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Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:

Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en algún lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la música y creen haber descubierto que quienes antes satisfacían esta pasión eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apoteósico, para el que todos se están preparando, deberá reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrirá muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás cerradas, y también demandas insaciables. Los inconsolables es una obra inclasificable, enigmática, de un discurrir fascinante, colmada de pequeñas narraciones que se adentran en el laberinto de la narración principal, en una escritura onírica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar El hombre sin atributos de Musil.
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Al aproximarme a los últimos estadios del tercer movimiento volví a ser consciente del ruido de fuera. No estaba seguro de si había cesado durante un rato y recomenzado luego o si había continuado todo el tiempo, pero en cualquier caso ahora parecía más fuerte. Me asaltó de pronto el pensamiento de que quien estaba haciendo aquel ruido no era otro que el señor Brodsky, que estaba cavando en la tierra para enterrar a su perro. Recordé, en efecto, que en más de una ocasión aquella mañana le había oído expresar su intención de enterrar al perro más tarde, e incluso recordé vagamente haber accedido a tocar el piano mientras él llevaba a cabo la ceremonia del enterramiento.

Me puse a visualizar lo que seguramente había tenido lugar antes de mi llegada. Brodsky habría llegado un rato antes y se habría puesto a esperar en determinado punto de la cima de la colina, a un tiro de piedra de la cabana, donde había un grupo de árboles y un ligero declive en el terreno. Estaría allí de pie, en silencio, y habría dejado la pala apoyada contra el tronco de un árbol, y el cuerpo del perro yacería medio oculto entre la hierba circundante, envuelto en una sábana. Como me había anunciado aquella mañana, Brodsky tenía planeada una ceremonia sencilla, en la que mi acompañamiento al piano constituiría el solo ornamento, y, como era lógico, no habría querido empezar sin que yo hubiera llegado. Así pues, me habría esperado allí, quizá durante una hora, contemplando el cielo y el paisaje desde la colina.

Al principio, como es natural, Brodsky habría rememorado cosas de su fallecido compañero. Pero al ver que pasaba el tiempo y que yo no llegaba se habría puesto a pensar en la señorita Collins y en la inminente cita en el cementerio. Y al poco Brodsky se vería recordando una mañana de primavera de hacía muchos años, en la que había sacado dos sillas de mimbre al campo de la parte de atrás de la casita donde vivían. Apenas habían transcurrido quince días desde su llegada a la ciudad, y a pesar de su exhausta economía la señorita Collins había desplegado una considerable energía en la decoración de la casita. Aquella mañana de primavera había bajado para desayunar y había expresado su deseo de sentarse un rato al sol y al aire fresco.

Al volver mentalmente a aquella mañana, Brodsky veía que podía recordar de manera vivida la hierba amarilla y húmeda y el sol de la mañana sobre su cabeza mientras colocaba las sillas una junto a otra. Ella salía un poco después, y ambos se sentaban juntos un rato e intercambiaban relajadamente algún que otro comentario. Aquella mañana, por primera vez en varios meses, habían experimentado por espacio de un breve lapso el sentimiento de que, después de todo, el futuro aún podía depararles algo bueno. Brodsky había estado a punto de mencionar tal sentimiento, pero al advertir que por fuerza rozaría el delicado asunto de sus recientes fracasos, había preferido callarse.

Luego, ella había expuesto la situación de la cocina. Como él no había quitado las tablas de aglomerado pese a llevar varios días prometiéndolo, ella no podía progresar en su acondicionamiento. Él se había quedado callado unos instantes, y al cabo había respondido diciendo, con absoluta calma, que tenía mucho trabajo pendiente en el taller del cobertizo. Dado que no eran capaces de estar sentados unos minutos sin meterse el uno con el otro, Brodsky había decidido que era mejor ponerse a hacer algo. Se levantó y atravesó la casita y fue hacia el cobertizo del jardín delantero. Ninguno de los dos había alzado la voz en ningún momento de la discusión, que había durado apenas unos segundos. En aquel momento no había prestado mucha atención a la disputa, y enseguida se había ensimismado en sus proyectos de carpintería. Luego, en el curso de la mañana, había mirado de cuando en cuando a través de la polvorienta ventana del cobertizo y la había visto vagando sin objeto por el jardín. Y había seguido trabajando, con la vaga esperanza de que en cualquier momento apareciera en la puerta del cobertizo, pero ella siempre había vuelto a entrar en casa. Él había entrado para el almuerzo -bastante tarde, por cierto- y había visto que ella había terminado de comer y había subido al cuarto. Después de esperar un rato, había vuelto al cobertizo, donde había seguido trabajando toda la tarde. Más tarde se había visto contemplando la llegada de la oscuridad y las luces recién encendidas de la casita. Y hacia la medianoche había entrado en casa.

La planta baja estaba a oscuras. Se había sentado en una silla de madera de la sala y, mientras miraba cómo la luz de la luna bañaba su desvencijado mobiliario, había reflexionado sobre el extraño modo en que había transcurrido el día. No recordaba que hubieran pasado nunca un día entero de aquel modo, y decidido a concluirlo mejorando un poco su relación con ella, se había levantado y había subido la escalera.

Al llegar al rellano había visto que aún había luz en el dormitorio. Se había dirigido hacia él y las tablas del piso habían crujido ruidosamente bajo sus pies, anunciando su llegada de modo más claro que si se le hubiera ocurrido decirle algo en voz alta. Al llegar ante la puerta se había parado y había mirado hacia la rendija de luz de la parte baja, y había tratado de recuperar un poco el ánimo. Luego, en el momento en que iba a asir el tirador para abrirla, había oído la tos. Apenas una pequeña tos, casi con seguridad involuntaria, y sin embargo había habido algo en ella que le había hecho apartar la mano de la puerta. En algún registro de aquella tos había percibido el recordatorio de una dimensión de la personalidad de ella que últimamente él había logrado mantener apartada de su mente, un rasgo que, en épocas más felices, él había admirado mucho, pero que -caía en ello de pronto- ahora trataba de olvidar con creciente obstinación desde la debacle de la que habían huido recientemente. De algún modo, aquella tos había abarcado todo su perfeccionismo, la nobleza de sus sentimientos, aquella parte de sí misma que le hacía siempre preguntarse si estaba empleando sus energías del modo más útil posible. Y de súbito él había sentido una enorme irritación contra ella, por la tos, por el modo en que el día había transcurrido, y se había dado la vuelta y se había ido, sin importarle el ruido que pudieran hacer las tablas bajo sus pies. De nuevo en la oscuridad veteada de la sala, se había echado en el viejo sofá y se había tapado con un abrigo y se había dormido.

A la mañana siguiente se había despertado temprano y había preparado el desayuno para los dos. Ella había bajado a la hora de costumbre, y ambos se habían saludado amablemente. Él había empezado a decir que sentía lo del día anterior, pero ella le había dicho que lo dejara, que los dos habían sido increíblemente pueriles. Habían seguido desayunando, enormemente aliviados por haber dejado la disputa atrás. Pero durante el resto del día, durante los días siguientes, había quedado algo frío en sus vidas. Y en los meses que siguieron, después de que los períodos de silencio hubieran aumentado en duración y frecuencia, él se había devanado los sesos para averiguar la causa, y al cabo siempre se veía volviendo a aquella mañana de primavera, a aquella mañana que había empezado de forma tan prometedora para ellos, sentados en sendas sillas de mimbre sobre la hierba húmeda.

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