Los inconsolables [The Unconsoled - es]
- Автор: Исигуро Кадзуо
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:
– Señor Brodsky, no quiero entrometerme. Pero seguramente ha llegado el momento de dejar de lado para siempre tales pensamientos. Seguramente todas esas diferencias, todos esos malentendidos…, seguro que ha llegado el momento de olvidarlos. Deben tratar de aprovechar al máximo la vida que les queda. Por favor, trate de calmarse. De nada le servirá ver a la señorita Collins en este estado; seguro que lo lamentará más tarde. De hecho, señor Brodsky, si me permite decirlo, ha dado usted en el clavo cuando, al hablarle esta mañana, ha puesto usted el acento en el futuro. Su idea de tener un animal es, a mi juicio, estupenda. Creo que debería seguir con esa idea, con ésa y con otras parecidas. No hay necesidad de volver sobre el pasado todo el tiempo. Y, por supuesto, ahora se abren para usted grandes perspectivas de futuro. Yo, por mi parte, voy a intentar todo lo que esté en mi mano esta noche para que esta ciudad le acepte…
– ¡Oh, sí, señor Ryder! -Su ánimo pareció cambiar repentinamente-. Sí, sí, sí. Esta noche, sí, esta noche trataré de… ¡Trataré de estar magnífico!
– Así está mejor, señor Brodsky.
– Esta noche no voy a transigir, no transigiré en absoluto. Sí, de acuerdo, me acosaron, tiré la toalla, huimos, vinimos a esta ciudad. Pero en el fondo de mi corazón nunca tiré la toalla totalmente. Sabía que no había tenido la oportunidad idónea. Y ahora, por fin, esta noche… He esperado tanto tiempo. No voy a transigir. La orquesta, los músicos no se lo van a creer, lo que voy a exigirles… Señor Ryder, le estoy muy agradecido. Usted ha sido para mí una inspiración. Hasta esta mañana tenía miedo. Miedo de esta noche, miedo de lo que podía suceder. Tendré que tener mucho cuidado, me decía a mí mismo. Hoffman, todos los demás, no hacían más que decirme que fuera con cuidado, poco a poco… Vaya despacio al principio, me decían. Vuelva a ganárselos poco a poco. Pero esta mañana he visto su fotografía en el periódico. En el periódico, el monumento Sattler. Y me he dicho, ¡eso es, eso es! ¡Ve hasta el final, hasta el final! ¡No te arredres ante nada! La orquesta…, ¡no se lo van a creer! Y la gente, la gente de esta ciudad, tampoco podrá creérselo. ¡Sí, ve hasta el final! Y ella va a verlo. Va a verme, va a ver quién soy realmente, quién he sido siempre… ¡El monumento Sattler, eso es!
Ahora el terreno era llano e íbamos caminando por la herbosa senda central del cementerio. De pronto me percaté de cierto movimiento a mi espalda, y al volverme y mirar por encima del hombro vi que uno de los deudos del entierro venía corriendo hacia nosotros haciéndonos apremiantes señas. Cuando se acercó vi que era un hombre moreno, achaparrado, de unos cincuenta años.
– Señor Ryder, qué honor… -dijo casi sin aliento al ver que me volvía-. Soy el hermano de la viuda. Mi hermana se alegraría tanto si fuera usted tan amable de unirse a nosotros…
Miré hacia donde nos indicaba y vi que estábamos bastante cerca de la comitiva del entierro. En efecto, la brisa nos traía claramente los desolados sollozos.
– Por aquí, por favor -dijo el hombre.
– Pero…, en un momento tan íntimo…
– No, no, por favor. Mi hermana…, todos nos sentiremos tan honrados… Por favor, por aquí.
Un tanto a regañadientes, me dispuse a seguirle. El terreno iba haciéndose más blando a medida que avanzábamos a través de las lápidas. Al principio me fue imposible ver a la viuda entre las filas de espaldas encorvadas y oscuras, pero al acercarnos al grupo alcancé a verla a la cabeza del mismo, inclinada sobre la fosa abierta. Daba muestras de una aflicción tan honda que parecía muy capaz de arrojarse sobre el ataúd. Tal vez en previsión de tal eventualidad, un caballero de avanzada edad y pelo blanco la retenía con fuerza por brazo y hombro. A su espalda, los presentes lloraban al parecer movidos por un dolor genuino, pero por encima del llanto general seguían siendo claramente perceptibles los angustiados gemidos de la viuda: lentos, exhaustos aunque sorprendentemente estentóreos, como los que cabría esperar de alguien sometido a una tortura continuada. Al oírlos sentí un deseo súbito de darme la vuelta y alejarme, pero el hombre achaparrado me estaba haciendo gestos para que me acercara a la fosa. Cuando vio que no me movía, me susurró en tono nada discreto:
– Señor Ryder, por favor.
