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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– ¡Ah, estupendo! ¿Y cómo voy a ver a vuestro padre sin enfrentarme primero a Yugurta?

– Puedo conduciros dando un rodeo de modo que él no se entere -replicó animoso Volux-. ¡De verdad que si, Lucio Cornelio! ¡El rey mi padre confía en mí, os ruego que confiéis también! Sin embargo -añadió tras pensar un instante-, creo que será mejor que dejéis aquí vuestra tropa. Correremos un riesgo menor yendo pocos.

– ¿Y por qué habría de confiar en vos, príncipe Volux? -inquirió Sila-. No os conozco. Incluso apenas conozco al príncipe Bogud… ni al rey vuestro padre. Podríais haber decidido no cumplir vuestra palabra y entregarme a Yugurta. ¡Yo sería una buena presa!, y mi captura constituiría un grave inconveniente para Cayo -Mario, como bien sabéis.

Bogud no dijo nada, sino que cada vez parecía más apesadumbrado; pero el joven Volux no cedía.

– ¡Pues pedidme algo para demostraros que somos dignos de confianza! -gritó.

Sila, con una sonrisa lobuna, se lo pensó.

– Muy bien -dijo con súbita decisión-. Me tenéis cogido, así que ¿qué otra cosa puedo hacer? -añadió, mirando fijamente al moro con sus extraños ojos, bailando cual dos joyas bajo el ala de su amplio sombrero de paja, curioso tocado para un soldado romano, ya famoso en aquellos días desde Tingis a Cirenaica y por doquiera que se hablase de las hazañas en fuegos de campamento y hogares: el héroe romano albino con sombrero.

Debo confiar en mi suerte, se decía para sus adentros, pues nada me dice que no vaya a conservarla. Es una prueba, un tanteo a la confianza propia, el modo de demostrar a todos, desde el rey Boco hasta su hijo y al que está en Cirta, que soy su igual -¡sino, superior!- a lo que la Fortuna me depare en el camino. Un hombre no descubre de qué está hecho si huye. Seguiré adelante. Tengo la suerte de mi parte. Porque me la he buscado yo mismo, y bien.

– En cuanto oscurezca -dijo a Volux- iremos los dos con una pequeña escolta de caballería al campamento de vuestro padre. Mis hombres se quedarán aquí para que si Yugurta advierte presencia romana crea que estamos únicamente en Icosium y que vuestro padre va a acudir aquí para la entrevista.

– ¡Pero hoy no hay luna! -replicó Volux, consternado.

– Lo sé -dijo Sila con su fiera sonrisa-. Es lo mejor, príncipe Volux. Tendremos sólo la luz de las estrellas. Y vais a conducirme a través del campamento de Yugurta.

– ¡Es una locura! -exclamó Bogud con los ojos desorbitados.

– Eso sí que es un reto -dijo Volux con ojos brillantes y sonriendo complacido.

– ¿Estáis de acuerdo? -añadió Sila-. Cruzamos el campamento de Yugurta, entrando por un lado sin que la guardia nos vea ni nos oiga, por la misma via praetoria, sin despertar a ningún hombre ni caballo, y salimos por el otro sin que nadie nos vea ni nos oiga. ¡Hacedlo, príncipe Volux, y sabré que puedo confiar en vos! Y en vuestro padre el rey, por añadidura.

– De acuerdo -dijo Volux.

– Estáis locos -añadió Bogud.

Sila decidió dejar a Bogud en Icosium, por no tener absoluta confianza en aquel miembro de la familia real. Su retención revistió gran cortesía, pero quedó encomendado a la vigilancia de dos tribunos militares con órdenes de no perderle de vista.

Volux buscó en Icosium los cuatro caballos mejores que había para andar de noche y Sila optó por su mula, convencido como estaba de que era mucho mejor que cualquier caballo; y no olvidó su sombrero. El grupo se componía de Sila, Volux y tres nobles moros, y todos excepto Sila montaban sin silla ni brida.

– No llevamos nada de metal que suene y pueda descubrirnos -dijo Volux.

Sila, sin embargo, optó por ensillar la mula y ponerle un simple ronzal de cuerda.

– Crujirán, pero si caigo haría más ruido -dijo.

