El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– El dinero desaparece de la circulación -dijo el joven, que nunca había tenido una interlocutora tan fascinante y fascinada-. Nuestro trabajo consiste en hacer más dinero, pero no a nuestro antojo, sino según determina el Tesoro. Sólo acuñamos lo que ellos estipulan para un solo año.
– ¿Y cómo puede desaparecer una cosa tan sólida como una moneda? -inquirió Aurelia frunciendo el entrecejo.
– Oh, puede caerse por una alcantarilla o quemarse en un incendio -respondió el joven César-. Algunas monedas llegan a desgastarse, pero la mayoría desaparecen porque las atesoran. Y cuando el dinero se atesora, no cumple su cometido.
– ¿Cuál es su cometido? -inquirió Aurelia, que nunca se había interesado gran cosa por el dinero, dado que sus necesidades eran sencillas y sus padres se las cubrían.
– Cambiar constantemente de mano -respondió el joven César-. Eso se llama circulación. Cuando el dinero circula, bendice a las manos por las que pasa. Con él se compran mercancías, trabajo, propiedades. Pero debe circular constantemente.
– Y tenéis que hacer dinero nuevo para sustituir a las monedas que se atesoran -concluyó Aurelia, pensativa-. Sin embargo, las monedas atesoradas siguen ahí, ¿no? ¿Qué sucede si, por ejemplo, de pronto una gran cantidad de monedas atesoradas vuelve a la circulación?
– Entonces baja el valor del dinero.
Tras su primera lección de economía básica, Aurelia optó por conocer el aspecto físico de la acuñación.
– Nosotros somos los que decidimos qué es lo que se inscribe en las monedas -dijo el joven César, animado y cautivado por su extasiada interlocutora.
– ¿Os referís a la Victoria en la biga?
– Bueno, es que resulta más fácil poner en una moneda un carro de dos caballos que uno de cuatro, por eso la Victoria monta una biga en vez de una quadriga -respondió él-. Pero a los que tenemos algo de imaginación nos gustaría hacer algo más original que la simple Victoria o Roma. Si al año se hacen cuatro emisiones de monedas, cada uno de nosotros elige el motivo que deben llevar.
– ¿Y ya tenéis algo elegido? -inquirió Aurelia.
– Sí, lo hemos echado a suertes y a mí me tocó el denario de plata. Así que los denarios de este año tendrán la cabeza de Iulo, hijo de Eneas por un lado, y el Aqua Marcia por el otro para conmemorar a mi abuelo Marcius Rex -respondió el joven César.
Después, Aurelia se enteró de que en otoño iba a presentarse a las elecciones a tribuno militar; su hermano Sexto había sido elegido tribuno militar aquel mismo año y marchaba a las Galias con Cneo Malio Maximo.
Una vez acabado el último plato, el tío Publio envió a su sobrina a casa en una litera, como había prometido, mientras convencía a su invitado para que permaneciese algo mas.
– Tomaremos un par de copas de vino sin agua -dijo-. He bebido tanta agua que voy a tener que ir afuera a mear un cubo entero.
– De acuerdo -dijo el invitado, riendo.
– ¿Qué te parece mi sobrina? -inquirió Rutilio Rufo una vez que les sirvieron un excelente reserva de Toscana.
– ¡Es como si me preguntaseis si me gusta vivir! ¡No hay otra alternativa!
– ¿Tanto te ha gustado?
– ¿Si me ha gustado? Ya lo creo. Me he enamorado -contestó el joven César.
– ¿Quieres casarte con ella?
– ¡Pues claro! Pero media Roma también lo quiere, según tengo entendido.
– Es cierto, Cayo Julio. ¿Y eso te disuade?
– No. Pediré su mano a su padre… a su tío Marco, quiero decir. Y trataré de volver a verla y mover su corazón. Merece la pena probar, porque sé que yo le gusto.
– Sí, eso me ha parecido -dijo Rutilio Rufo sonriendo y bajando de la camilla-. Bien, vete a casa, joven Cayo Julio, y di a tu padre lo que piensas hacer y mañana vas a ver a Marco Aurelio. Yo estoy cansado y voy a acostarme.
