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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Pero él no tenía naturaleza de novelista, soñador y fantasioso, y pronto desechó aquellas ideas al llegar el momento de hacer un alto y desmontar. Con cuidado de no aproximarse a Yugurta, se dirigió a la cuerda que sujetaba los cuatro caballos de reserva, la cortó y dispersó a los animales a pedradas en todas direcciones.

– Ya veo -dijo Yugurta, mirando cómo Sila volvía a montar agarrándose a las crines del caballo-. Vamos a cabalgar cien millas en las mismas monturas, ¿eh? Ya me decía yo cómo ibais a trasladarme de un caballo a otro… -añadió riendo, sarcástico-. ¡Mis fuerzas de caballería os darán alcance, Lucio Cornelio!

– Espero que no -replicó Sila, tirando del caballo del cautivo.

En lugar de dirigirse directamente hacia el mar, tomó por una pequeña llanura que cruzó sin detenerse aquella noche de principios de verano, bajo la sola luz de una raja de luna al oeste. A lo lejos se perfilaba una cadena montañosa, totalmente negra, delante de la cual, mucho más cerca, destacaba un montón de enormes piedras desordenadas, por encima de unos árboles desperdigados y pequeños.

– ¡El sitio exacto! -exclamó Sila eufórico, lanzando un agudo silbido.

De detrás de las piedras surgió su escuadrón de caballería ligur, cada hombre con dos caballos de repuesto; sin decir palabra, se aproximaron a Sila y al prisionero con los caballos de refresco. Y dos mulas.

– Hace seis días que los mandé venir aquí a esperarme, rey Yugurta -dijo Sila-. El rey Boco creía que había venido solo, pero ya veis que no. Hice que Publio Vagienio me siguiera los pasos, para que regresara luego a por la tropa y me esperaran aquí.

Libre de estorbos, Sila contempló cómo trasladaban al númida de caballo, que ahora quedaba encadenado a Publio Vagienio. Rápidamente se alejaron del lugar, dando un rodeo de varias millas por el nordeste para evitar el campamento de Yugurta.

– Supongo que vuestra majestad -dijo Publio Vagienio con gran deferencia- no sabrá decirme en qué paraje de Cirta puedo encontrar caracoles… O en cualquier otra parte de Numidia; igual me da.

A fines de junio había terminado la guerra de Africa. Yugurta fue alojado cierto tiempo en un lugar adecuado en Utica, mientras Mario y Sila se reponían. Allí trajeron a sus dos hijos Iampsas y Oxyntas para hacerle compañía, mientras su corte se desintegraba y comenzaba la competencia por los cargos influyentes bajo el nuevo régimen.

El rey Boco consiguió del Senado el tratado de amistad y alianza con Roma y el príncipe Gauda, el inválido, se convirtió en el rey Gauda de una Numidia mucho más reducida. Boco obtuvo el resto del territorio de manos de una Roma demasiado atareada en otros lugares para anexionar tan extensos terrenos a su provincia africana.

En cuanto hubo disponible una pequeña flota de naves mercantes capaces de una travesía segura, Mario embarcó al rey Yugurta y a sus hijos en una de ellas y le envió a Roma cautivo. El peligro númida desaparecía del horizonte con la neutralización de Yugurta.

Con ellos zarpó Quinto Sertorio, dispuesto a combatir contra los germanos en la Galia Transalpina, después de solicitar licencia a su primo Mario.

– Yo soy un soldado, Cayo Mario -dijo muy serio el joven contubernalis-, y aquí la guerra ha terminado. Recomendadme a vuestro amigo Publio Rutilio Rufo para que me dé un puesto en la Galia Ulterior.

– Id con mi agradecimiento y bendición, Quinto Sertorio -respondió Mario con raro afecto-. Y dad recuerdos a vuestra madre.

– ¡Así lo haré, Cayo Mario! -respondió Sertorio lleno de júbilo.

– Recordad, joven Sertorio -dijo Mario el día en que éste y Yugurta zarpaban hacia Italia-, que os necesitaré en el futuro. Así que cuidaos en la batalla si tenéis la suerte de encontrarla. Roma ha premiado vuestro coraje y capacidad con la corona de oro, con phalerae, torcas y pulseras también de oro; notables distinciones para alguien tan joven. Pero no tengáis prisa, Roma va a necesitaros vivo, no muerto.

