Los inconsolables [The Unconsoled - es]
- Автор: Исигуро Кадзуо
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:
– En fin, a veces se ponía a pensar en el pasado -continuó Pedersen-. En ciertos momentos cruciales de su juventud, antes de asentarse definitivamente en sus modos de vida. Y recordaba, pongamos por caso, el momento en que una mujer había tratado de seducirle. Claro que él no consintió, era demasiado como Dios manda. O quizá fue cobardía. Quizá sólo era demasiado joven, quién sabe… Se pregunta qué habría pasado si entonces hubiera tomado otro camino, si hubiera tenido un poco más de confianza en… el amor y la pasión. Usted sabe cómo es eso, señor Ryder. Usted sabe cómo sueñan a veces los viejos, cómo se preguntan qué habría pasado si en algún momento crucial de sus vidas hubieran elegido otro camino. Bien, pues con las ciudades, con las comunidades, puede suceder algo semejante. De cuando en cuando miran hacia atrás, miran su historia y se preguntan: «¿Qué habría pasado si…? ¿Qué sería hoy de nosotros si hubiéramos…» Ah, ¿si hubiéramos qué, señor Ryder…? ¿Permitido a Max Sattler llevarnos a donde él quería? ¿Seríamos hoy completamente diferentes? ¿Seríamos hoy una ciudad como Amberes? ¿Como Stuttgart? Yo, sinceramente, no lo creo, señor Ryder. ¿Sabe?, hay ciertas cosas en esta ciudad, ciertas cosas que se hallan tan profundamente arraigadas… Cosas que no van a cambiar, que no cambiarán en cinco, seis, siete generaciones. Sattler, en términos prácticos, no fue sino algo fuera de contexto. Un hombre con locos sueños. No habría podido cambiar nada esencial. Y lo mismo sucede con ese amigo mío del que le hablo. Es como es. Ninguna experiencia, por crucial que hubiera sido, le habría hecho cambiar. Ya hemos llegado, señor Ryder. Baje esas escaleras y llegará a la carretera.
– Señor Pedersen, ha sido usted sumamente amable. Pero déjeme asegurarle una cosa: cuando veo la posibilidad de que haya podido cometer un error de juicio, no soy de los que se niegan a admitirlo y escurren el bulto. En cualquier caso, señor, es algo que una persona de mi posición ha de estar dispuesta a aceptar. Es decir: durante el curso de un día cualquiera me veo obligado a tomar importantes decisiones, y la verdad es que lo máximo que puedo hacer es sopesar los datos de que dispongo en ese momento y obrar en consecuencia. A veces, inevitablemente, cometo equivocaciones. Cómo no. Es algo que tengo asumido desde hace mucho tiempo. Y, como puede ver, cuando eso ocurre, mi sola preocupación estriba en cómo subsanar tal equivocación a la primera oportunidad que se me presente. Así que, por favor, hábleme con toda franqueza. Si opina que fue un error posar ante el monumento Sattler, dígamelo sin rodeos.
Pedersen parecía sentirse incómodo. Volvió la cabeza y miró hacia un mausoleo que se divisaba a lo lejos, y dijo:
– Bien, señor Ryder, será sólo mi opinión…
– Me gustaría mucho oírla, señor.
– Bien, ya que me lo pregunta… Sí, señor. Si he de ser franco, me sentí muy decepcionado cuando vi el periódico esta mañana. Opino, señor, como acabo de explicarle hace un momento, que no está dentro de la naturaleza de esta ciudad el abrazar los extremismos de Sattler. Sattler ejerce una atracción para cierta gente precisamente por su lejanía, por su calidad de mito local. Pero si lo tomáramos como una posibilidad seria y real…, entonces, señor, francamente, la gente de esta ciudad sentiría pánico. Se echaría atrás. Se vería de pronto aferrándose a lo que conoce, sean cuales fueren los sinsabores que ello haya podido hasta el momento causarles. Me pregunta mi opinión, señor. A mi juicio, al introducir a Max Sattler en esta discusiones no se ha hecho sino minar seriamente las posibilidades de progreso. Pero aún queda esta noche, por supuesto. Al final todo va a depender de lo que suceda esta noche. Y de lo que pueda hacer el señor Brodsky. Y, como acaba usted de señalar, no hay nadie más partidario que usted de enmendar pasados errores… -Durante unos segundos pareció sopesar algo en silencio. Y al cabo sacudió la cabeza con expresión grave-. Señor Ryder, lo mejor que puede hacer es ir ahora mismo a la sala de conciertos. Esta noche todo debe salir conforme a lo previsto.
