Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
Susan miró a su hermano y advirtió que cada detalle se le clavaba como un estilete, provocándole un dolor nuevo y único. Varios factores pequeños se habían conjugado para brindarle una oportunidad al asesino. Ella, por otra parte, notaba un frío inconfundible y absoluto dentro de sí, como si cada dato no hiciera sino alimentar la rabia que se acumulaba en su interior. No era una sensación distinta de la que la había invadido al contemplar las fotos de jóvenes asesinadas.
– Bien -dijo Jeffrey, interviniendo en la conversación-. Ella no se presentó a clase. ¿Qué sucedió entonces? -inquirió con cierta dureza en el tono.
– Bueno, no recibí todos los informes de inasistencia hasta media mañana -respondió la subdirectora-. El procedimiento establecido consiste en llamar a casa del alumno que no nos ha comunicado la razón de su ausencia. Poco después del mediodía, llamé a la residencia de los Lewis…
– Nadie contestó, ¿verdad?
– Bueno, los dos padres trabajan, y no quise molestarlos en sus oficinas. Pensaba que Kim cogería el teléfono. Supuse que estaba enferma. Hemos tenido varios casos de una gripe que deja a los chicos fuera de combate. Básicamente se pasan el día durmiendo hasta que se curan…
– Nadie contestó, ¿verdad? -preguntó de nuevo Jeffrey, alzando la voz.
La subdirectora le dedicó una mirada de indignación.
– Correcto -dijo.
– Y luego, ¿qué hizo?
– Bueno, decidí volver a llamar más tarde, cuando ella se hubiera despertado.
– ¿Llamó al Servicio de Seguridad para decirles que una alumna suya había faltado a clase y no había dado señales de vida? El director se acercó bruscamente.
– Oiga, señor Clayton, ¿por qué íbamos a hacer eso? La inasistencia no es un asunto de seguridad, sino de disciplina escolar. Es un asunto interno del instituto.
Jeffrey titubeó, pero su hermana respondió en su lugar.
– Depende precisamente del tipo de inasistencia del que estemos hablando -dijo con amargura.
– Bueno -la subdirectora soltó una risita irónica-, Kimberley Lewis no es la clase de alumna que se mete en líos. Saca sobresalientes y es muy popular.
– ¿Tiene amigas? ¿Un novio, tal vez? -preguntó Susan.
La subdirectora pareció dudar unos momentos.
– No, no tiene novio este año. Es una buena chica en todos los sentidos, con todos los números para ingresar en una universidad de primera categoría.
– Ya no -repuso Susan en voz baja de manera que sólo su hermano pudiese oírla.
– ¿Tuvo novio el año pasado? -inquirió Jeffrey, con una curiosidad repentina.
La subdirectora vaciló de nuevo.
– Sí. El año pasado. Mantuvo una relación intensa, pese a que recomendamos a nuestros alumnos que procuren evitarlas. Por fortuna, el joven en cuestión iba un curso por delante de ella. Se marchó a la universidad y la relación se extinguió sola, supongo.
– ¿A usted no le caía bien el chico? -quiso saber Jeffrey.
Susan volvió la mirada hacia él.
– ¿Qué más da? -preguntó con suavidad-. Sabemos lo que ocurrió aquí, ¿no?
Jeffrey levantó la mano para cortar la respuesta de la subdirectora y, a continuación, tomó a su hermana del brazo y se la llevó aparte, a unos metros de donde estaban.
– Sí-murmuró-, sabemos lo que ocurrió aquí. Pero ¿cuándo se decidió él por esta chica? ¿Qué información tenía sobre ella? Quizás el ex novio sepa algo. Tal vez la relación que la subdirectora cree que se extinguió sola no se hubiera roto del todo. Sea como sea, es algo que deberíamos investigar un poco.
Susan asintió.
– Estoy impaciente -se disculpó.
– No -replicó su hermano-, estás centrada.
Se acercaron de nuevo a las dos autoridades escolares.
– ¿No le caía bien el chico? -repitió Jeffrey.
– Era un joven difícil pero sumamente brillante. Se fue a una universidad del este.
– ¿Difícil en qué sentido?
