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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Egwene apretó los puños sobre el regazo, donde esperaba que el gesto pasara inadvertido.

—Deduzco que vas a decírmelo de todos modos.

—No estás en condiciones de adoptar ese tono conmigo —espetó secamente Lelaine, pero, al momento, su sonrisa reapareció—. La Antecámara está disgustada contigo. Muy disgustada. No sé con qué te ha amenazado Romanda, aunque no es difícil de imaginar, pero puedo superarlo. Por otro lado, Romanda ha incomodado a varias Asentadas con sus modos intimidatorios. Por lo tanto, excepto que quieras encontrarte con menos autoridad que la poca que tienes ahora, Romanda se llevará mañana una sorpresa cuando me designes a mí para hablar en tu nombre. Cuesta creer que Arathelle y Pelivar fueran lo bastante necios para poner en marcha algo así, pero se escabullirán con el rabo entre las piernas después de que haya terminado con ellos.

—¿Y cómo sé que no llevarás a cabo esas amenazas de todos modos? —Egwene confiaba en que su hablar entre dientes por la rabia sonase sólo malhumorado. ¡Luz, qué harta estaba de todo eso!

—Porque lo digo yo —espetó Lelaine—. ¿Es que no sabes a estas alturas que no tienes realmente autoridad en nada? La tiene la Antecámara, lo que significa entre Romanda y yo. Dentro de cien años quizá des la talla para llevar la estola, pero, por ahora, quédate callada, crúzate de brazos y deja que alguien que sabe lo que hace se encargue de derrocar a Elaida.

Una vez que Lelaine se hubo marchado, Egwene volvió a mirar al vacío desde su silla. Esta vez no permitió que la ira la dominara. «Quizá des la talla para llevar la estola». Casi lo mismo que Romanda había dicho. «Alguien que sepa lo que hace». ¿Estaría engañándose a sí misma? ¿Sería una chiquilla que podría malograr lo que una mujer con experiencia resolvería fácilmente?

Siuan entró en la tienda y se quedó parada, con expresión preocupada.

—Gareth Bryne acaba de estar aquí para informarme de que la Antecámara lo sabe —explicó amargamente—. Vino con la excusa de preguntar por sus camisas. ¡Él y sus malditas camisas! La reunión se ha acordado para mañana, en un lago situado a unas cinco horas hacia el norte. Pelivar y Arathelle ya se han puesto en camino. Y también Aemlyn. Representa a otra de las casas fuertes.

—Es más de lo que Romanda y Lelaine se han dignado contarme —dijo Egwene con idéntica acritud. No. Cien años dejándose llevar de la mano, agarrada por el pescuezo y mangoneada, o cincuenta o incluso cinco, y ya no estaría en condiciones de hacer otra cosa. Si tenía que dar la talla para llevar la estola, la daría ahora.

—¡Oh, rayos y centellas! —gimió Siuan—. ¡No lo soporto! ¿Qué dijeron? ¿Qué pasó?

—Como esperábamos, más o menos. —Egwene sonrió con una expresión de incredulidad que también se reflejó en su voz—. Siuan, no habrían puesto la Antecámara en mis manos mejor si les hubiese dicho cómo hacerlo.

Estaba oscureciendo cuando Sheriam llegó a su tienda, más pequeña incluso que la de Egwene. Si no hubiese sido la Guardiana, habría tenido que compartirla. Entró agachada y sólo tuvo tiempo para darse cuenta de que no estaba sola cuando se encontró escudada y derribada de bruces sobre el camastro. Aturdida, intentó gritar, pero un pico de la manta se metió dentro de su boca como una mordaza. El vestido y la ropa interior se soltaron de su cuerpo de golpe, como una pompa pinchada. Una mano le acarició la cabeza.

—Se suponía que debías informarme de todo, Sheriam. Esa chica planea algo y quiero saber qué es.

Tardó un buen rato en convencer a la persona que la interrogaba que le había contado cuanto sabía, que jamás se reservaría nada, ni una palabra. Cuando por fin se quedó sola, yació hecha un ovillo y llorando por los dolorosos verdugones, deseando amargamente no haber hablado jamás con ninguna hermana de la Antecámara.

