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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Talmanes estaba cruzado de brazos, observando los tejemanejes con una sonrisa divertida que no se reflejaba en sus ojos. Parecía listo para entrar súbitamente en acción, pero su mirada reflejaba cansancio. Al verla aproximarse, hizo una respetuosa reverencia.

—Habéis cambiado la frontera hoy —dijo, con un dejo agrio en la voz. Cerró más su capa para resguardarse del cortante aire—. Siempre ha sido… inestable entre Andor y Murandy, independientemente de lo que señalen los mapas, pero Andor nunca se había desplazado al sur con una fuerza tan numerosa. Salvo en la Guerra de Aiel y en la Guerra de los Capas Blancas, en cualquier caso, pero entonces sólo iban de paso. Una vez que hayan estado aquí un mes, habrá mapas nuevos que señalarán una nueva línea. Fijaos en los murandianos; andan a la rebatiña para hablar con Pelivar y sus compañeros, adulándolos tanto como a las hermanas. Esperan hacer nuevos amigos para el nuevo día.

A Egwene, que procuraba disimular cuidadosamente que observaba a quienes podrían estar observándola a su vez, le pareció que todos los nobles, murandianos y andoreños, estaban volcados en las Asentadas, arremolinándose en torno a ellas. En cualquier caso, tenía en mente cosas ligeramente más importantes que las fronteras. Para ella al menos, ya que no para los nobles. Excepto durante breves segundos, a las Asentadas no se les veía más que la parte superior de la cabeza. Sólo Halima y Siuan parecían pendientes de ella, y un parloteo semejante al de una bandada de excitados gansos llenaba el aire. Bajó la voz y eligió las palabras cuidadosamente.

—Los amigos son siempre importantes, Talmanes. Habéis sido un buen amigo para Mat, y creo que también para mí. Confío en que eso no haya cambiado. Y espero que no hayáis dicho a nadie lo que no debíais. —Luz, estaba preocupada, o no habría sido tan directa. ¡Sólo le faltaba ir directamente al grano y preguntarle de qué habían hablado Pelivar y él!

Afortunadamente, Talmanes no se rió de ella por hablar con la franqueza de una provinciana. Aunque eso no quería decir que no lo pensara. La observó seriamente antes de hablar, en voz queda. También sabía ser cauto.

—No todos los hombres chismorrean. Decidme, ¿cuando enviasteis a Mat al sur sabíais lo que harías hoy aquí?

—¿Cómo iba a saberlo hace dos meses? No, las Aes Sedai no somos omniscientes, Talmanes. —Había esperado algo que la pusiera donde estaba, había hecho planes para que ocurriera, pero no lo había sabido tan al principio. También había confiado en que él no se fuese de la lengua. Algunos hombres no lo hacían.

Romanda echó a andar en su dirección con zancadas firmes y el semblante gélido, pero Arathelle la interceptó, agarrando a la Asentada Amarilla por el brazo y rehusando ser relegada, para estupefacción de Romanda.

—¿Me diréis al menos dónde se encuentra Mat? —preguntó Talmanes—. ¿De camino a Caemlyn, con la heredera del trono? ¿Por qué os sorprendéis? Una criada hablará con un soldado mientras cogen agua en el mismo arroyo. Incluso si ese hombre es un horrible Juramentado del Dragón —añadió secamente.

¡Luz! Los hombres eran realmente… inoportunos en ocasiones. Hasta los mejores hallaban el modo de decir justo lo más inadecuado o hacer la pregunta más inconveniente en el peor momento. Por no mencionar el engatusar criadas para que parlotearan más de la cuenta. Resultaría mucho más fácil si pudiesen mentir, simplemente, pero él le había dejado holgura suficiente para moverse en el ámbito de los Juramentos sin tener que quebrantar los límites. Bastaría la mitad de la verdad e impedir que saliese corriendo para Ebou Dar. Quizá menos incluso que la mitad.

En la esquina opuesta del pabellón, Siuan conversaba con un joven pelirrojo, alto, con las puntas del bigote retorcidas, que la observaba tan dubitativamente como había hecho antes Segan. Por lo general, los nobles conocían el aspecto de las Aes Sedai. Sin embargo, Siuan no tenía puesta en él toda su atención; sus ojos se desviaban una y otra vez hacia Egwene. Parecían gritarle, alto y claro como la voz de la conciencia. Lo más fácil. Lo conveniente. Lo que significaba ser Aes Sedai. ¡Lo de hoy no lo había sabido de antemano, sólo había esperado que ocurriera! Egwene soltó el aire con exasperación. ¡Maldita mujer!

