El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
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Salió de la estancia antes de que nadie pudiera añadir algo más.
—Va a tener problemas con él —dijo el alcalde Seltz, dirigiéndose al senador.
—¿Quién, yo?
—Claro, ¿quién si no? Yo tengo un almacén de piensos. Soy el alcalde, pero no estoy preparado para esto. Espero que usted tome el mando. ¿Les parece bien?
Hubo un coro de voces afirmativas. Todos esperaban que el senador tomara el mando.
George Christopher y su hermano Ray avanzaban por la carretera hacia Porterville. A su derecha se encontraba el lago Success, a la derecha había una sucesión de montículos. La lluvia caía sin cesar. El nivel del lago ya casi alcanzaba el puente por donde la carretera cruzaba. El barro desprendido de las colinas y arrastrado por las aguas cubría la calzada. El voluminoso camión pasaba sobre los tramos enlodados sin aminorar la marcha.
—No hay mucho tráfico —dijo Ray.
—Todavía no. —George estaba ceñudo. Su boca formaba una línea severa y arqueaba el cuello bovino hacia el volante, concentrándose en la carretera—. Pero no pasará mucho tiempo antes de que empiece el gran desfile. Subirán por la carretera en busca de tierras altas...
—La mayoría se quedarán en Porterville —dijo Ray—. Está bastante más alto que el valle San Joaquín.
—Lo estaba. Después de los temblores de tierra, cualquiera sabe. La tierra se mueve, sube y baja... Además, cuando ceda la presa, Porterville desaparecerá. No se quedarán ahí.
Ray no dijo nada. Nunca discutía con George. George era el único miembro de la familia que había ido a la universidad. Cierto que no terminó los estudios, pero algo aprendió mientras estuvo allí.
—¿Qué van a comer, Ray? —preguntó George de pronto.
—No lo sé.
—¿Estás preparado para ver a tus hijos morirse de hambre?
—No llegaremos a eso.
—¿Ah, no? La gente está en todas partes. La lluvia salada cae sin parar en el San Joaquín. La parte inferior del valle se inunda. Porterville desaparece cuando cede la presa. La gente se dirige a las tierras altas, y ahí estamos nosotros. Los tenemos en todas partes, acampados en los caminos, apiñados en la escuela, en corrales, en donde sea. Y todos hambrientos. Al principio hay mucha comida. Durante un tiempo es suficiente para todos. Ray, no puedes mirar a un chiquillo hambriento y no darle de comer.
Ray permaneció en silencio.
—Piensa en ello. Mientras haya comida, alimentaremos a la gente. ¿Te negarías a hacerlo mientras todavía tengamos ganado? ¿Estás preparado a cocer tus perros para alimentar a un puñado de hippies de Porterville?
—No hay ningún hippy en Porterville.
—Ya sabes a qué me refiero.
Ray lo pensó detenidamente. Llegarían a través de Porterville. Al norte y al sur había ciudades de diez millones de habitantes cada una, y sólo con que uno de cada diez mil habitantes viviera lo bastante para llegar a Porterville y girar al este...
Ahora los labios de Ray formaban una línea sombría, como los de su hermano. Los músculos sobresalían en su cuello como gruesas cuerdas. Ambos eran corpulentos; era una característica familiar. Cuando eran más jóvenes, a veces George y Ray iban a los bares donde se reunían los matones en busca de camorra. Sólo una vez recibieron una paliza, y en aquella ocasión volvieron a casa y regresaron con sus dos hermanos más jóvenes. Después de aquello les era casi imposible encontrar alguien con quien pelear.
Y ambos pensaban de la misma manera, aunque los pensamientos de Ray eran más lentos. Ahora veía el panorama: miles de extraños extendiéndose por la tierra como una plaga de langostas, de todos los tamaños, formas y edades... Profesores universitarios, asistentes sociales, actores de televisión, moderadores de concursos, escritores, neurocirujanos, arquitectos de urbanizaciones, diseñadores de modas y las nutridas hordas de los eternos parados... todos ellos gentes sin tierras, sin trabajo ni habilidades ni herramientas ni hogares. Como langostas, y a las langostas se las podía combatir. Pero ¿y los niños? A los extraños se les podía echar, pero los niños...
