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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Tendremos que colocar los dos barrenos en el mismo hoyo. Creo que funcionará.

Cerró con barro el agujero que había abierto, cubriendo la dinamita. Sólo sobresalía el extremo de la mecha.

Ray se puso de espaldas al viento y sacó un cigarrillo. Con la cabeza gacha, y utilizando una mano como pantalla protectora, accionó la ruedecilla de su encendedor de mecha hasta que el tabaco prendió. Luego, cuidadosamente, protegiendo el pitillo encendido con su sombrero, lo acercó al extremo de la mecha. Esta chisporroteó una vez y se encendió. Siseó suavemente bajo la lluvia.

—Vámonos —dijo Ray. Bajó el montículo a toda prisa, seguido por George. Disponían de varios minutos antes de que se quemara toda la mecha, pero corrieron como si les persiguiera el diablo.

Habían rodeado el recodo cuando oyeron la explosión. No fue muy fuerte. La lluvia amortiguaba todos los ruidos. George hizo retroceder despacio el camión, hasta que pudieron ver lo ocurrido.

La carretera estaba cubierta por barro y piedras, formando un obstáculo de más de un metro de espesor. Los materiales desprendidos habían rebasado también la carretera, cayendo al valle fluvial que se encontraba abajo.

—Sólo se podría pasar por ahí con un todo terreno —dijo George—, nada más.

—¿Qué diablos esperas aquí? ¡Vámonos!

Ray había gritado más de la cuenta, pero sabía que su hermano no iba a reprochárselo.

Cuando llegaron a Porterville, las calles estaban inundadas de agua, pero sólo llegaba a los tapacubos del camión. La presa aún resistía.

La sala de juntas del Ayuntamiento olía al queroseno de las lámparas y a sudor. Se notaba también el débil olor de los libros y la pasta de encuadernación. Los libros no eran muy numerosos, y sólo ocupaban las paredes, pero no el centro de la estancia.

El senador Jellison miró su reloj eléctrico e hizo una mueca. Las pilas durarían aún un año, pero luego... ¿Por qué diablos no tenía un anticuado reloj a cuerda? Eran las 10:38' 35”, y podía confiar en que el reloj no se equivocaría en más de un segundo hasta que las pilas se agotaran.

La sala estaba casi llena. Habían apartado todas las mesas de lectura para que cupieran más sillas plegables. Había unas pocas mujeres y el resto eran hombres, la mayoría vestidos con indumentaria rural y prendas para la lluvia, y casi todos sin armas. Olían a sudor y estaban empapados y exhaustos. Tres botellas de whisky iban rítmicamente de mano en mano, y había un montón de latas de cerveza. Esperaban que diera comienzo la reunión sin hablar demasiado.

Había en la sala tres grupos diferenciados. El senador Jellison destacaba en uno de ellos. Estaba sentado junto al alcalde Seltz, el jefe de policía Hartman y los ayudantes de éste. Maureen Jellison formaba parte de este grupo, y en las filas delanteras estaban sus amigos más cercanos, que constituían un sólido bloque de apoyo para el grupo del senador Jellison.

A continuación estaba el grupo más numeroso, formado por personas neutrales que esperaban que el senador y el alcalde les dieran instrucciones. Ellos no lo habrían considerado así, ni al senador se le hubiera ocurrido plantearlo de esta manera. Se trataba de granjeros y comerciantes que necesitaban ayuda, y no estaban acostumbrados a pedir consejo. Jellison los conocía a todos, no mucho, pero lo suficiente para saber que podía contar con ellos hasta cierto punto. Algunos habían traído a sus esposas.

Detrás, en un rincón, estaba George Christopher rodeado de su clan. Arthur Jellison pensó que «clan» era la palabra adecuada. Una docena de hombres armados. Bastaba mirarles para saber que eran parientes. Jellison sabía que dos de ellos eran cuñados, pero su aspecto no se diferenciaba de los Christopher: robustos, de rostro rojizo y lo bastantes fuertes para levantar vehículos todo terreno en su tiempo libre. Los Christopher no se sentaban precisamente separados de los demás, pero permanecían juntos, hablaban entre sí y dirigían pocas palabras a sus vecinos.