Algunos de los deudos se volvieron para mirarnos.
– Señor Ryder, por aquí.
El hombre achaparrado me cogió del brazo y empezamos a abrirnos paso entre los presentes, algunos de los cuales se volvían para mirarme. Oí, como mínimo, dos voces que decían: «Es el señor Ryder…» Cuando llegamos al pie de la fosa, los sollozos habían amainado en gran medida, y pude sentir multitud de ojos clavados en mi espalda. Adopté una actitud de sereno respeto, penosamente consciente de lo informal de mi atuendo: chaqueta verde clara, sin corbata… La camisa, además, era de un alegre estampado de tonos anaranjados y amarillos. Mientras el hombre achaparrado trataba de atraer la atención de la viuda, me abotoné rápidamente la chaqueta.
– Eva -decía el hombre achaparrado con voz suave-. Eva…
El caballero del pelo blanco se volvió para mirarnos, pero la viuda no dio señales de haber oído. Siguió sumida en su angustia, gimiendo ruidosa y rítmicamente junto a la fosa. Su hermano se volvió y me miró con patente embarazo.
– Por favor -le susurré, y empecé a retroceder-. Le daré el pésame más tarde.
– No, no, señor Ryder, por favor. Un momento. -El hombre achaparrado puso una mano sobre el hombro de su hermana, y volvió a decirle, esta vez con impaciencia-: Eva, Eva…
La viuda se irguió, y al final, controlando sus sollozos, se volvió hacia nosotros.
– Eva -dijo su hermano-. El señor Ryder está aquí.
– ¿El señor Ryder?
– Mis más profundas condolencias, señora -dije, inclinando con solemnidad la cabeza.
La viuda continuó mirándome con fijeza.
– ¡Eva! -le siseó su hermano.
La viuda dio un respingo, miró a su hermano y luego a mí.
– El señor Ryder… -dijo al fin, en un tono sorprendentemente sereno-. Es un verdadero honor. Hermann -dijo, señalando la fosa- era un gran admirador suyo.
Dicho esto, volvió a estallar en sollozos.
– ¡Eva!
– Señora -dije con voz suave-, he venido a expresarle mis más sentidas condolencias. Lo siento de verdad. Pero por favor, señora, y señores…, permítanme que les deje en la intimidad de su dolor.
– Señor Ryder -dijo la viuda, que había vuelto a recuperar el dominio de sí misma-. Es un verdadero honor. Estoy segura de que todos los presentes estarán de acuerdo conmigo en que nos sentimos profundamente halagados.
Oí un coro de murmullos de asentimiento a mi espalda.
– Señor Ryder -continuó la viuda-, ¿está disfrutando de su estancia en nuestra ciudad? Espero que al menos haya encontrado una o dos cosas fascinantes.
– Estoy disfrutando mucho. Todos han sido tan amables conmigo… Una comunidad magnífica. Lamento mucho el…, el fallecimiento.
– Quizá le apetezca tomar algo, café o té…
– No, no, de verdad, por favor…
– Quédese al menos a tomar algo. Oh, Dios, ¿es que nadie ha traído un poco de café o té? ¿Nada?
La viuda miró penetrantemente a los presentes.
– Por favor, de verdad, no tenía intención de irrumpir así en…- P°r favor, continúen con…, con lo que están haciendo.
– Pero debe tomar algo. Alguien…, ¿alguien tiene un termo de café?
Los deudos, a mi espalda, se consultaban unos a otros, y cuando miré por encima del hombro vi que la gente buscaba en bolsas y bolsos. El hombre achaparrado hacía una seña en dirección a las últimas filas del grupo, y vi que le estaban pasando algo de mano en mano. Al cogerlo se quedó mirándolo, y vi que se trataba de un trozo de pastel envuelto en papel de celofán.