición de licencias. O bien puede contestarme con evasivas, y entonces su licencia para construir a esos precios inflados artificialmente en el estado cincuenta y uno, y enriquecerse más de lo que había soñado jamás, será revocada antes del mediodía de mañana. -Jeffrey titubeó, y luego añadió-: Ya me ha oído. Es la amenaza más explícita que he podido lanzar. Ahora, piénselo durante treinta segundos y luego responda a mi puta pregunta.
El contratista reflexionó antes de contestar.
– No necesito los treinta segundos, qué cojones. ¿Quiere saber qué diferencias hay? Vale. El estudio del sótano tiene una salida oculta. Da al exterior. Mi gente hizo un trabajo de narices; cuesta mucho de descubrir. También hay un sistema de seguridad camuflado como un aparato de aire acondicionado. Toda la instalación está sobre un falso techo, y hay monitores de vídeo en el estudio de la planta de arriba, detrás de una librería también falsa. Hay sensores colocados por todo el terreno de la finca con detectores de infrarrojos. Hubo que ir hasta Los Ángeles a recoger esos trastos. Aquí son ilegales. Y tampoco hacen falta, como le dije al tipo. Supongo que se imaginó que esto iba a acabar convirtiéndose en una ciudad sin ley. Una locura. Le aseguré que no necesitaba más que una cerradura en la puerta, pero él seguía erre que erre. Al fin y al cabo, ésa es la razón de ser de este lugar, ¿no? Pero él estaba dispuesto a pagar, y a pagar bien. Joder, al principio nadie sabía si este estado saldría adelante o no, así que le seguí el juego. Estoy seguro de que no soy el único que hizo una cosa así en los primeros años. ¿Qué más? Ah, tampoco sale en los planos, pero hay un cobertizo o pabellón de invitados del tamaño de un garaje pequeño a unos doscientos metros de la casa. La casa se alza en una colina, y el cobertizo está en la ladera, junto a unos tropecientos kilómetros cuadrados de terreno protegido no urbanizable. No sé para qué se usa. Echamos los cimientos, levantamos la estructura, colocamos el material aislante y las paredes. El sólo quería que incluyéramos en las especificaciones de la casa los materiales para el acabado, y eso fue lo que hice. Nos dijo que él daría los últimos toques a su gusto.
– ¿Algo más?
– No. Y es la única vez que he introducido cambios de este tipo. Ahora el estado envía a un inspector que lo revisa todo a fondo, planos en mano, antes de que se ocupe la vivienda. Pero esto era en los inicios, cuando las cosas eran bastante más laxas. Tal vez untó a algún inspector también. Se supone que eso no se puede, pero circulan historias. Bueno, ahí lo tiene, amigo, confío en que cumpla su promesa.
Jeffrey colgó, preguntándose distraídamente si el contratista estaría utilizando cemento de baja calidad para los cimientos de la escuela. Fuera como fuese, había averiguado lo que necesitaba saber.
Oyó que, tras él, su madre decía en voz suave:
– Jeffrey, Susan, estamos recibiendo las fotografías ahora.
Los tres se apiñaron frente a la impresora mientras la máquina runruneaba y finalmente escupía la fotografía de identificación de Geoffrey Curtin. Era un adolescente de estatura media, con ojos castaños hundidos y una mata de pelo negro apenas peinada. Tenía el rostro achatado, las mejillas y el mentón prominentes, y la boca torcida hacia abajo en la sonrisa forzada que había adoptado ante la cámara. Llevaba una perilla desaliñada. Entre los datos proporcionados por el estado constaba la dirección de su domicilio así como la de su residencia en la Universidad Cornell, en Ithaca, Nueva York.