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Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:

Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en algún lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la música y creen haber descubierto que quienes antes satisfacían esta pasión eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apoteósico, para el que todos se están preparando, deberá reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrirá muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás cerradas, y también demandas insaciables. Los inconsolables es una obra inclasificable, enigmática, de un discurrir fascinante, colmada de pequeñas narraciones que se adentran en el laberinto de la narración principal, en una escritura onírica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar El hombre sin atributos de Musil.
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– Señor Hoffman, Stephan es un joven con mucho talento…

– ¡No tiene por qué decirme esas cosas, señor! ¡Por favor, no insulte la franca intimidad que le he forzado a compartir con tan banales expresiones de cortesía! No soy un necio, puedo ver lo que Stephan es. Durante un tiempo fue mi única esperanza, sí, pero desde el momento en que vi que de nada servía…, y si he de ser sincero creo que lo vi hace unos seis o siete años…, he tratado, ¿quién puede reprochármelo?, he tratado de aferrarme a ella prácticamente día tras día. Le decía a mi mujer: por favor, espera al menos hasta este último acto que estoy organizando… Espera al menos hasta que termine, puede que entonces me veas de forma diferente. Y en cuanto este evento pase, le diré: no, espera, hay algo más, otro acto maravilloso en el que ya estoy trabajando. Por favor, espera a que termine. Así es como lo he ido posponiendo, señor. Llevo así los últimos seis o siete años. Esta noche, lo sé, es mi última oportunidad. Lo he puesto todo en este acontecimiento. Cuando le hablé de él a mi mujer el año pasado, cuando por primera vez le conté los planes que tenía al respecto, cuando le fui describiendo los detalles, cómo se dispondrían las mesas, cuál era el programa de la velada, incluso…, perdóneme…, había previsto que usted, o cualquier otra figura de talla equiparable, aceptaría la invitación y se convertiría en el plato fuerte de la velada…, cuando le expliqué por primera vez que gracias a mí, a esa mediocridad a la que se había visto encadenada durante tantos años, el señor Brodsky volvería a ganar el corazón y la confianza de los vecinos de esta ciudad, y que alcanzada la cima de esa gran noche cambiaría el rumbo de esta ciudad…, bueno, ¡ja!, se lo aseguro, señor, me miró como diciendo: «Otra vez tus cosas.» Pero en sus ojos pude ver un centelleo, algo que decía: «Quizá consigas que sea un éxito. Sería toda una hazaña.» Sí, no mucho más que un centelleo, pero son esos centelleos los que me han ido sosteniendo a lo largo de los años. Oh, ya hemos llegado, señor Ryder.

Nos habíamos detenido en un apartadero de la carretera, junto a un campo de hierba alta.

– Señor Ryder -dijo Hoffman-. Tengo un poco de prisa. Me pregunto si me juzgará usted descortés si le pido que suba usted solo hasta el anexo.

Siguiendo su mirada, vi que el campo ascendía bruscamente por una ladera y que, encaramada en la cima de la colina, había una pequeña cabana de madera. Hoffman hurgó en la guantera y sacó una llave.

– Verá un candado en la puerta. La cabana no es lujosa, pero le brindará el aislamiento y la intimidad que usted precisa. Y el piano es un excelente ejemplo de los verticales que fabricó Bechstein en los años veinte.

Volví a mirar hacia la cima de la colina, y dije:

– ¿Es aquella cabana de allá arriba?

– Volveré a recogerle, señor Ryder, dentro de dos horas. A menos que necesite antes un coche.

– Dos horas me parece bien.

– Bien, señor. Espero que lo encuentre todo de su agrado.

Hoffman hizo un movimiento con la mano hacia la cabana, como invitándome cortésmente a subir hacia ella, pero en su gesto había un atisbo de impaciencia. Le di las gracias y me apeé del coche.

25

Abrí una verja de barrotes y seguí una senda que ascendía hasta la cabana de madera. Al principio me sorprendió lo enfangado del terreno, pero a medida que el campo ascendía el suelo se iba haciendo más firme. A medio camino, miré hacia atrás por encima del hombro y vi que la carretera serpeaba a través de las tierras de labrantío, y divisé la parte superior de lo que supuse era el coche de Hoffman perdiéndose en la lejanía.

Cuando llegué a la cabana y abrí el herrumbroso candado de la puerta, estaba casi sin aliento. Desde el exterior, el aspecto de la cabana no difería mucho del de cualquier cobertizo de jardín, pero me quedé perplejo al ver que el interior carecía por completo de decoración. Las paredes y el suelo eran de tabla desnuda (algunas de las tablas estaban alabeadas). Vi insectos moviéndose junto a las grietas que había entre las tablas, y, colgando de las vigas del techo, viejas telarañas. La mayor parte del espacio lo ocupaba un piano vertical de aspecto un tanto astroso, y cuando saqué la banqueta y me senté en ella, vi que mi espalda casi tocaba la pared.