Entró Steve Cox acompañado de dos trabajadores del rancho de Jellison.

—La presa sigue aguantando —dijo a gritos para hacerse oír por encima del fragor de la lluvia, los truenos y el murmullo de las conversaciones—. No sé qué puede mantenerla en pie. El agua está más alta que el aliviadero de detrás. Está rebasando los terraplenes a los lados.

—No durará mucho —dijo uno de los granjeros—. ¿Hemos avisado a la gente de Porterville?

—Sí —dijo el jefe de policía—, el guardia Mosey avisó a la policía de Porterville. Harán que la gente abandone la zona inundada.

—¿Qué zona inundada? —preguntó Steve Cox—. Todo el condenado valle se está inundando, y la carretera está cortada, así que no pueden venir aquí...

—Vendrán algunos —declaró el alcalde Seltz—. Trescientos, más o menos. Subirán por la carretera comarcal. Es de esperar que estén aquí mañana.

—Son demasiados —dijo Ray Christopher.

Se oyó un galimatías de voces, unos a favor y otros en contra de que admitiera a los extraños. El alcalde Seltz dio unos golpes sobre la mesa, exigiendo orden.

—Averigüemos lo que se nos avecina —dijo Seltz—. Senador, ¿qué es lo que usted sabe?

—Bastante. —Jellison se levantó de su silla y rodeó la mesa, sobre la que apoyó sus posaderas en una postura informal cuya eficacia le constaba.

—Tengo un buen equipo de radio de onda corta. Sé que hay radioaficionados que intentan comunicarse, pero no capto nada más que interferencias, y no sólo en las bandas de radioaficionados, sino en las emisoras nacionales, comerciales, hasta militares, lo cual significa que la atmósfera está trastornada. Es evidente que hay tormentas eléctricas.

—Sonrió y señaló expresivamente las ventanas. En aquel momento restalló un relámpago como para corroborar sus palabras. Los truenos y relámpagos no eran tan intensos como a primeras horas del día, pero su constancia era tal que nadie reparaba en ellos a menos que se lo propusiera.

—Y la lluvia salada —dijo Jellison—, y el terremoto. Las últimas palabras que me llegaron del JPL fueron: «El cometa ha chocado.» Quise hablar con alguien que estuviera en las colinas por encima de Los Angeles cuando sucedió, pero aunque no fue posible, creo que los indicios que tenemos son suficientes. El cometa ha chocado y ha sido una catástrofe de proporciones gigantescas. Podemos estar seguros de ello.

Nadie dijo nada. Todos lo sabían. Habían abrigado la esperanza de averiguar algo distinto, pero en el fondo no se engañaban. Eran granjeros y hombres de negocios, en gran manera dependientes de la tierra y el tiempo atmosférico, y vivían en las laderas de la Sierra Alta. Habían conocido desastres en otras ocasiones, y habían llorado y maldecido en sus casas. Ahora les preocupaba no saber lo que habrían de hacer.

—Hoy hemos cargado en Porterville cinco camiones con piensos y herramientas, y dos con alimentos —dijo Jellison—, y tenemos las existencias de nuestros almacenes y lo que vosotros tenéis en los corrales. Creo que no podremos producir mucho más por nuestros propios medios.

Hubo murmullos. Uno de los granjeros preguntó:

—¿Nunca más, senador?

—Podría ser. Creo que pasarán años antes de que las cosas vuelvan a su cauce. Ahora dependemos de nosotros mismos.

Hizo una pausa para que reflexionaran en sus palabras. La mayor parte de aquellos hombres se enorgullecían de depender de sí mismos. Naturalmente, eso no era cierto, no lo había sido en varias generaciones, y eran lo bastante listos para saberlo, pero de todos modos les costaría comprender plenamente hasta qué punto habían dependido de la civilización.

Fertilizantes, razas de ganado, vitaminas, gasolina y propano, electricidad, agua... Bueno, eso no sería un gran problema durante algún tiempo. Medicamentos, productos químicos, hojas de afeitar, previsiones del tiempo, semillas, pienso para los animales, ropas, municiones... la lista era interminable. Hasta agujas, alfileres e hilo.

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