—Bueno, ¿qué hacemos? —preguntó Ray finalmente.
—Si no llegan hasta aquí, no pueden causar problemas —dijo George. Miró las colinas por encima de la carretera—. Si un centenar de toneladas de roca y barro caen sobre la carretera un poco más adelante, nadie llegará al valle. En cualquier caso, no será fácil hacerlo.
—Tal vez deberíamos rezar para que llueva más —dijo Ray. Miró por la ventanilla la interminable cortina de lluvia.
George se aferró al volante. Creía en el valor de las plegarias y no le había gustado el tono burlón de su hermano. No es que Ray tuviera mala idea. Ray también iba a la iglesia, a veces, casi con tanta frecuencia como George, pero no se podía rezar por algo así.
Pensó en toda aquella gente condenada irremisiblemente a morir y por cuya culpa morirían también sus familiares. Se imaginó a su hermana pequeña, delgada, con el vientre prominente, en los estadios finales de la consunción por hambre, con el mismo aspecto que aquellas criaturas de Vietnam. Todos los niños de un pueblo atrapados en la zona de combate, sin nadie que cuidara de ellos, sin ningún lugar a donde ir, hasta que llegó la patrulla de reconocimiento que buscaba Vietcongs y encontró a los niños. George supo de repente que no podría soportar aquello de nuevo. Tenía que hacer algo.
—¿Cuánto tiempo calculas que resistirá esa presa? —preguntó Ray—. Eh, ¿por qué paras?
—He traído un par de barrenos al cuarenta por ciento —dijo George—. Los pondremos allí. —Señaló una cuesta pronunciada carretera arriba—. Dos barrenos allí y nadie podrá usar esta carretera por algún tiempo.
Ray pensó en ello. Había otra carretera que subía desde el valle de San Joaquín, pero no aparecía en los mapas de las gasolineras. Mucha gente la conocería. Si la carretera principal estaba interrumpida, tal vez buscarían otro camino.
El camión se detuvo del todo y George abrió la portezuela.
—¿Vienes?
—Sí, supongo que sí.
Solía estar de acuerdo con George, sobre todo desde que murió su padre. Los otros dos hermanos, sus primos y sobrinos, también aceptaban sus decisiones. Había traído muchas ideas nuevas y un buen equipo de aquella facultad de agricultura. George sabía en general lo que hacía.
Pero a Ray no le gustaba lo que iba a hacer. No le gustaba nada, y suponía que a George tampoco le complacía, pero ¿qué podían hacer? ¿Esperar hasta encontrarse con aquella gente cara a cara y expulsarlos entonces?
Subieron por el empinado montículo. La lluvia les empapaba, encontraba el medio de introducirse por debajo de sus impermeables, corría por el ala de los sombreros para seguir avanzando cuello abajo. Era una lluvia cálida. Caía con fuerza y Ray pensó en la cosecha de heno, en que el forraje ya estaría estropeado. ¿Con qué diablos alimentarían al ganado cuando llegara el invierno?
—Creo que por aquí estará bien —dijo George. Raspó la base de una roca de mediano tamaño—. Si echamos esto abajo, arrastrará un montón del barro que hay arriba a la carretera.
—¿Y qué me dices del jefe de policía, Hartman? Y, además, Dink Latham ya ha salido hacia Porterville...
—Encontrarán la carretera interrumpida cuando regresen —dijo George—, pero conocen el otro camino.
Sacó del bolsillo un abultado estuche de cartón. Contenía cinco detonadores, cada uno bien encajado en un compartimiento. George tomó uno de ellos, lo colocó en el extremo de una mecha, lo dobló hacia adentro con los dientes y utilizó un cortaplumas para abrir un agujero en un barreno de dinamita. Introdujo el detonador en el cartucho y lo empujó para que entrara por el agujero.