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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Ella marchaba delante del estandarte, con Sheriam, Siuan y Bryne. Los tres parecían absortos en sus pensamientos. Lord Bryne se sostenía en su silla con fácil soltura; el vaho de su respiración uniforme formaba una ligera capa de escarcha en la visera del yelmo, pero Egwene podía verlo analizando mentalmente el terreno. Por si acaso tenía que combatir en él. Siuan montaba tan rígida que tendría los músculos agarrotados mucho antes de que llegasen a su destino, pero miraba fijamente hacia el norte, como si pudiese ver ya el lago, y a veces asentía o sacudía la cabeza para sí misma. No habría hecho tal cosa si no se sintiera inquieta. Sheriam ignoraba tanto como las Asentadas lo que iba a ocurrir, pero daba la impresión de estar más nerviosa incluso que Siuan, rebullendo sin parar sobre su silla y encogiéndose. Por alguna razón, en sus verdes ojos también había un brillo de ira.

Inmediatamente detrás del estandarte marchaban todas las Asentadas de la Antecámara de la Torre, en fila de a dos, luciendo sedas recamadas, ricos terciopelos, pieles y capas con el símbolo de la Llama bordado en el centro. Mujeres que por lo general no llevaban más joyas que el anillo de la Gran Serpiente, ese día lucían los más finos aderezos que guardaban los cofres de alhajas del campamento. Sus Guardianes ofrecían un espléndido despliegue simplemente con sus capas de colores cambiantes, que al agitarse con el aire creaban la ilusión de que partes de los cuerpos de los hombres desaparecían. Los seguían sirvientes, tres o cuatro por cada hermana, en los mejores caballos que habían podido proporcionarles; se habían registrado a fondo todos los baúles del campamento para vestirlos con ropas de vivos colores, de manera que habrían podido pasar por nobles de segunda fila si no hubiera sido porque algunos tiraban de las riendas de animales de carga.

Tal vez debido a que era una de las Asentadas que no tenía Guardián, Delana había llevado a Halima, que montaba una briosa yegua blanca. Las dos mujeres marchaban juntas, casi rodilla contra rodilla. A veces Delana se inclinaba para hablar en privado con Halima, aunque ésta parecía demasiado excitada para escucharla. Supuestamente, era la secretaria de Delana, pero todo el mundo consideraba la relación como un acto de caridad o una posible amistad —por improbable que pudiese parecer— entre la circunspecta hermana de cabello claro y la irascible mujer de campo de cabello oscuro. Egwene había visto la escritura de Halima, y tenía la apariencia de la de un niño que está empezando a aprender las primeras letras. En esta ocasión vestía ropas tan finas como las de la hermana, y llevaba joyas que igualaban fácilmente las de Delana, de quien debían de proceder. Cada vez que una ráfaga de aire abría su capa de terciopelo, dejaba a la vista una escandalosa porción de su generoso busto; ella se echaba a reír sin darse prisa alguna en volver a taparse, negándose a admitir que sintiese el frío más que las hermanas.

Por una vez Egwene se alegró de que le hubiesen regalado tanta ropa, que le permitía superar a las Asentadas. Su atuendo de seda verde y azul tenía cuchilladas en blanco e iba bordado con aljófares. Incluso los guantes estaban adornados con perlas. En el último minuto Romanda le había proporcionado una capa forrada con pieles de armiños, y Lelaine le facilitó un collar y unos pendientes de esmeraldas y ópalos. Las piedras de la luna que adornaban su cabello eran una aportación de Janya. La Amyrlin tenía que estar resplandeciente ese día. Hasta Siuan parecía arreglada para asistir a un baile, con terciopelo azul y encaje de color crema, una ancha banda de perlas en la garganta y muchas más entrelazadas en el pelo.

Romanda y Lelaine encabezaban el grupo de Asentadas, tan pegadas al soldado que portaba el estandarte que el hombre echaba ojeadas nerviosas hacia atrás y a veces taconeaba su caballo para que se acercara a los que iban delante. Egwene se las arregló para no mirar atrás más que una o dos veces, pero aun así notaba sus ojos clavados en la espalda, cada una de ellas convencida de tenerla bien atada en un esmerado paquete, pero también tenían que estar preguntándose de quién era la cuerda con la que se había hecho la atadura. Oh, Luz, eso no podía salir mal. Ahora no.

Aparte de la columna, era escaso el movimiento en aquel paisaje cubierto de nieve. Un halcón giró en círculos un rato, perfilado contra el azul del cielo, antes de volar hacia el este. En dos ocasiones Egwene divisó zorros de cola negra trotando a lo lejos, todavía con el manto de verano, y una vez a un gran ciervo de majestuosa cornamenta que desapareció entre los árboles como un fantasma. Una liebre, que apareció de repente junto a las patas de Bela y huyó a grandes saltos, hizo que la hirsuta yegua sacudiese la cabeza arriba y abajo; Siuan chilló y agarró las riendas como si esperara que Bela fuera a lanzarse a galope. Por supuesto, la yegua se limitó a soltar un resoplido de reproche y siguió con su tranquilo paso. El ruano castrado de Egwene respingó más asustado, y eso que la liebre no saltó cerca de él.

Siuan empezó a rezongar entre dientes después de que la liebre se alejase corriendo, y pasó un buen rato antes de que aflojara las riendas de Bela. Ir a caballo la ponía siempre de mal humor —viajaba en una de las carretas cada vez que podía— pero rara vez estaba tan alterada. Sólo había que fijarse en lord Bryne o en las feroces ojeadas que ella le echaba para saber el motivo. Si el hombre advirtió las miradas de Siuan no lo demostró. Era el único que no se había engalanado; tenía la misma estampa de siempre, sencilla y ligeramente deteriorada. Por alguna razón, Egwene se alegraba de que se hubiese resistido a los intentos de vestirlo con ropas mejores. Necesitaban realmente ofrecer una imagen que causara impacto, pero aun así Egwene creía que la del hombre era excelente tal cual.

—Es una buena mañana para montar —comentó Sheriam al cabo de un rato—. No hay nada mejor que un buen paseo a caballo por la nieve para despejar la cabeza. —Su tono no era bajo, y sus ojos se posaron en la todavía rezongante Siuan a la par que esbozaba una sonrisa.

Siuan no dijo nada —difícilmente podía hacerlo delante de tantos ojos—, pero asestó a la Guardiana una dura mirada que prometía una respuesta cortante para más tarde. La mujer pelirroja se giró bruscamente, casi encogiéndose. Alada, su torda rodada, cabrioleó unos pasos, y Sheriam la calmó con cierta dureza. Había mostrado poca gratitud hacia la mujer que la había nombrado su Maestra de Novicias y al igual que la mayoría en su situación, buscaba razones para culpar a Siuan. Era la única falta que Egwene le encontraba desde el juramento. Bueno, había protestado porque, en su posición de Guardiana, consideraba que no debería tener que obedecer órdenes de Siuan como hacían las demás que habían prestado juramento, pero Egwene había visto de inmediato adónde conduciría eso. No era la primera vez que Sheriam había intentado clavar una pulla. Siuan insistía en manejar personalmente a Sheriam, y su amor propio era tan frágil que Egwene no tuvo valor de negárselo; a no ser que las cosas se pasaran de la raya.

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