Los inconsolables [The Unconsoled - es]
- Автор: Исигуро Кадзуо
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:
Calló y guardó silencio, y pareció sumirse de nuevo en sus pensamientos. A ambos lados de la carretera había tierras de labrantío, y vi tractores que se movían lentamente por los campos, a lo lejos. Pasó un rato, y le dije:
– Disculpe, pero esa noche de la que me habla, ¿hace cuánto fue?
– ¿Hace cuánto? -Hoffman pareció un tanto ofendido por la pregunta-. Oh…, supongo que fue cuando Piotrowsky dio aquel concierto en la ciudad. Debió de ser hace veintidós años…
– Veintidós años… -dije yo-. ¿Debo inferir, pues, que su mujer ha permanecido a su lado todo ese tiempo?
Hoffman se volvió a mí, furioso.
– ¿Qué intenta decirme, señor? ¿Que ignoro el estado de cosas de mi propia casa? ¿Que no entiendo a mi propia esposa? Estoy haciéndole confidencias, compartiendo con usted mis pensamientos íntimos, y se permite darme lecciones sobre mis asuntos como si supiera mejor que yo lo que…
– Le pido disculpas, señor Hoffman, si le he parecido indiscreto. Sólo quería señalar que…
– ¡No tiene que señalarme nada, señor! ¡No sabe nada del asunto! El hecho es que mi situación es desesperada, y que lo es desde hace cierto tiempo. Lo vi aquella noche en casa del señor Fischer; tan claro como la luz del día, tan claro como esta carretera que tengo ante mis ojos. Muy bien, no ha sucedido todavía, pero sólo porque…, sólo porque me he esforzado. Sí, señor, ¡lo que me he esforzado! Puede que si lo supiera se riera usted de mí. Si sé que es una causa perdida, ¿por qué me torturo tanto? ¿Por qué me aferró a ella de este modo? Para usted es muy fácil formularme esas preguntas. Pero yo la amo tan profundamente, señor, y más que nunca… Me resulta inconcebible, nunca podría soportar que me dejara, todo se volvería sin sentido. Muy bien, sé que no hay remedio, que tarde o temprano me acabará abandonando por alguien como Piotrowsky, por alguien semejante, por alguien como el hombre que pensó que yo era antes de darse cuenta. Lo que hago es aferrarme, y eso no merece burla. He hecho todo lo que he podido, señor. He hecho todo lo que he podido en el único terreno que le queda a un hombre en mi situación: me he esforzado mucho, he organizado actos, he participado en comités, y al cabo de los años he logrado ser una personalidad de cierta talla en los círculos artísticos y musicales de esta ciudad. Y, por supuesto, además siempre ha estado esa esperanza. Una esperanza que acaso explique cómo he conseguido retenerla tanto tiempo. Una esperanza que ha muerto, que lleva ya muerta bastantes años, pero que, ya ve, durante un tiempo constituyó la sola, la única esperanza. Me refiero, cómo no, a nuestro hijo Stephan. ¡Si hubiera sido diferente, si hubiera sido bendecido con siquiera algunos de los dones que la familia de su madre ha poseído tan pródigamente…! Durante unos años, ambos albergamos la esperanza. Le pagamos clases de piano, seguimos su evolución estrechamente, nos aferramos a la esperanza. Nos afanamos tanto por captar algún destello que jamás captamos…, oh, le escuchamos con tanta atención, tantas veces… Anhelábamos, cada cual por sus propias razones, captar algo, pero jamás llegamos a oírle nada memorable…
– Disculpe, señor Hoffman. Usted dirá eso de Stephan, pero le aseguro que…
– ¡Me he engañado durante años! Me decía, bueno, quizá llegue a desarrollarse más tarde. Hay algo en él, una pequeña semilla. Oh, me engañaba a mí mismo, sí, y me atrevería a decir que lo mismo hacía mi esposa. Esperábamos y esperábamos…, pero en los últimos años ya de nada sirvió seguir fingiendo. Stephan tiene ya veintitrés años. No puedo seguir diciéndome que va a alcanzar la plenitud mañana, o al otro, o al día siguiente. Tengo que enfrentarme a la realidad. Ha salido a mí. Y ahora sé que su madre también lo sabe. Claro que, como madre, quiere mucho a su hijo. Pero Stephan, lejos de ser mi tabla de salvación, se ha convertido en lo contrario. Cada vez que ella le mira, ve el inmenso error que cometió al casarse conmigo…
– Señor Hoffman, créame, he tenido el placer de oírle tocar el piano y he de decirle que…
– ¡La encarnación misma, señor Ryder! Para ella, Stephan ha llegado a ser la encarnación del inmenso error de su vida. ¡Oh, si hubiera usted conocido a su familia! Cuando era adolescente, debió de darlo por descontado. Debió de suponer que tendría hijos bellos, con talento. Sensibles a la belleza, como ella. ¡Y entonces cometió el error de su vida! Como madre, por supuesto, quiere muchísimo a Stephan. Pero eso no quiere decir que, al mirarlo, no vea en él su inmenso error. Es tan parecido a mí, señor. Ya no puedo seguir negándolo. Ya no: ya es casi un hombre hecho y derecho…