– Conservaré la vida, Cayo Mario -dijo el joven Sertorio.

– Y no vayáis a la guerra nada más desembarcar en Italia -añadió Mario-. Quedaos algún tiempo con vuestra querida madre.

– Así lo haré, Cayo Mario -dijo Quinto Sertorio.

Nada más salir el joven, Sila miró a su superior con ojos irónicos.

– Te pones como una gallina clueca que sólo tiene un huevo -dijo.

– ¡Bah, tonterías! -masculló Mario-. Es primo mío por parte de madre y a ella la quiero mucho.

– Qué duda cabe -replicó Sila sonriendo.

– ¡Vamos, Lucio Cornelio, confiesa que aprecias a Sertorio tanto como yo! -añadió Mario riendo.

– No tengo inconveniente en confesarlo, Cayo Mario, ¡pero yo no me pongo como una clueca!

– ¡Mentulam caco! -espetó Mario.

Y eso puso fin a la conversación.

* * *

Rutilia, que era la única hermana de Publio Rutilio Rufo, gozaba de la rara distinción de tener por esposos a dos hermanos. Su primer marido había sido Lucio Aurelio Cota, colega consular de Metelo Dalmático, pontífice máximo unos catorce años atrás, el mismo año en que Cayo Mario había sido tribuno de la plebe y le había desafiado.

Rutilia se había desposado con Aurelio Cota siendo una jovencita, mientras que él ya había estado casado y tenía un hijo de nueve años, también llamado Lucio. Se casaron el año después de que Fregelles fuese arrasada por rebelarse contra Roma, y el año en que Cayo Graco asumió por primera vez el cargo de tribuno de la plebe tuvieron una hija llamada Aurelia. El hijo de Lucio Cota había cumplido diez años y se alegró mucho de tener una hermanita, porque quería mucho a su madrastra Rutilia.

Al cumplir Aurelia los cinco años, su padre, Lucio Aurelio Cota, murió repentinamente a los pocos días de concluir su consulado. La viuda Rutilia, con veinticuatro años, buscó amparo en Marco, el hermano más joven de Lucio Cota, que aún estaba sin casar. Se enamoraron y, con el consentimiento de su padre y su hermano, Rutilia casó con su cuñado Marco Aurelio Cota, once meses después de la muerte de Lucio Cota. Bajo la protección de Marco, Rutilia trajo a su hijastro y sobrino de Marco, Lucio hijo, y a su hija y sobrina de Marco, Aurelia. La familia creció en seguida, pues Rutilia dio a Marco un hijo llamado Cayo menos de un año después; otro hijo, Marco,, al año siguiente y, finalmente, otro hijo, Lucio, siete años después.

Aurelia era la única hembra que había dado a luz Rutilia y se encontraba en una situación increíble: por parte de padre tenía un hermanastro mayor que ella y por parte de madre, tres hermanastros más jóvenes que ella, que además eran primos carnales porque su padre era tío de ellos. Para los que no estaban al corriente, podía resultar de lo más sorprendente, sobre todo si lo explicaban los niños.

– Es mi prima -decía Cayo Cota, señalando a Aurelia.

– Es mi hermano -replicaba ella, señalándole a él.

– Es mi hermana -decía a su vez Marco Cota, señalando a Aurelia.

– Es mi primo -concluía Aurelia, señalando a Marco Cota.

Y así podían pasarse horas; no era de extrañar que la gente no acabara de entenderlo. Mas los complejos vínculos de sangre no preocupaban a aquel grupo de niños resueltos y tercos, que tanto se querían y que mantenían una cariñosa relación con Rutilia y su segundo marido, un matrimonio perfecto.

Los Aurelios era una de las familias ilustres, y la rama de Aurelio Cota ostentaba el cargo senatorial con bastante antigüedad, aunque era nueva en la nobleza conferida por el consulado. Ricos gracias a sus acertadas inversiones, grandes herencias de tierras y Sagaces matrimonios, los Aurelios Cota podían tener muchos hijos sin necesidad de buscar adopción para algunos, y podían dar una buenísima dote a las hijas.

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