17

En el hielo

A la mañana siguiente, antes de amanecer, una columna salió a caballo desde el campamento de las Aes Sedai hacia el norte, en silencio, salvo por los crujidos de las sillas de montar y el de los cascos de los caballos al romper la costra de nieve. De vez en cuando uno de los animales resoplaba o tintineaba alguna pieza metálica de los arreos, que enseguida se acallaba. La luna ya se había metido, pero las estrellas brillaban en el cielo y su reflejo en el blanco manto que lo cubría todo bastaba para alumbrar la oscuridad. Cuando las primeras luces del alba asomaron por el este, llevaban una hora o más de camino, lo que no significaba que hubiesen llegado muy lejos. Por algunos tramos abiertos Egwene podía dejar que Daishar avanzara a medio galope, salpicando partículas blancas como si chapotease en el agua, si bien durante la mayor parte de la marcha los caballos iban al paso, y no muy deprisa, a través de florestas poco densas donde la nieve se amontonaba en profundos ventisqueros y se acumulaba sobre las ramas de los árboles. Robles y pinos, tupelos y cedros y otras especies que no conocía ofrecían un aspecto aún más deslucido que el que tenían con la sequía y el calor. Ese día se celebraba la Fiesta de Abram, pero no habría premios metidos en la masa de las tortas de miel. Sin embargo, quisiera la Luz que algunas personas encontraran sorpresas ese día.

El sol, una esfera dorada pálida que no daba calor, siguió subiendo. Con cada inhalación el aire aún pinchaba la garganta, y al exhalar, el aliento se condensaba en vaho. Soplaba un viento no muy fuerte pero cortante, y por el oeste negros nubarrones se desplazaban hacia el norte en su camino a Andor. Sintió cierta lástima por quienquiera que sufriera las consecuencias cuando aquellas nubes descargaran, y al mismo tiempo alivio porque se alejaban de ellos. Tener que esperar un día más habría sido exasperante. No había podido pegar ojo en toda la noche, y no por culpa de las jaquecas, sino por la impaciencia y la inquietud. Eso y los zarcillos del miedo que se habían deslizado por los resquicios de la tienda como un aire frío. Sin embargo, no estaba cansada. Se sentía como un muelle comprimido, como el resorte tenso de la cuerda de un reloj, rebosante de energía que necesitaba desesperadamente soltar. Luz, todo podía salir terriblemente mal aún.

Era una columna impresionante, detrás del estandarte de la Torre Blanca, la blanca Llama de Tar Valon centrada en una espiral de siete colores, uno por cada Ajah. Confeccionado secretamente en Salidar, había permanecido guardado en el fondo de un arcón desde entonces, con las llaves en poder de la Antecámara. Egwene creía que no lo habrían sacado de no haber sido por la necesaria pompa de esa mañana. La caballería pesada que les proporcionaba escolta estaba compuesta por mil jinetes vestidos con peto y cota de malla; una colección de lanzas, espadas, mazas y hachas rara vez vista al sur de las Tierras Fronterizas. Su comandante era un shienariano tuerto, con un parche de vivos colores sobre la cuenca vacía, un hombre al que había conocido tiempo atrás, lo que ahora le parecía una era. Ino Nomesta lanzaba miradas fulminantes a los árboles a través de las hendiduras de la visera del casco, como si esperase que les tendieran una emboscada en cualquier momento, y sus hombres parecían igualmente alertas, muy rectos en sus sillas.

Delante, casi fuera del alcance de la vista, marchaba un grupo de hombres a través de los árboles; llevaban peto y espaldar, pero ninguna otra pieza de armadura. Sus capas ondeaban libremente al viento, sin ofrecerles protección contra el frío, ya que tenían ocupadas ambas manos, una sujetando las riendas y la otra sosteniendo un arco corto. También marchaban más grupos, otro millar de hombres en total, por la izquierda, por la derecha y por atrás, todos fuera de la vista de la columna, para explorar y proteger. Gareth Bryne no esperaba traición por parte de los andoreños, pero, según él mismo dijo, ya se había equivocado en ocasiones anteriores y, además, los murandianos eran otro cantar. También existía la posibilidad de asesinos a sueldo pagados por Elaida, e incluso Amigos Siniestros. Sólo la Luz sabía cuándo o por qué podría decidir asesinar un Amigo Siniestro. En realidad, aunque se suponía que los Shaido se encontraban lejos, nadie parecía saber dónde se hallaban hasta que comenzaban las matanzas. Incluso los bandidos podrían intentar probar suerte con un grupo reducido. Lord Bryne no era hombre que corriese riesgos innecesarios, de lo que Egwene se alegraba mucho. Ese día quería tener el mayor número posible de testigos.

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