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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Poco después de caer la tarde alcanzaron el campamento del rey Boco, distinto al de Yugurta pero mayor. Sila se detuvo bruscamente cuando aún se hallaban lejos de la vista de los centinelas.

– No es que desconfíe, príncipe Volux -dijo-, pero es que noto una especie de comezón en los dedos. Vos sois el hijo del rey y podéis entrar y salir en cualquier momento sin ningún inconveniente, mientras que yo soy extranjero, un ser desconocido. Así que voy a tumbarme aquí lo más cómodamente que pueda y aguardaré a que veáis a vuestro padre, os aseguréis de que todo está bien y volváis a buscarme.

– Yo no me tumbaría -dijo Volux.

– ¿Por qué?

– Por los escorpiones.

A Sila se le erizó el vello de la nuca y tuvo que contenerse para no dar un respingo; como en Italia no había insectos venenosos, todo romano o itálico abominaba de arañas y escorpiones. Respiró hondo, sin preocuparse de las gotas de sudor frío que le corrían por la frente, y miró con su blanca faz a Volux.

– Bueno, no voy a estar de pie las horas que tardéis en venir a buscarme, y no pienso volver a montar en ese animal -replicó-. Así que correré el riesgo de los escorpiones.

– Como queráis -dijo Volux, que ya admiraba a Sila como a un héroe y ahora le miraba con auténtico temor.

Sila se tumbó en un trozo de tierra blanda, hizo un hoyo para la cadera, formó un montoncillo a guisa de almohada y, con una plegaria mental y la promesa de un sacrificio a la diosa Fortuna para que mantuviese alejados a los escorpiones, cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. Cuando Volux regresó al cabo de cuatro horas le encontró igual, y pudo haberle matado. Pero la Fortuna estaba de parte de Sila en aquel entonces y Volux era un amigo de verdad.

La noche era fría y a Sila le dolía todo el cuerpo.

– ¡Ah, esto de andar subrepticiamente como un espía es para jóvenes! -exclamó, estirando la mano para que Volux le ayudase a ponerse en pie. Luego atisbó una sombra detrás del príncipe y se puso tenso.

– No os preocupéis, Lucio Cornelio, es un amigo de mi padre. Se llama Dabar -se apresuró a decir Volux.

– Otro primo del rey vuestro padre, imagino.

– En realidad, no. Dabar es primo de Yugurta y, como él, hijo bastardo de una mujer beréber. Ha unido su suerte a nosotros porque Yugurta no quiere tener rivales en su corte.

Le dieron una vasija de sabroso vino sin agua y Sila la vació sin respirar; notó que aminoraba su dolor y el frío se desvanecía. Después comió pastelillos de miel, un trozo de cabrito con muchas especias y otra frasca de vino, que en aquel momento a él le pareció el mejor que había bebido en su vida.

– ¡Ah, ya me siento mejor! -dijo estirando los músculos-. ¿Qué noticias hay?

– Esa picazón vuestra era un aviso, Lucio Cornelio -dijo Volux-. Yugurta le ha tomado la delantera a mi padre.

– ¿He sido traicionado?

– ¡No, no! Pero la situación ha cambiado. Dabar, que estaba allí, os lo explicará.

Dabar se sentó en cuclillas para estar igual que Sila.

– Por lo visto, Yugurta se enteró de que una delegación de Cayo Mario iba a ver a mi rey -dijo en voz queda-. Naturalmente, eso le hizo suponer que era la razón por la que mi rey no había regresado a Tingis, y decidió estar cerca a la expectativa, situándose entre mi rey y cualquier embajada que llegase de Cayo Mario por mar o por tierra, y envió a Aspar, uno de sus principales, para que se sentase a la derecha de mi rey y escuchase todo lo que se trataba entre él y los romanos.

– Comprendo -dijo Sila-. ¿Qué hacemos, entonces?

– Mañana, el príncipe Volux os escoltará y os conducirá ante mi rey como si hubieseis venido juntos desde Icosium. Afortunadamente, Aspar no ha advertido la llegada del príncipe esta noche. Hablaréis con mi rey como si hubieseis llegado de parte de Cayo Mario y por iniciativa de él y no a petición de mi rey. Pediréis al rey que abandone a Yugurta, y mi rey se negará con evasivas. Os pedirá que acampéis en las cercanías durante diez días mientras reflexiona sobre lo que le habéis pedido. Iréis al campamento y esperaréis Pero mi rey vendrá a veros en persona mañana por la noche en un sitio distinto y entonces podréis hablar sin temor -dijo Dabar mirando de hito en hito a Sila-. ¿Es satisfactorio, Lucio Cornelio?

