El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Por lo tanto, la camada que vivía bajo el techo de Marco Aurelio Cota y su esposa Rutilia constituía un buen partido, pero además tenía muy buen físico. Y Aurelia, la única hembra, era la más guapa.
– ¡Impecable! -era la opinión de Lucio Licinio Craso Orator, uno de sus más apasionados, e importantes, pretendientes.
– ¡Una gloria! -era como lo expresaba Quinto Mucio Escévola, el mejor amigo y primer primo de Craso Orator, quien también figuraba entre los pretendientes.
– ¡Apabullante! -decía Marco Livio Druso, que era primo de Aurelia y ansiaba casarse con ella.
– ¡Helena de Troya! -era como la describía Cneo Domicio Ahenobarbo hijo, ansioso de obtener su mano.
La situación era, efectivamente, como la había explicado Publio Rutilio Rufo en su carta a Cayo Mario: todos en Roma querían casarse con Aurelia. Que algunos de los pretendientes estuvieran casados no los descalificaba ni deshonraba, porque el divorcio era fácil y la dote de Aurelia tan grande, que nadie tenía por qué preocuparse de perder la dote de otra esposa.
– Verdaderamente, me siento como el rey Píndaro cuando todos los príncipes y reyes venían a pedirle la mano de Helena -comentó Marco Aurelio Cota a Rutilia.
– Pero él tenía a Odiseo para solucionar el dilema -replicó Rutilia.
– ¡Ojalá pudiese yo tenerlo! A cualquiera de ellos que se la dé, los demás se sentirán ofendidos.
– Igual que Píndaro -dijo Rutilia asintiendo con la cabeza.
Y en éstas el Odiseo de Marco Cota vino a cenar, aunque Publio Rutilio Rufo era más bien Ulises, por ser romano descendiente de romanos. Una vez que los niños, Aurelia incluida, se hubieron ido a la cama, la conversación giró, como siempre, en torno al matrimonio de la joven. Rutilio Rufo escuchó atentamente y, llegado el momento preciso, dio su opinión; lo que no dijo a su hermana y a su cuñado fue que quien realmente había dado la solución era Cayo Mario, cuya carta acababa de recibir.
– Es muy sencillo, Marco Aurelio -dijo.
– Pues si lo es, los árboles no me dejan ver el bosque -respondió Marco Cota-. ¡Ilumíname, Ulises!
Rutilio Rufo sonrió.
– No, no veo que haya que cantar y bailar como hizo Ulises -dijo-. Estamos en la Roma moderna y no en la antigua Grecia. No podemos degollar un caballo en cuartos y hacer que todos los pretendientes de Aurelia de pie sobre ellos te juren fidelidad, Marco Aurelio.
– ¡Y menos antes de que sepan quién es el afortunado! -comentó Cota, riendo-. ¡Qué románticos eran los antiguos griegos! No, Publio Rufo, mucho me temo que tendré que habérmelas con una colección de romanos acostumbrados al litigio y a traer las cosas por los pelos.
– Por eso mismo -contestó Rutilio Rufo.
– Bien, hermano, no nos tengas en ascuas y explícanoslo -terció Rutilia.
– Como he dicho, querida Rutilia, es muy sencillo. Que sea ella quien elija marido.
Cota y su esposa se le quedaron mirando.
– ¿Crees que eso es prudente? -inquirió Cota.
– En esta situación no hay prudencia que valga. ¿Qué tenéis que perder? -replicó Rutilio Rufo-. No necesitáis que se case con un hombre rico, y entre los pretendientes no hay ningún cazafortunas, así que, dejadla que lo elija ella. Además, ni los Aurelios, ni los Julianos, ni los Cornelios pueden atraer a los arribistas; aparte de que Aurelia tiene muy buen sentido común, no es nada sentimental y menos aún romántica. ¡Ya veréis como no os defrauda!
– Tienes razón -dijo Cota, asintiendo con la cabeza-. No creo que exista un mortal capaz de hacer perder la cabeza a Aurelia.
Al día siguiente, Cota y Rutilia llamaron a Aurelia a la sala de estar de la madre con la intención de decirle lo que habían decidido sobre su futuro.
