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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Los pretendientes a la viuda eran legión, pues había dado pruebas de fertilidad con asombrosa regularidad y aún estaba en edad de concebir; era, además, hija del Africano, sobrina de Paulo y viuda de Tiberio Sempronio Graco. Y estaba muy sana.

Entre los pretendientes estaba nada menos que el rey Tolomeo Evergetes, Gran Vientre, en aquel entonces rey de Cirenaica y posteriormente de Egipto, que viajaba a menudo a Roma en los años entre su destronamiento en Egipto y su reinstauración nueve años después de la muerte de Tiberio Sempronio Graco. Por entonces no hacía más que castigar con sus quejas los cansados oídos del Senado, conspirar y sobornar para lograr recuperar el trono perdido.

Al morir Tiberio Sempronio Graco, el rey Tolomeo Evergetes tenía ocho años menos que Cornelia, madre de los Gracos, que contaba treinta y seis años, y era mucho más esbelto por la zona ventral que en años posteriores, cuando el primo carnal y yerno de Cornelia, Escipión Emiliano, alardeó de haber expulsado al horrible y obeso rey de Egipto, indecentemente vestido. El monarca insistía y suspiraba por su mano con la misma insistencia que por el trono de Egipto, pero con poco éxito. Cornelia, la madre de los Gracos, no era para un simple rey extranjero, por muy rico y poderoso que fuese.

De hecho, Cornelia, madre de los Gracos, había decidido que una auténtica noble romana, casada con un noble romano durante casi veinte años, no tenía por qué volver a casarse. Y así, todos los pretendientes se vieron rechazados con suma cortesía y la viuda se esforzó en su soledad por educar a sus hijos.

Cuando Tiberio Graco fue asesinado, siendo tribuno de la plebe, ella siguió con la frente muy alta, manteniéndose muy por encima de las insinuaciones de la implicación de su primo carnal Escipión Emiliano en el asesinato, y también totalmente al margen de la incompatibilidad conyugal existente entre su hija Sempronia y su esposo Escipión Emiliano. Luego, cuando hallaron muerto misteriosamente a Escipión Emiliano y se rumoreó que a él también le habían asesinado -nada menos que su esposa, o su hija-, Cornelia supo mantenerse perfectamente distanciada. Al fin y al cabo tenía un hijo que cuidar y preparar para su floreciente carrera pública: su querido Cayo Graco.

Cayo Graco murió violentamente cuando su madre iba a cumplir setenta años, y todos pensaron que, finalmente, aquel duro golpe sería el fin de Cornelia, madre de los Gracos. Pero no; ella siguió viviendo con la frente muy alta, viuda, sin sus espléndidos hijos y con el único retoño que le quedaba: la amargada y estéril Sempronia.

– Tengo que criar a mi pequeña Sempronia -decía, refiriéndose a la hija de Cayo Graco, un bebé.

Lo que hizo fue marcharse de Roma, aunque no dejara la vida social. Se retiró a su enorme villa de Miseno, a semejanza de ella, una muestra sin igual del buen gusto, refinamiento y esplendor que Roma podía ofrecer al mundo. Allí recopiló sus cartas y ensayos y amablemente consintió en que el anciano Sosio de Argileto hiciera una edición, después de que sus amistades le suplicaran que no las dejara desconocidas para la posteridad. Igual que su autora, aquellos escritos rebosaban gracia, encanto e inteligencia, pese a ser solemnes y profundos. Y en Miseno se incrementaron, pues en Cornelia, madre de los Gracos, la edad no mermó la inteligencia, erudición e interés por las cosas.

Cuando Aurelia tenía dieciséis años y Cornelia, madre de los Gracos, ochenta y tres, Marco Aurelio Cota y su esposa Rutilia hicieron una visita de cortesía -más que una simple cortesía fue un acontecimiento esperado por todos- a Cornelia, madre de los Gracos, en un viaje de paso por Miseno. Llevaban a toda la tribu infantil, incluido el altanero Lucio Aurelio Cota, que, naturalmente, con sus veintiséis años no se consideraba un verdadero miembro de la tribu. A todos les recomendaron estar muy calladitos, graves como vestales pero muy alerta; nada de juguetear, de risitas ni de dar patadas a las sillas, so pena de muerte tras insufribles tormentos.