– Completamente -respondió Sila con un gran bostezo-. El único inconveniente es dónde puedo descansar esta noche y tomar un baño. Apesto a caballo y noto bichos correrme por la entrepierna.

– Volux os ha dispuesto un cómodo campamento cerca de aquí -respondió Dabar.

– Pues llevadme a él -dijo Sila poniéndose en pie.

Al día siguiente, Sila tuvo la fingida entrevista con Boco. No le fue difícil saber quién de los nobles presentes era el espía de Yugurta; Aspar estaba a la izquierda del trono de Boco, con mayor majestad que el propio monarca, y nadie se atrevía a acercársele ni a mirarle con la naturalidad propia de los iguales.

– ¿Qué voy a hacer, Lucio Cornelio? -gimió Boco aquella misma noche, al entrevistarse con Sila a escondidas.

– Un favor a Roma -dijo Sila.

– Decidme el favor que desea Roma y lo haré. Oro, joyas, tierras, soldados, caballería, trigo… lo que digáis, Lucio Cornelio. Vos sois romano y debéis saber lo que ese misterioso mensaje del Senado quiere decir. ¡Porque yo no lo sé! -añadió Boco, temblando de miedo.

– Todo eso que habéis enumerado, rey Boco, Roma puede encontrarlo sin misterios -replicó Sila con desdén.

– ¿Qué, entonces? ¡decídmelo! -suplicó Boco.

– Creo que vos mismo os lo habréis imaginado, rey Boco, aunque comprendo que no lo confeséis -contestó Sila-. ¡Yugurta! Roma quiere que le entreguéis a Yugurta pacíficamente, sin derramamiento de sangre. Ya se ha derramado bastante sangre en Africa, se han perdido muchas tierras, se han quemado muchas aldeas y se ha perdido mucha riqueza. Pero mientras Yugurta siga libre, ese terrible desgaste continuará, para mal de Numidia, inconveniente de Roma y desgracia también de Mauritania. ¡Entregadme, pues, a Yugurta, rey Boco!

– ¿Me pedís que traicione a mi yerno, el padre de mis nietos, mi pariente del linaje de Masinisa?

– Eso os pido -replicó Sila.

– ¡No puedo! -dijo Boco, rompiendo a llorar-. ¡No puedo, Lucio Cornelio, no puedo! Somos bereberes y púnicos, y la ley de los pueblos nómadas nos une. ¡Lo que queráis, Lucio Cornelio! ¡Hare lo que queráis para conseguir el tratado! ¡Cualquier cosa, menos traicionar al esposo de mi hija!

– Cualquier cosa es inaceptable -replicó Sila con frialdad.

– ¡Mi pueblo nunca me lo perdonaría!

– Roma nunca os perdonará. Y eso es peor.

– ¡No puedo! -exclamó Boco, echándose a llorar con gruesos lagrimones que le resbalaban por su rizada barba-. ¡Por favor, Lucio Cornelio, por favor! ¡No puedo!

– Entonces, no habrá tratado -dijo Sila, volviéndole despectivo la espalda.

Durante los ocho días siguientes siguió repitiéndose aquella farsa, mientras Aspar y Dabar iban y venían entre el agradable campamento de Sila y el pabellón real con mensajes que no guardaban relación con la resolución de Boco, que era algo secreto entre Sila y el propio Boco y sólo se hablaba por las noches. Sin embargo, para Sila estaba claro que Volux conocía lo que pensaba el rey, pues éste ahora le evitaba lo más que podía y cuando se veían parecía enfadado, dolido y desconcertado.

A Sila, aquello le divertía; descubría que le gustaba aquella sensación de poder y majestad en su condición de parlamentario de Roma. Y lo que es más, le agradaba ser la implacable gota de agua que desgastaba la supuesta piedra real. El, que no era rey, tenía poder sobre los reyes. El, un romano, era el que ostentaba el auténtico poder. Y eso era embriagador y muy apetecible.

La noche del octavo día, Boco convocó a Sila al lugar secreto de reunión.

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