La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
– Estoy convencida de que están juntos los tres. No están aquí; creo que Stich y Lankau han recogido a Kröner y se lo han llevado a alguna parte.
– ¿Por qué crees eso?
– Porque Kröner no está en casa y, aun así, su coche está aquí.
Hizo un gesto en dirección al cobertizo.
– ¿Adonde pueden haber ido?
Laureen se estremeció. Le había contado a Petra que era muy normal que tuviera frío después de la caída de la tarde; no importa la estación del año en que se encontraran. Sin embargo.
aquella noche era la noche más cálida de septiembre de los últimos muchos años.
– No lo sé, Laureen. ¿Es que no lo entiendes? Los fines de semana suelen estar con sus respectivas familias. Y puesto que no están en casa, es de suponer que están en algún restaurante cenando, o que se han ido todos juntos a una velada de Heder y que ahora mismo están cantando Im gruñen Wald a viva voz o algo por el estilo. De hecho, ahora mismo pueden estar en cualquier sitio y hacer cualquier cosa. Siempre y cuando, está claro, realmente estén con la familia. ¡Pero no lo están! ¡Lo sé! Esta noche, no. ¡Han salido por su cuenta, sólo Dios sabe a dónde!
– ¿Qué te hace pensar eso?
– Cuando llamé desde el hotel Colombi, Andrea Stich estaba sola en casa. Peter Stich no sale por ahí sin ella. Pueden decirse muchas cosas de él, pero jamás permitiría que Andrea se quedase sola en casa, si los demás se han llevado a sus mujeres. Además, el coche de la esposa de Kröner no está. ¡Seguramente la habrá enviado de visita familiar o algo parecido! Y en cuanto a Lankau, es muy capaz de quitar a su mujer de en medio en un caso como éste. ¡No, estoy convencida de que están juntos en este preciso instante!
– ¿Y Bryan? ¿Dónde está Bryan?
– Sí -dijo Petra con un suspiro-, luego está tu marido. Sin duda también es una de las razones por las cuales están fuera.
Petra toqueteó su bolso. De momento, no tenía intención de decir nada más. Por primera vez aquel día encendió un cigarrillo. Laureen negó con la cabeza cuando le ofreció uno.
– ¿La casa tiene otra entrada? -preguntó Laureen.
– Sí, hay una puerta que da al jardín. Pero la puerta cochera es la única entrada que da acceso al solar, si es eso en lo que estás pensando.
– No lo es.
Mientras Laureen desaparecía por la esquina más próxima de la casa, Petra se puso a pensar en sus posibilidades. La vida en Friburgo sería muy difícil para ella y Gerhart. La vida que tenían en común estaba basada en los vínculos que habían trabado a lo largo de los años con aquellos tres hombres. Si mezclaban a la policía en el asunto, esos diablos sabrían cómo zafarse. La verdadera victima sería Gerhart y, por tanto, ella. ¡O a lo mejor no! Si no implicaban a la policía en todo aquello, el desenlace podría resultar fatal para todos. Estaba convencida de que sabría defenderse de los hombres por separado. Pero si estaban juntos y la situación se salía de madre serían peligrosos, muy peligrosos. Y esta situación estaba a punto de darse.
La cuestión era qué hacer y por dónde empezar. Al fin y al cabo, estaban intentando encontrar al marido de Laureen y no al suyo. En realidad, podría haber dado media vuelta y desaparecer. Podía hacerle una visita a Gerhart, tal como debería haber hecho ya, y luego volver a casa, donde la esperaban el televisor y los libros, los muebles y un montón de vecinos banales.
Fue la última asociación de ideas la que sobre todo asustó a Petra. Ya llevaba demasiado tiempo haciendo lo mismo. Era preferible la nada. ¿Cuál era el riesgo que corría?
Al fin y al cabo, la muerte era lo más cercano a la nada.
A juzgar por los zapatos de Laureen, había examinado minuciosamente cada palmo del jardín que rodeaba la casa. La tierra le llegaba a los tobillos.
– No podemos entrar. He sacudido todas las puertas y ventanas que he encontrado en el camino -dijo, sin saber que, en aquel preciso instante, había una persona al otro lado de la puerta, a unos pocos centímetros de ella, apretujándose contra el marco y conteniendo la respiración.
Petra llamó a Lankau desde una cabina telefónica en la última vía de acceso al barrio. Tampoco había nadie en la casona de Lankau. Se quedó pensativa un rato, apoyada en la cabina; le extrañaba.
– Tendremos que esperar a mañana. Pueden estar en cualquier lugar -anunció.