– Sí, sí, tiene usted razón -dije-. Estoy seguro de que el coche me estará esperando para llevarme allí. Señor Pedersen, le quedo muy agradecido por su franqueza.
26
La escalera descendía bruscamente entre altos setos y arbustos. Y al poco me vi junto a la carretera, contemplando la puesta de sol sobre el campo que se extendía al otro lado de la calzada. La escalera me había conducido a un punto donde la carretera describía una cerrada curva, pero después de caminar por ella un trecho vi que la vista se ensanchaba. Un poco más allá se divisaba la colina por cuya ladera había subido antes -la silueta de la pequeña cabana, cerca de la cima, se recortaba contra el cielo-, y vi el coche de Hoffman aparcado en el entrante del arcén donde me había dejado horas antes.
Caminé en dirección al coche pensando en la conversación que acababa de mantener con Pedersen. Recordé cómo lo había conocido en el cine, cuando la alta estima en que me tenía era patente tanto en su actitud como en sus palabras. Ahora, pese a sus buenos modos, también era patente que se sentía profundamente decepcionado en relación conmigo. El pensamiento me resultaba extrañamente turbador, y, mientras avanzaba por el arcén contemplando cómo se ponía el sol, iba sintiéndome más y más irritado por no haber procedido con mayor cautela en el asunto del monumento Sattler. Cierto que, como le había señalado a Pedersen, fue la decisión que me pareció más acertada en aquel momento. Pero no podía hurtarme a la mortificante sensación de que, pese a las limitaciones de tiempo, pese a las enormes presiones que había tenido que soportar, para entonces debería haber estado mucho mejor informado. Incluso ahora, tan tardíamente ya, con la crucial velada prácticamente encima, seguían existiendo ciertos aspectos de la problemática local que distaban mucho de estar claros. Ahora veía lo erróneo de no haberme entrevistado horas antes con el Grupo Ciudadano de Ayuda Mutua…, y todo por un ensayo -según había comprobado- perfectamente prescindible.
Cuando llegué al coche de Hoffman, me sentía cansado y descorazonado. Hoffman se hallaba al volante, escribiendo afanosamente en un cuaderno, y no se percató de mi llegada hasta que abrí la portezuela para subir al coche.
– Ah, señor Ryder -exclamó, apartando rápidamente el cuaderno-. ¿Qué tal le ha ido el ensayo?
– Oh, muy bien.
– ¿Y el sitio? -Puso el motor en marcha-. ¿Qué le ha parecido?
– Excelente, señor Hoffman, muchas gracias. Pero ahora debo llegar a la sala de conciertos tan pronto como sea posible. Nunca se sabe los ajustes que pueden ser necesarios en el último momento.
– Por supuesto. De hecho, también yo tengo que ir inmediatamente a la sala de conciertos. -Miró el reloj-. Debo supervisar el servicio de cocina. Cuando he estado allí hace una hora, me ha complacido comprobar que todo iba muy bien. Pero, claro, el desastre puede surgir en cualquier momento.
Hoffman dejó el arcén y salió a la calzada, y durante un rato condujo en silencio. La carretera, aunque con algo más de tráfico que en el viaje de ida, seguía bastante despejada, y Hoffman alcanzó enseguida una velocidad razonablemente alta. Me puse a contemplar los campos y traté de relajarme, pero mi mente volvía a la velada que tenía por delante. Al rato oí que Hoffman me decía:
– Señor Ryder, espero que no le importe que vuelva a mencionar el asunto. Un pequeño asunto. Seguro que lo ha olvidado…
Soltó una risita y sacudió la cabeza.
– ¿A qué se refiere, señor Hoffman?
– Me refiero a los álbumes de mi esposa. Quizá recuerde usted que le hablé de ellos cuando nos conocimos. Mi esposa lleva tantos años siendo admiradora suya…
– Sí, claro que me acuerdo. Tiene varios álbumes con recortes de mi carrera. Sí, sí, no lo había olvidado. De hecho, por muy atareado que haya estado, siempre he tenido muchas ganas de verlos…