Pero Cota y Rutilia no tenían necesidad de preocuparse esgrimiendo aquellas amenazas tan contrarias a su carácter. Cornelia, madre de los Gracos, sabía todo lo que había que saber sobre niños pequeños y niños grandes, y su nieta Sempronia era un año más pequeña que Aurelia. Encantada de verse en compañía de niños tan interesantes y vivaces, la anciana lo pasó muy bien y estuvo con ellos mucho más rato de lo que sus devotos esclavos consideraban prudente, porque ya estaba muy débil y no se le iba aquel color violáceo de los labios y los lóbulos de las orejas.

La pequeña Aurelia salió fascinada, con una sola idea: cuando fuese mayor, juró, ella abrazaría los mismos criterios de fortaleza, resistencia, integridad y paciencia romanas de Cornelia, madre de los Gracos. A raíz de aquella visita su biblioteca aumentó en obras de la anciana señora y ella adoptó la decisión de seguir la pauta de tan notable vida.

No se repitió la visita, pues al invierno siguiente moría Cornelia, madre de los Gracos, sentada en su silla, con la cabeza erguida, agarrada a la mano de su nieta. Acababa de comunicar a la niña su compromiso formal con Marco Fulvio Flaco Bambalio, único miembro viviente de la familia de los Fulvios Flacos, que había perecido apoyando a Cayo Graco. Era adecuado, explicó a la pequeña Sempronia, que, como única heredera de la gran fortuna de los Sempronios, la aportara como dote a una familia desprovista de ella por la causa de Cayo Graco. Cornelia, madre de los Gracos, se complació igualmente en decir a su nieta que aún contaba con suficiente influencia en el Senado para suspender las cláusulas de la lex Voconia de mulierum hereditatibus, en la eventualidad de que algún primo remoto apelase y reclamara sus derechos sobre la gran fortuna alegando aquella ley antifeminista. La suspensión, añadió, se prolongaba hasta la siguiente generación, en previsión de que otra mujer demostrase ser la única heredera directa.

La muerte de Cornelia, madre de los Gracos, sobrevino de forma tan repentina que toda Roma se congratuló, pues era bien cierto que los dioses habían amado, y puesto duramente a prueba, a Cornelia, madre de los Gracos. Por ser una Cornelia, fue inhumada en lugar de incinerada. Sólo la gens de los Cornelios, entre las grandes familias romanas, conservaban el cadáver intacto. Su mausoleo fue una espléndida tumba en la Via Latina, que siempre tuvo flores recién cortadas, y que con el paso de los años fue santuario y altar, aunque nunca se reconociera oficialmente el culto. Toda mujer romana que aspiraba a las virtudes atribuidas a Cornelia, madre de los Gracos, rezaba y dejaba flores en la tumba. Se había convertido en una diosa, pero de una modalidad nueva; un ejemplo de indomable espíritu ante la adversidad.

¿Qué haría Cornelia, madre de los Gracos? Aurelia, por primera vez, no hallaba respuesta. Ni la lógica ni el instinto podían ayudar a que a Aurelia le entrara en la cabeza que sus padres le hubiesen dado libertad para elegir esposo por sí misma. Desde luego entendía los motivos por los que su tío Publio lo había sugerido; su formación clásica era lo suficientemente amplia como para apreciar el paralelismo entre su persona y Helena de Troya, bien que Aurelia no se considerase tan fatalmente hermosa, y menos aún tan pretendida.

Finalmente llegó a la única conclusión que habría aprobado Cornelia, madre de los Gracos. Tenía que revisar todos los pretendientes con sumo cuidado y elegir el mejor. Eso no significaba el que más le gustara, sino el que más se ajustara al ideal romano. Por consiguiente, tenía que ser de buena cuna, al menos de una familia senatorial, y de una cuya dignítas, cuyo aprecio público y categoría en Roma se remontasen a varias generaciones desde los tiempos de la fundación de la república sin mella ni tacha alguna; debía ser valiente, inmune a toda clase de excesos, exento de codicia por el dinero, por encima de toda sospecha de soborno o prostitución ética, y dispuesto, en caso necesario, a dar la vida por Roma y su honor.

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