Aunque con Rutilio Rufo se había mostrado muy confiado, el joven Cayo César se fue a casa menos esperanzado. La fama de Aurelia era mucha y muchos amigos suyos habían pedido su mano; Marco Cota había puesto en la lista a unos si y a otros no. Entre los que lo habían conseguido había nombres mucho más ilustres que el suyo, por el simple hecho de que estaban vinculados a enormes fortunas. Ser un Julio César poco significaba, aparte de una distinción social tan firme que ni la pobreza podía anular su aura. Pero ¿cómo iba a competir con Marco Livio Druso, Escauro hijo, Licinio Orator, Mucio Escévola o el mayor de los hermanos Ahenobarbos? Ignorando que a Aurelia le habían dado libertad para elegir marido, el joven César se imaginó que tenía muy pocas posibilidades.
Cuando cruzó el umbral y tOmó por el pasillo que conducía al atríum, vio que aún había luz en el despacho de su padre y contuvo unas lágrimas inopinadas antes de llegar sin hacer ruido a la puerta entreabierta y llamar.
– Pasa -dijo una voz cansada.
Cayo Julio César se moría. En la casa todos lo sabían, incluido el propio Cayo Julio César, aunque nadie decía nada. La enfermedad se había presentado en forma de dificultades para deglutir, debido a un mal insidioso que al principio se desarrollaba tan despacio que era difícil discernir si realmente empeoraba. Luego había empezado a hablar como en un graznido y a eso habían seguido unos dolores, al principio soportables, pero ahora ya eran constantes y Cayo Julio César no podía tragar nada sólido. Hasta el momento se había negado a ver a un médico por más que Marcia se lo suplicase todos los días.
– Padre.
– Entra y hazme compañía, joven Cayo -dijo César, que tenía sesenta años pero que a la luz de la lámpara parecía un anciano de ochenta. Había perdido tanto peso que se le notaban los huesos, el cráneo era ya una calavera y el continuo sufrimiento había apagado sus ojos azul oscuro. Alargó la mano hacia su hijo y sonrió.
– ¡Oh, padre! -dijo el joven, tratando virilmente de contener la emoción de su voz, sin conseguirlo; cruzó el cuarto, cogió la mano, se la besó, y después se acercó y rodeó con sus brazos aquellos hombros esqueléticos, arrimando su mejilla a los plateados cabellos.
– No llores, hijo -balbució César-. Pronto ya no estaré. Mañana viene Atenodoro Sículo.
Un romano no lloraba. O se suponía que no debía llorar. Al joven César le parecía un falso código de conducta, pero contuvo sus lágrimas, se apartó y tomó asiento cerca de su padre para conservar su esquelética mano entre las suyas.
– Tal vez Atenodoro sepa un remedio -dijo.
– Atenodoro sabrá lo que sabemos todos; que tengo una excrecencia incurable en la garganta -dijo César-. De todos modos, tu madre espera un milagro, pero ya estoy demasiado mal para contar con que Atenodoro pueda realizarlo. He seguido viviendo por una sola razón: para asegurarme de que todos los miembros de la familia tienen su futuro asegurado y verlos a todos felizmente situados. -Hizo una pausa y con la mano libre alcanzó la copa de vino puro que era ya su único consuelo físico. Dio un par de sorbitos y prosiguió-: Tú eres el que queda, joven Cayo -musitó-. ¿Qué puedo desear para ti? Hace muchos años te concedí un lujo que aún no has reclamado; la libertad de elegir esposa. Creo que ha llegado el momento de que lo hagas. Descansaría más feliz si supiera que quedas decentemente establecido.
El joven César alzó la mano de su padre y se la arrimó a la mejilla, inclinándose para sujetarle el escuálido brazo.
– La he encontrado, padre -dijo-. La he conocido esta noche… ¿No es extraño?
– ¿En casa de Publio Rutilio? -inquirió César, perplejo.
– Creo que ha hecho de tercerón -dijo el joven sonriendo.
– Extraño papel para un cónsul.
– Sí -dijo el joven con un suspiro-. ¿Habéis oído hablar de su sobrina Aurelia, la hijastra de Marco Aurelio?
– ¿Esa famosa beldad? Todo el mundo debe de haber oído hablar.
– Exacto. Pues de ella se trata.
César puso cara de preocupación.
– Tu madre me ha dicho que tiene una cola de pretendientes que da la vuelta a la casa, y entre ellos los solteros más ricos y nobles de Roma; me han contado que hasta los hay que no son solteros.