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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Las sillas eran una mezcolanza despareja, pero todas tenían el mismo tamaño y ninguna estaba notablemente más estropeada o destartalada que las otras. El joven larguirucho y otros cuantos sirvientes se adelantaron trotando y, sin dejarse impresionar por los ceños de los nobles y sin pedir permiso, trasladaron las destinadas a las hermanas fuera, sobre la nieve, y luego corrieron a ayudar a descargar los caballos albardones. Aún nadie había pronunciado una palabra.

Rápidamente, se colocaron asientos suficientes para toda la Antecámara y para Egwene. Sólo simples bancos, aunque lustrados hasta sacarles brillo, pero cada uno se alzaba sobre una amplia caja cubierta con paños del color del Ajah de la Asentada, en una fila tan larga como el baldaquín. La caja situada delante, para el banco de Egwene, estaba tapada con una tela de franjas, como su estola. Durante la noche había habido mucho ajetreo, empezando por encontrar cera de abeja para los bancos y buen paño de colores adecuados.

Cuando Egwene y las Asentadas ocuparon sus sitios, se hallaron un palmo más altas que todos los demás. La joven había albergado dudas al respecto, pero la ausencia de bienvenida por parte de los nobles las había borrado. Hasta el granjero más mezquino habría ofrecido una copa y un beso a un vagabundo en la Fiesta de Abram. Ellas no eran suplicantes y tampoco eran sus iguales. Eran Aes Sedai.

Los Guardianes se situaron detrás de sus Aes Sedai, y Siuan y Sheriam flanquearon a Egwene. Las hermanas se quitaron los guantes y se echaron ostentosamente las capas hacia atrás a fin de poner de relieve que el frío no las afectaba, en marcado contraste con los nobles que se arrebujaban en las suyas. Fuera, la Llama de Tar Valon ondeaba con el entumecedor viento. Únicamente Halima, de pie junto al asiento de Delana, al borde del cajón cubierto con un paño gris, estropeaba la grandiosa imagen; a decir verdad, sus verdes ojos se clavaban en andoreños y murandianos tan desafiantes que tampoco la deslucía gran cosa.

Se cruzaron unas cuantas miradas intensas cuando Egwene ocupó el asiento delantero, pero sólo unas pocas. De hecho, nadie parecía realmente sorprendido. «Supongo que todos han oído hablar de la chica Amyrlin», pensó con acritud. Bueno, había habido reinas más jóvenes, incluidas soberanas de Andor y Murandy. Sosegadamente, inclinó apenas la cabeza, y Sheriam hizo un gesto hacia la línea de sillas. Con independencia de quién hubiera llegado antes o hubiera proporcionado el baldaquín, no había duda de quién había convocado esa reunión. Quién estaba al mando.

Su acción no fue bien recibida, naturalmente. Se produjo un momento de silenciosa vacilación mientras los nobles intentaban discurrir un modo de recobrar una posición en igualdad de condiciones, y no fueron pocos los que torcieron el gesto al comprender que tal cosa era imposible. Ocho de ellos tomaron asiento, cuatro hombres y cuatro mujeres, hoscos los semblantes y mucho ajustar capas y arreglar faldas con aire enojado. Los de menor rango se quedaron de pie, detrás de las sillas, y resultó evidente el escaso afecto que existía entre andoreños y murandianos. De hecho, estos últimos, hombres y mujeres por igual, rezongaron y se empujaron unos a otros por cuestión de preeminencia, como hicieron sus «aliados» del norte. Las Aes Sedai recibieron también muchas miradas desabridas, y unos cuantos asestaron otras ceñudas a Bryne, que se encontraba a un lado, con el yelmo bajo el brazo. Era bien conocido a ambos lados de la frontera e incluso respetado por la mayoría de aquellos a los que les habría gustado verlo muerto. Al menos, así había sido antes de convertirse en el que dirigía el ejército de las Aes Sedai. El general hizo caso omiso de sus agrias miradas igual que había hecho con las agrias palabras de las Aes Sedai.