La muchacha entró; no irrumpió a grandes zancadas, contoneándose ni a pasitos. Aurelia caminaba sin florituras, con movimientos rápidos y eficaces con los que accionaba caderas y nalgas en una escueta discreción, manteniendo los hombros rectos, la barbilla erguida y la cabeza alta. Quizá pecara por exceso de parquedad, porque era alta y más bien exigua de senos, pero vestía con gran esmero, no usaba tacones altos de corcho y prescindía de joyas. Llevaba el abundante pelo liso y marrón claro severamente recogido en un moño de forma que no se viera por delante y no turbase ni ablandase su rostro. Nunca había ensuciado con cosméticos su fresca y ebúrnea piel sin mácula, ligeramente rosada en torno a los increíbles pómulos y algo más oscura en los hoyuelos. Tan recta y moldeada como si la hubiese cincelado Praxiteles, su nariz era lo bastante larga para recusar cualquier insinuación de sangre celta, por lo que se le podían perdonar sus carencias en otro aspecto, es decir, su falta de protuberancias y curvas romanas. Su boca, de exuberante carmesí y con deliciosas comisuras, poseía ese fruncido particular que impulsaba irrefrenablemente a los hombres el ansia de besar aquellos labios florecientes. Y, además, en aquel rostro tan maravilloso en forma de corazón, con su barbilla con hoyuelo, su despejada frente y su actitud de matrona, brillaba un par de ojos enormes, que todos insistían en que no eran azul oscuro, sino púrpura, enmarcados por unas largas y espesas pestañas y coronados por unas cejas negras finas, curvilíneas y sedosas.
Interminables eran las discusiones de los hombres en aquellas cenas (pues podía preverse con toda certeza que entre los invitados habría tres o cuatro de sus pretendientes oficiales) a propósito de qué era lo que constituía el principal atractivo de Aurelia. Algunos decían que residía en aquellos ojos púrpura sin par; otros porfiaban en que era su notable piel inmaculada; había quien se mostraba partidario del impresionante cincelado de sus rasgos faciales y algunos musitaban apasionados elogios a propósito de sus labios, su barbilla con hoyuelo o sus delicados pies y manos.
– No es ninguna de esas cosas y al mismo tiempo son todas -rezongó Lucio Licinio Craso Orator-. ¡Necios! ¡Es una virgen vestal libre… una Diana, no una Venus! Una mujer inalcanzable. Ahí radica su atractivo.
– No, son los ojos los púrpura -terció el hijo menor de Escauro, príncipe del Senado, otro Marco como su padre-. ¡Es ese color púrpura, noble! Es un presagio viviente.
Pero cuando el presagio viviente entró en la sala de estar de su madre con aquel aspecto habitual tan tranquilo e impoluto, ningún aura de dramatismo la envolvía. Efectivamente, el carácter de Aurelia no era nada inclinado al drama.
– Siéntate, hija -dijo Rutilia, sonriente.
Aurelia tomó asiento y cruzó las manos sobre el regazo.
– Queremos hablarte de tu matrimonio -dijo Cota con un carraspeo, esperando que ella dijera algo que le ayudase a dilucidar la situación. Pero Aurelia no decía nada; se limitó a mirarle con un distanciado interés y nada más.
– ¿Tú qué piensas? -añadió Rutilia.
– Pues espero que elijáis a alguien que me guste -contestó la muchacha, frunciendo los labios y encogiéndose de hombros.
– Sí, eso esperamos -añadió Cota.
– A ti, ¿quién no te gusta? -inquirió Rutilia.
– El hijo de Cneo Domicio Ahenobarbo -respondió Aurelia sin vacilación.
– ¿Algún otro? -dijo Cota, admitiendo para sus adentros la lógica de aquella repulsa.
– El hijo de Marco Emilio Escauro.
– ¡Oh, qué pena! -exclamó Rutilia-. Yo le encuentro muy simpático, de verdad.
– Sí, es muy simpático, pero es tímido -replicó Aurelia.
– ¿Y no te gustaría un marido tímido, Aurelia? -inquirió Cota sin ocultar su sonrisa-. Serías tú quien mandara…
– Una buena esposa romana no manda.
– Nada de Escauro; ya oyes a Aurelia -añadió Cota, balanceando el torso de delante a atrás-. ¿Alguien más que no te guste?
– Lucio Licinio.
– ¿Qué inconveniente le encuentras?
– Está gordo -respondió Aurelia con un mohín.
– No te atrae, ¿eh?