– Cruel -aclaró la subdirectora-, manipulador. Siempre me daba la impresión de que se mofaba de nosotros. No me entristecí cuando terminó el instituto. Sacaba buenas notas y resultados excepcionales en las pruebas, y era el principal sospechoso de un misterioso incendio declarado en el laboratorio la primavera pasada. Más de una docena de animales de laboratorio, conejillos de Indias y ratas blancas, se quemaron vivos. En fin, al menos ya no está por aquí. Seguramente triunfará a lo grande en alguno de los otros cincuenta estados. No creo que éste sea para él.
– ¿Conserva su expediente académico?
La subdirectora hizo un gesto de asentimiento.
– Quiero verlo. Tal vez tenga que hablar con él.
El director metió baza otra vez.
– Necesito una autorización del Servicio de Seguridad para facilitarle esa información -aseveró pomposamente.
Jeffrey sonrió con malicia.
– ¿Y si envío mejor a una unidad de agentes para que venga a buscarlo? Podrían entrar marchando en su oficina. Sería la comidilla de todo el alumnado durante días.
El director fulminó al profesor con la mirada. Dirigió la vista al conductor del Servicio de Seguridad, que se limitó a asentir con la cabeza.
– Lo recibirá -dijo el director-. Se lo enviaré por correo electrónico.
– El expediente entero -le recordó Jeffrey.
El director movió afirmativamente la cabeza, con los labios apretados como para reprimir alguna que otra obscenidad.
– Bien, ya hemos respondido a sus preguntas. Ahora dígannos qué está pasando.
Susan tomó la palabra, hablando con una severidad poco común en ella, pero que creía que quizá necesitaría en un futuro cercano.
– Muy sencillo -dijo, e hizo un gesto en torno a sí-. ¿Lo ven? Echen un buen vistazo alrededor.
– Sí -dijo el director en un tono de exasperación que había perfeccionado en su trato con alumnos díscolos, pero que no impresionó a Susan-. ¿Qué se supone que estoy viendo exactamente?
– Su peor pesadilla -contestó ella con brusquedad.
Los dos permanecieron callados durante los primeros minutos de trayecto de vuelta a Nueva Washington, en el asiento trasero del coche estatal mientras el agente aceleraba en dirección a la autopista. Susan abrió el trabajo de final de trimestre de la alumna desaparecida y leyó algunos párrafos, intentando formarse una imagen de la chica en sí a través del texto, pero no fue capaz. Lo que leyó le hablaba en tono sombrío de estados esclavistas y estados libres y del acuerdo que permitió que aquéllos ingresaran en la Unión. Se preguntó si había algo de irónico en ello.
Fue la primera en romper el silencio.
– Muy bien, Jeffrey, tú eres el experto. ¿Está viva aún Kimberly Lewis?
– Probablemente no -comentó su hermano, cabizbajo.
– Eso me imaginaba -murmuró Susan. Exhaló con frustración-. Y ahora, ¿qué? ¿Esperamos a que el cadáver aparezca en algún sitio?
– Sí, por duro que parezca. Simplemente debemos retomar lo que estábamos haciendo. Aunque se me ocurre una posible circunstancia que significaría para ella una oportunidad de sobrevivir.
– ¿Cuál?
– Creo que existe una pequeña posibilidad de que ella forme parte del juego. Quizá sea el premio. -Soltó el aire despacio-. El ganador se lo lleva todo. -En voz baja, con un profundo pesimismo, añadió-: Resulta doloroso -dijo lentamente-. Tiene diecisiete años, y tal vez ya esté muerta, sencillamente porque él quiere burlarse de mí, demostrar que, aunque el Profesor de la Muerte le sigue la pista, sigue siendo lo bastante poderoso para secuestrar a alguien delante de nuestras narices, incluso después de avisarnos de antemano de lo que iba a hacer. Pero yo he sido demasiado estúpido y egocéntrico para darme cuenta. -Sacudió la cabeza y continuó-: Otra posibilidad es que la chica esté encadenada en una habitación en algún sitio, esperando que alguien acuda a salvarla. Y el único alguien somos nosotros, y heme aquí diciendo: «Debemos andarnos con cautela, tomarnos nuestro tiempo.» -Soltó un gruñido-. Qué valiente soy -comentó con cinismo.