Había otro hombre que no se unió a ninguno de los dos grupos. Era de tez pálida, apenas un palmo más alto que Egwene, y llevaba afeitada la parte superior de la cabeza, en el inicio de la frente; vestía chaqueta oscura y peto y lucía un pañuelo rojo anudado en el brazo izquierdo. Su capa gris oscura tenía una gran mano roja bordada a un lado de la pechera. Talmanes se hallaba enfrente de Bryne, apoyado contra uno de los postes que sostenían el baldaquín, en una actitud flemática que resultaba arrogante, observándolo todo sin traslucir nada de lo que pensaba. Egwene habría querido saber qué estaba haciendo allí y qué había dicho antes de que ellas llegasen. Sea como fuere, tenía que hablar con él. Podría arreglarse para hacerlo sin que hubiese un centenar de oídos escuchando.

Un hombre delgado y curtido, con chaqueta roja, sentado en el centro de la fila de sillas, se inclinó hacia adelante y abrió la boca, pero Sheriam se le anticipó hablando con voz clara y alta:

—Madre, permitidme que os presente, por la parte de Andor, a Arathelle Renshar, Cabeza Insigne de la casa Renshar, a Pelivar Coelan, Cabeza Insigne de la casa Coelan, a Aemlyn Carand, Cabeza Insigne de la casa Carand, y a su esposo, Culhan Carand. —Los nombrados hicieron una leve inclinación de cabeza a medida que se pronunciaron sus nombres, sin borrar el gesto hosco. Pelivar era el hombre delgado; tenía unas entradas incipientes en su oscuro cabello. Sheriam continuó sin hacer pausa alguna; menos mal que Bryne había podido facilitar los nombres de los elegidos para hablar—. Os presento, por la parte de Murandy, a Donel do Morny a’Lordeine, a Cian do Mehon a’Macansa, a Paitir do Fearna a’Conn y a Segan do Avharin a’Roos.

Los murandianos parecieron acusar la omisión de sus títulos más aún que los andoreños. Donel, que llevaba más encajes que la mayoría de las mujeres, se retorció las puntas enroscadas del bigote con aire furioso, y Paitir daba la impresión de que quisiera arrancarse el suyo a tirones. Segan apretó los gruesos labios y sus oscuros ojos llamearon, en tanto que Cian, una mujer fornida y canosa, resopló de manera audible. Sheriam no se dio por enterada de nada de ello.

—Os encontráis bajo la mirada de la Vigilante de los Sellos, ante la Llama de Tar Valon. Podéis presentar vuestras súplicas a la Sede Amyrlin.

Bien. Eso no les hizo gracia. Ni pizca. Egwene creía que antes sus semblantes estaban sombríos, pero ahora parecían haberse comido un caqui agrio. Quizás habían pensado que podrían pretender que ella no era en absoluto la Amyrlin. Ya aprenderían. Claro que antes tenía que enseñárselo a la Antecámara.

—Existen antiguos lazos entre Andor y la Torre Blanca —empezó, en voz alta y firme—. Las hermanas siempre han esperado una buena acogida en Andor o en Murandy. ¿Por qué, entonces, traer un ejército contra las Aes Sedai? Os estáis inmiscuyendo donde tronos y naciones temen intervenir. Han caído monarquías por entrometerse en asuntos de Aes Sedai.

Aquello sonaba adecuadamente amenazador, tanto si Myrelle y las demás se las habían ingeniado para prepararle el camino como si no. Con suerte, todas estarían de regreso en el campamento, sin que nadie se hubiese enterado. A menos que uno de esos nobles pronunciase el nombre equivocado. Tal cosa le haría perder ventaja con la Antecámara, pero en comparación con todo lo demás, sólo era una paja al lado de un pajar entero.

Pelivar intercambió una mirada con la mujer sentada a su lado y ésta se puso de pie. Las arrugas de su rostro no ocultaban que Arathelle había sido, de joven, una mujer bella, de delicada estructura ósea; ahora, en su cabello había abundantes hebras grises y su mirada poseía tanta dureza como la de un Guardián. Sus manos, protegidas con guantes rojos, aferraban los bordes de la capa, pero obviamente el gesto no denotaba preocupación. Prietos los labios en una fina línea, recorrió con la vista la hilera de Asentadas y sólo entonces habló, pasando por alto a Egwene, a las hermanas que se sentaban detrás. La joven apretó los dientes y adoptó una actitud atenta.

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