—Lo último que supe es que seguía en Ebou Dar —murmuró—. Pero a estas alturas debería estar dirigiéndose hacia el norte a toda velocidad. Todavía cree que debe salvarme, Talmanes, y Matrim Cauthon no es de los que pierden la ocasión de estar ahí para decir «te lo advertí».

Talmanes no pareció sorprendido en absoluto.

—Es lo que imaginaba —comentó—. He… sentido algo, desde hace semanas. También les ocurre a otros de la Compañía. No es una sensación de urgencia, pero siempre está presente. Como si me necesitara. Como si debiera volverme y mirar hacia el sur, en cualquier caso. Seguir a un ta’veren puede resultar peculiar.

—Supongo que sí —convino Egwene, esperando que no se notase su incredulidad. Ya era bastante extraño pensar en el gandul Mat como el cabecilla de la Compañía de la Mano Roja, cuanto menos como ta’veren, pero en cualquier caso un ta’veren tenía que estar presente, o cerca al menos, para que su influencia surtiera efecto.

—Mat se equivocaba al creer que podríais necesitar ser rescatada. Jamás tuvisteis intención de acudir a pedirme ayuda, ¿verdad?

Todavía hablaba en voz baja, pero aun así Egwene echó una rápida ojeada en derredor. Siuan seguía observándolos. Y también Halima. Paitir estaba demasiado cerca de la mujer, pavoneándose y sacando pecho y atusándose el bigote —por el modo en que clavaba la vista en su corpiño, no la había confundido con una hermana, ¡eso seguro!— pero Halima apenas le prestaba atención, y lanzaba miradas de reojo hacia Egwene al tiempo que sonreía al hombre. Todos los demás parecían ocupados y no había nadie lo bastante cerca para oírlos.

—Sería impropio de la Sede Amyrlin acudir corriendo en busca de amparo, ¿verdad? Sin embargo, ha habido veces en que ha sido reconfortante saber que estabais ahí —admitió. De mala gana. No era de suponer que la Amyrlin necesitase un refugio, pero mientras las Asentadas no lo supieran, admitirlo no perjudicaría a nadie—. Realmente habéis sido un amigo, Talmanes, y espero que continuéis siéndolo. Lo digo de corazón.

—Habéis sido más… franca conmigo de lo que esperaba —dijo lentamente Talmanes—, así que os contaré algo. —Su gesto no varió; para cualquier observador debía de parecer que sostenía una conversación intrascendente, pero aun así bajó más el tono de voz—. He recibido propuestas del rey Roedran con respecto a la Compañía. Al parecer, alberga esperanzas de ser el primer monarca verdadero de Murandy. Quiere contratarnos. En otras circunstancias no lo habría tenido en cuenta, pero nunca hay dinero suficiente, y con esta… sensación de que Mat nos necesita… Quizá lo mejor sería quedarnos en Murandy. Tan claro como la luz del día, vos estáis donde queréis estar y lo tenéis todo controlado.

Guardó silencio cuando una joven criada hizo una reverencia para ofrecerles ponche caliente. La chica llevaba un vestido de paño verde, finamente bordado, y una capa forrada con piel de conejo. Otros sirvientes del campamento también estaban ayudando, sin duda para hacer algo más que seguir plantados y tiritando. La muchacha tenía la cara contraída por el frío.

Talmanes rechazó la bebida con un ademán y volvió a ajustarse la capa, pero Egwene cogió una copa de plata a fin de ganar tiempo para pensar. En realidad ya no necesitaba a la Compañía. A pesar de sus rezongos, ahora las hermanas aceptaban su presencia como algo normal y corriente, aunque fuesen Juramentados del Dragón; ya no temían un ataque, y no había sido realmente necesario de usar la presencia de la Compañía para azuzarlas a seguir adelante una vez que partieron de Salidar. Para lo único que servía en verdad Shen an Calhar era para atraer reclutas al ejército de Bryne, hombres que creían que la presencia de dos ejércitos significaba una batalla y querían encontrarse de parte del más numeroso. No los necesitaba, pero Talmanes había actuado como un amigo. Y ella era la Amyrlin. A veces, la amistad y el deber iban en la misma dirección.

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