Nada más oscurecer, los cinco desaparecieron en la negra noche sin luna. Pero un fulgor iluminaba el cielo, pues no había habido viento que lo empañase con polvo, y lo que a primera vista parecían nubecillas dispersas, eran aglomeraciones de estrellas y se distinguía bien el camino. Las monturas no iban herradas y sus cascos hacían un ruido sordo en el camino de piedra que cruzaba una serie de barrancos y rodeaban la bahía de Icosium.

– Confiemos en la suerte para que no se quede coja ninguna caballería -dijo Volux en una ocasión en que su caballo tropezó sin llegar a ningún percance.

– Debéis confiar en mi suerte, al menos -respondió Sila.

– No habléis -terció uno de la escolta-. En noches sin viento como ésta, las voces se oyen a millas de distancia.

Continuaron en silencio, escrutando esforzadamente la menor partícula de luz conforme discurrían las millas, y cuando comenzaron a atisbar, tras una cresta, el fulgor anaranjado de los fuegos mortecinos de la hondonada donde se hallaba el campamento de Yugurta, supieron dónde estaban. Poco después miraban hacia abajo y fue como ver una pequeña ciudad perfectamente ordenada.

Descabalgaron, Volux dejó a Sila a un lado y se puso manos a la obra. Pacientemente, Sila vio cómo los moros forraban los cascos de los caballos con una especie de zapato, un zapato que, generalmente, tenía suela de madera y que se usaba para que en los terrenos pedregosos no les entrasen piedrecillas en la parte tierna del casco; estos protectores tenían suela de grueso fieltro y se sujetaban con dos correas de cuero que pasaban por delante y se cerraban por detrás con una hebilla.

Cabalgaron un rato para adaptarse a la marcha amortiguada y, luego, Volux se puso a la cabeza en la última media milla que les separaba del campamento de Yugurta. Era de suponer que hubiera centinelas y patrullas a caballo, pero los cinco jinetes no vieron nada en movimiento. Acostumbrado al arte militar de Roma, Yugurta había montado un campamento al estilo romano, pero Sila advirtió un detalle indígena que sabía que a Mario le fascinaba, y era que no habían sido capaces de hacerlo con la paciencia y meticulosidad debida. Así, Yugurta, sabiendo que Mario y su ejército estaban en Cirta y que Boco no tenía capacidad ofensiva, no se había preocupado por excavar trincheras y simplemente había levantado un pequeño talud de tierra, tan fácil de superar a caballo, que Sila pensó que estaba destinado más a mantener los caballos dentro que a impedir la intrusión. Pero si Yugurta hubiese sido un auténtico romano, el campamento habría tenido sus defensas a base de trincheras, estacas, empalizadas y muros, pese a lo seguro que hubiera podido sentirse.

Los cinco jinetes llegaron a la barrera de tierra, a unos doscientos pies a la derecha de la puerta principal, que en realidad no era más que una gran brecha, y superaron sin dificultad el talud. Dentro del recinto, los cinco maniobraron las monturas para avanzar pegados al muro por la tierra recién excavada que amortiguaba aún más sus pasos en dirección a la puerta principal. Allí vieron una guardia, pero los hombres dirigían su atención hacia el exterior y estaban a suficiente distancia de la brecha para poder oír a los cinco jinetes, que tomaron por la amplia avenida que atravesaba el centro del campamento hasta la puerta trasera. Sila, Volux y los tres nobles moros cubrieron la media milla de la via praetoria paseando tranquilamente y al final salieron de ella para volver a acercarse al muro por dentro y cruzarlo sin ningún riesgo cuando consideraron que se hallaban suficientemente lejos de los que vigilaban la puerta de atrás.

Una milla más adelante, quitaron las suelas a los caballos.

– ¡Lo hemos conseguido! -musitó orgulloso Volux, descubriendo con su sonrisa los blancos dientes-. ¿Confiáis ahora en mí, Lucio Cornelio?

– Confío, príncipe Volux -respondió Sila, devolviéndole la sonrisa.

Avanzaron casi al trote, con cuidado de que los animales no se fatigasen ni tropezaran, y poco después llegaban a un campamento beréber. Los cuatro caballos cansados que Volux ofreció a cambio de animales de refresco eran muy superiores a los de los bereberes, y la mula resultó una novedad, por lo que obtuvieron cinco caballos y la cabalgata prosiguió sin pausa durante el día. Sila sudaba bajo el ala protectora de su sombrero.

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