La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Se le heló la sonrisa. En lugar de la pequeña enfermera y su amiga desconocida, apareció Gerhart Peuckert, con los hombros encogidos y una expresión en el rostro con la que pretendía disculparse.
Era la última persona en el mundo que Kröner habría esperado ver en la puerta de su casa.
– ¡Gerhart! -exclamó dando un paso atrás tan brusco que a punto estuvieron los dos de tropezar en la alfombra de coco del vestíbulo-. ¿Qué demonios haces tú aquí?
Sin esperar respuesta a su pregunta, Kröner condujo al tranquilo, pasivo y dócil Gerhart al primer piso y lo sentó delante del escritorio, de modo que no se los pudiera ver desde la calle.
El rumbo extraordinario que habían tomado las cosas preocupaba a Kröner. Hasta entonces, Gerhart nunca se había movido a más de un par de metros de sus guardianes. Lo más probable era que Petra lo hubiera enviado a la casa a modo de mensajero. Pero ¿por qué no estaba en casa de Peter Stich? ¿Dónde estaba Peter Stich?
Aparte de los labios, que habían adquirido un tono azulado, el personaje que tenía delante estaba totalmente pálido. Cuando Kröner le cogió la mano, ésta estaba fría y temblaba.
– ¿Qué ha pasado, amigo? – le dijo en un tono suave acercando la cabeza a la de Gerhart-. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
«Registra todo lo que decimos y hacemos», les había advertido Lankau una y otra vez. Kröner seguía dudando de que así fuera.
– ¿Has venido con Petra? -preguntó.
Al oír aquel nombre, los labios de Gerhart se fruncieron y los ojos se desplazaron lentamente hacia arriba y empezaron a abrirse y a cerrarse. En los globos de los ojos apareció una película de lágrimas. Cuando finalmente las lágrimas se desprendieron, Gerhart lo miró de frente. Entonces abrió la boca. Sus labios secos temblaban.
– ¡Petra! -pronunció aquel hombre dejando la mandíbula colgando un instante.
– ¡Dios mío! -profirió Kröner.
Kröner, que estaba en cuclillas, se incorporó y dio un paso atrás.
– ¡Petra, sí! ¡Conoces su nombre! ¿Qué quiere de ti? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Peter Stich?
Kröner no apartó la mirada ni un segundo de la cabeza de Gerhart, que parecía estar a punto de explotar. Cuando agarró el auricular del teléfono, los nudillos de Gerhart estaban totalmente blancos. Su cuerpo había empezado a mecerse hacia adelante y hacia atrás de forma casi imperceptible.
– ¡Gerhart! ¡Vas a quedarte sentado aquí tranquilamente hasta que yo te avise!
Kröner marcó el número de Stich y dejó que el teléfono sonara un buen rato sin dejar de maldecir en voz baja.
– ¡Venga, Stich, viejo cerdo, cógelo! -susurró.
Colgó el teléfono y volvió a marcar el número. Seguían sin contestar.
– No lo cogerá -se oyó decir a una voz apagada y poco clara.
Kröner se volvió hacia Gerhart tan rápido como una peonza. Sólo tuvo tiempo de ver sus ojos antes de que le alcanzaran sus nudillos. Su mirada era serena.
Incluso antes de que Kröner cayera al suelo, Gerhart había vuelto a golpearle. Kröner era un hombre corpulento, también comparado con Gerhart, y cayó al suelo pesadamente.
Aunque no estaba aturdido, sí estaba confuso.
– ¡Qué diablos está pasando! -fue lo único que logró balbucear antes de dar rienda suelta a los instintos.
Cuando Kröner se precipitó sobre Gerhart de un salto, éste abrió los brazos tranquilamente, como si acabara de sacar a bailar a su querida. En un abrazo de oso, Kröner se agarró al cuerpo del demente y lo apretó con todas sus fuerzas. Había cerrado los brazos por detrás de su espalda y parecía dispuesto a aplastarlo. No era la primera vez que Kröner utilizaba aquella llave. Por regla general, solían transcurrir apenas un par de minutos hasta que el cuerpo del contrincante se quedaba laxo e inánime.
Cuando Kröner dejó de notar la respiración de Gerhart, lo soltó y dio un paso atrás, esperando que su cuerpo cayera al suelo.