– ¡No podemos esperar, Petra!
Petra sabía que Laureen tenía razón.
– ¿No tienes ni la menor idea de dónde pueden estar? -prosiguió Laureen-. ¿No tendrán algún refugio donde reunirse? Una oficina, un lugar apartado. ¡Cualquier sitio!
La sonrisa que Petra le brindó era insondable pero compasiva.
– Laureen, escúchame bien. Lankau, Kröner y Stich son propietarios de casas en casi todas las calles de la ciudad; pueden estar en cualquier parte. ¡ De hecho, ya podrían estar de vuelta de donde acabamos de estar! En el sanatorio, en casa de Stich o de Kröner. Pueden estar en la casa de veraneo de Kröner en el lago de Titisee, pueden estar en la hacienda de Lankau, en el barco de Kröner que está atracado en el Rin, cerca de Sasbach, o pueden estar de camino a algún lugar. Esperemos a mañana.
– ¡Ahora escúchame tú, Petra! -Laureen agarró a Petra de los hombros y la miró fijamente a los ojos-: ¡Se trata de mi marido! Ya sé que hay muchas cosas que pertenecen al pasado. Mi marido jamás me comentó nada de lo que tú me has contado. Pero ¿sabes qué? ¡Una cosa sí sé, ahora que lo pienso! Bryan tiene que acabar lo que ha venido a hacer aquí. ¡Él es así! Y luego, gracias a Dios, hay algo más: Bryan y yo llevamos casados muchos años y estoy en disposición de decir que, en muchos aspectos, somos diferentes. Sin embargo, hay un punto en el que nos parecemos. Los dos somos perdidamente pesimistas. Yo siempre me imagino lo peor, y eso también lo hace Bryan en cualquier situación. Por esa misma razón, hasta el momento, debe de haber hecho todo lo posible por adelantarse a cualquier situación complicada.
Laureen dejó de temblar.
– ¿Qué es, ahora mismo, lo peor imaginable?
Petra no tenía la menor duda:
– Que Stich, Kröner y Lankau intenten borrar las huellas del pasado que tanto les molestan. Son capaces de utilizar cualquier método. ¡Sin remordimientos!
– ¡Bryan debe de haberlo tenido en cuenta, Petra! ¡A lo mejor nunca subió a esa montaña! Si ha tenido ocasión de hacerlo, los habrá seguido él. ¿Dónde pueden estar ahora los simuladores? Tendremos que averiguarlo. Porque allí estará también Bryan.
– ¡Ya te lo he dicho mil veces, Laureen! ¡Pueden estar en cualquier sitio!
Petra se quedó traspuesta, parecía pensativa y cansada. Su voz era apagada cuando dijo:
– Pero si usamos el método de descartes, la hacienda de Lankau podría ser una posibilidad factible. ¡Suelen ir allí cuando quieren estar tranquilos!
– ¿Por qué allí?
– ¿Por qué crees? Porque es un lugar apartado. Nunca hay nadie por allí.
– ¡Venga, llama!
– ¡No puedo hacerlo, Laureen! Lankau sabe protegerse. ¡No tengo el número, es secreto!
– ¿Cómo podemos llegar hasta allí? ¿Está lejos?
– Se tarda veinte minutos en bicicleta.
– ¿Y de dónde saco yo una bicicleta?
– ¡Y se tarda diez minutos si cogemos ese taxi! -la interrumpió Petra agitando los brazos violentamente.
CAPÍTULO 56
A pesar de su edad y de algunas deficiencias físicas, en el fondo, Lankau seguía siendo un soldado curtido. Ya se había hecho una idea general de la situación. Después de que Amo von der Leyen se hubiera marchado, no había más que hacer que esperar. Se había liberado, había advertido a Stich y ahora esperaba; el mayor don de un soldado.
Allí, al amparo de la noche, al lado de la ventana que daba a la carretera, había dejado volar los pensamientos en más de una ocasión. Las montañas de Bolivia rebosaban literalmente de oportunidades. Mano de obra sedienta de pedidos, llanuras esquilmadas y abandonadas que podían adquirirse por cuatro duros… El río Mamoré había sido su compañero de viaje la última vez que había estado cazando rodeado de criollos de rostros morenos y movimientos sumisos. Fue entonces cuando tomó la decisión. El cambio continuo de vegetación, las prometedoras capas de minerales del subsuelo, las tascas de San Borja y de Exaltación donde el aire se consumía y las jukeboxes vertían, como por arte de magia, estridentes melodías patrióticas interpretadas con virtuosismo por Elisabeth Schwarzkopf.