En esa pared a mi espalda se abría la única ventana de la cabana. Al girar sobre la banqueta y estirar el cuello podía ver cómo el campo descendía bruscamente hacia la carretera. El piso de la cabana no parecía enteramente nivelado, y al girar y volver a encarar el piano tuve la incómoda sensación de que en cualquier momento iba a resbalar de espaldas por la ladera de la colina. Sin embargo, cuando levanté la tapa del piano y toqué unos cuantas frases, vi que su tonalidad era perfecta, y que las notas bajas poseían una riqueza especial. Era un piano de mecanismo no liviano en exceso, y había sido adecuadamente afinado. Se me ocurrió que la madera sin desbastar quizá había sido pensada ex profeso para proporcionar un nivel óptimo de absorción y reflexión. Aparte de un ligero crujido que emitía el pedal sostenuto, el conjunto no me displacía demasiado.

Tardé unos breves instantes en poner en orden mis pensamientos, y al cabo acometí el vertiginoso inicio de Asbestos and Fibre. Luego, cuando el primer movimiento entró en una fase más reflexiva, sentí que mi relajación aumentaba por momentos, hasta el punto de que pronto me vi tocando con los ojos cerrados la mayor parte de dicho movimiento.

Al comenzar el segundo movimiento, abrí los ojos y vi que el sol de la tarde entraba a raudales por la ventana que había a mi espalda, y hacía que mi sombra se proyectara bruscamente sobre el teclado. Ni las exigencias del segundo movimiento, sin embargo, fueron capaces de alterar mi calma. Era consciente de hallarme en pleno dominio de cada dimensión de la pieza. Recordé cuán preocupado había estado en el curso de aquel día, y me sentí un completo necio por haberme permitido llegar a tal estado. Además, una vez en la mitad de la pieza, me resultaba inconcebible que a mi madre pudiera no conmoverle aquella música. Así pues, no había razón alguna para no sentir sino una total seguridad en relación con mi interpretación de aquella noche.

Estaba entrando en la sublime melancolía del tercer movimiento cuando percibí un ruido en el fondo sonoro. Al principio pensé que tenía algo que ver con el pedal suave, y luego que se trataba del piso. Era un débil, rítmico ruido que aparecía y desaparecía a intervalos, y durante cierto tiempo traté de no prestarle atención. Pero volvía y volvía, y al final, durante los pianissimos de la mitad del tercer movimiento, caí en la cuenta de que alguien, no lejos, estaba cavando.

El descubrimiento de que tal ruido no tenía nada que ver conmigo me permitió desentenderme de él y seguir con la ejecución del tercer movimiento, disfrutando de la facilidad con que los enmarañados nudos de emoción afloraban a la superficie y se deshacían. Volví a cerrar los ojos, y al poco empecé a visualizar la imagen de mis padres, sentados uno al lado del otro, escuchándome con expresión de concentración solemne. Extrañamente, no los imaginaba en una sala de conciertos -como sabía que los vería aquella noche- sino en Worcestershire, en la sala de una vecina, la señora Clarkson, una viuda de la que mi madre había sido amiga en un tiempo. Tal vez fuera la alta hierba del exterior de la cabana lo que me había recordado a la señora Clarkson. Su casita, similar a la nuestra, estaba situada en la mitad de un pequeño campo, y, como era lógico, siendo como era una mujer sola, no podía evitar que la hierba creciera sin control. El interior de la casita, sin embargo, siempre estaba impecablemente limpio y ordenado. En un rincón de la sala había un piano, que yo no recordaba haber visto jamás con la tapa levantada. Tal vez estaba desafinado o roto. Pero me vino a la mente un recuerdo de mí mismo, tranquilamente sentado en aquella sala, con la taza de té sobre las rodillas, escuchando cómo mis padres charlaban de música con la señora Clarkson. Quizá mi padre le acababa de preguntar si alguna vez había tocado el piano, porque la música, ciertamente, no había sido un tema habitual de conversación en aquella casa. En cualquier caso, y por razones en absoluto lógicas, mientras seguía tocando el tercer movimiento de Asbestos and Fibre en aquella cabana de madera, me permití el placer de simular que estaba tocando en la sala de la casita de la señora Clarkson, y que mi padre, mi madre y la señora Clarkson me escuchaban con expresiones serias, y que la cortina de encaje amenazaba con golpearme la cara al alzarse al aire con la brisa estival.

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