Sin embargo, no ocurrió. Gerhart lo miró fijamente a los ojos con una expresión yerma. Entonces dejó caer los brazos y respiró profundamente. No parecía haber ni el más mínimo rastro de fatiga en aquel hombre.
– ¡Un zombi! ¡Me recuerdas a un zombi! Parece que seas uno de esos monstruos -exclamó Kröner retrocediendo un paso más mientras introducía la mano derecha en el bolsillo en que había escondido el cuchillo.
Gerhart soltó un suave gruñido. Y con los movimientos mecánicos de un zombi agarró la hebilla de su cinturón y se lo sacó, tan poco afectado por la situación como una estatua.
– ¡Te lo advierto, Gerhart! ¡Sabes que hablo en serio!
Kröner dio un paso atrás y examinó a Gerhart. Parecía vulnerable.
– ¡Suelta ese cinturón! -le ordenó, a la vez que sacaba el cuchillo del bolsillo.
Kröner conocía perfectamente el instante que precedía a un enfrentamiento personal; movimientos sosegados, de eso se trataba. Un solo movimiento brusco y su contrincante podía reaccionar de forma totalmente irracional. Y Kröner no hizo ningún movimiento brusco ni repentino. Por eso, Gerhart seguía sin moverse, impertérrito, diríase que casi apático, observando el cuchillo que apuntaba directamente hacia él. No contrajo ni un solo músculo y parecía haberse resignado, como si estuviera convencido de que el próximo embate sería inevitable. Una suposición que, pocas centésimas de segundo más tarde, Kröner tuvo que reconocer que estaba lejos de ser correcta.
– ¡Suelta ya ese cinturón! -alcanzó a decir Kröner una vez más.
El rostro de Gerhart se contrajo convirtiéndose en el de una ñera. Lo único que tuvo tiempo de constatar Kröner fue un resquemor que se extendió por su rostro de mejilla a mejilla. La explosión de luz que se produjo cuando el cinturón cayó sobre los globos de sus ojos le arrancó unos gritos de dolor que pronto se convirtieron en gimoteos. Ya nunca sería capaz de registrar los espacios ni las texturas. Tan breve la lucha, tan efectivo el cercenamiento, tan irreversible la derrota.
Los sonidos que emitió el hombre que se había abalanzado sobre él y que, antes de nada, había alejado el cuchillo de un puntapié para después echarlo al suelo con una violencia inusitada ligándole las muñecas con el cinturón, se propagaron por Kröner con una fuerza casi sobrenatural. Había sido derrotado.
Unos minutos más tarde, Kröner consiguió recoger las piernas e incorporarse hasta alcanzar una postura incómoda y desmañada. Así era como había dejado a docenas de víctimas maltratadas: sentados en el suelo desnudo, esperando que les llegara la hora del tiro de gracia definitivo.
Él también esperó a que llegara la hora de la redención.
– ¿Dónde está Lankau? -preguntó una voz hasta entonces desconocida para él.
Kröner se limitó a encogerse de hombros y cerró los ojos con más fuerza para que el dolor fuera controlable. La reacción no tardó en llegar. Esta vez, el tirón del cinturón fue tan violento que sus hombros estuvieron a punto de dislocarse. Pese al dolor, Kröner no contestó.
La sensación que provocó en Kröner verse arrastrado de espaldas por la cintura escaleras abajo y a través de su propia casa, cegado e indefenso, incapaz de registrar las estancias que atravesaba, por no hablar de los obstáculos que debía procurar sortear de la mejor manera posible, no era nada comparada con el disgusto que, absolutamente fuera de proporciones, estaba apoderándose de él.
Lankau llevaba décadas advirtiéndoles, a él y a Stich, de la peligrosidad de Gerhart. «¡Matémoslo! ¿Por qué no? ¿De qué tenéis miedo? ¡Podemos hacerlo fácilmente sin que nadie llegue a enterarse! ¡Desaparecen locos todos los días en esta sociedad! De pronto, su cama está vacía. ¿Y dónde está? ¡Nadie vuelve a verlo jamás! ¿Y qué? ¿Quién lo echará de menos? ¿Petra Wagner? ¡Pues nos la llevamos a ella también, si no puede ser de otra manera! ¡Venga, arriesguémonos!» Y Lankau había tenido razón. La notita de Petra Wagner no podría haberles hecho nada. Hacía tiempo que tenían que haberse deshecho de ellos.