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Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:

Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en algún lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la música y creen haber descubierto que quienes antes satisfacían esta pasión eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apoteósico, para el que todos se están preparando, deberá reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrirá muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás cerradas, y también demandas insaciables. Los inconsolables es una obra inclasificable, enigmática, de un discurrir fascinante, colmada de pequeñas narraciones que se adentran en el laberinto de la narración principal, en una escritura onírica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar El hombre sin atributos de Musil.
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– ¿Eso es todo lo que tenéis? -gritó el hombre achaparrado-. ¿Qué diablos es eso?

Empezaba a alzarse un gran revuelo entre los presentes. Una voz que destacaba sobre las otras preguntaba airadamente:

– Otto, ¿dónde está el queso?

Al cabo le tendieron al hombre achaparrado un paquete de pastillas de menta. El hombre achaparrado miró con aire iracundo hacia las últimas filas, y se volvió para entregarle a su hermana el pastel y las pastillas de menta.

– Son ustedes muy amables -dije-, pero sólo he venido a…

– Señor Ryder -dijo la viuda, ahora en tono tenso y emocionado-. Al parecer es todo lo que podemos ofrecerle. No sé lo que habría dicho Hermann…, ser deshonrado así precisamente en este día… Pero qué le vamos a hacer, sólo puedo disculparme. Mire, esto es todo, esto es lo que podemos ofrecerle, ésta es toda la hospitalidad que podemos ofrecerle…

Las voces a mi espalda, que se habían aquietado cuando empezó a hablar la viuda, estallaron de nuevo en discusiones varias. Oí que alguien gritaba:

– ¡No, señor! ¡Yo no he dicho nada de eso!

Entonces, el hombre del pelo blanco que antes había asistido a la viuda al pie de la fosa, dio un paso hacia mí e inclinó la cabeza.

– Señor Ryder -dijo-. Perdónenos por la mezquindad con que correspondemos a este gran detalle suyo. Nos coge usted, como puede ver, deplorablemente desprevenidos. Le aseguro, sin embargo, que todos y cada uno de nosotros le quedaremos profundamente agradecidos. Por favor, acepte este refrigerio, por inadecuado que sea…

– Señor Ryder, siéntese aquí, por favor -dijo la viuda, mientras limpiaba con un pañuelo una lápida de mármol contigua a la fosa de su marido-. Por favor.

Era obvio que ya no podía retirarme. Mascullando una disculpa, me acerqué hacia la lápida que la viuda acababa de limpiar, y dije:

– Son ustedes muy amables…

En cuanto me senté sobre el mármol claro de la tumba, los deudos se agruparon a mi alrededor.

– Por favor -dijo de nuevo la viuda.

Estaba de pie ante mí, rasgando el papel de celofán que contenía el pastel. Cuando consiguió abrirlo, me tendió pastel y envoltura. Le di las gracias de nuevo y me puse a comer. Era un pastel de fruta, y tuve que hacer un gran esfuerzo para que no se me desmenuzara entre los dedos. Se trataba, además, de una generosa rebanada, y no de un pequeño trozo fácil de engullir en unos cuantos bocados. Seguí comiendo, y tuve la sensación de que los deudos se me acercaban más y más por momentos, aunque al mirarlos me parecieron inmóviles, con la mirada baja y la expresión respetuosa. Hubo un breve silencio, y al cabo el hombre achaparrado tosió y dijo:

– Ha hecho un día muy bueno.

– Sí, muy bueno -dije yo, con la boca llena-. Muy, muy bueno.

El caballero del pelo blanco avanzó un paso y dijo:

– En nuestra ciudad hay unos paseos maravillosos, señor Ryder. Si nos alejamos un poco del centro, encontramos unos maravillosos parajes campestres por donde pasear. Si tiene usted algún momento libre, me encantaría mostrarle algunos.

– Señor Ryder, ¿no le apetece una pastilla de menta?

La viuda me tendía el paquete abierto y lo sostenía muy cerca de mi cara. Le di las gracias y me metí una pastilla en la boca, aunque sabía que el gusto de la pastilla no casaría en absoluto con el sabor del pastel.

– Y en cuanto a la ciudad misma -decía el caballero del pelo blanco-, si le interesa la arquitectura medieval, hay unas cuantas casas que le fascinarían. Sobre todo en la ciudad antigua. Me encantaría servirle de guía.

– Es usted muy amable -dije.

Seguí comiendo, deseoso de terminar el pastel cuanto antes. Hubo un momento de silencio, y luego la viuda suspiró y dijo:

– Ha sido un día precioso.

– Sí -dije-. Desde que llegué a la ciudad ha hecho un tiempo espléndido.

Mi comentario levantó un general murmullo de aprobación, y algunos de los presentes hasta rieron cortésmente como si hubiera dicho una agudeza. Me metí en la boca con esfuerzo lo que me quedaba del pastel y me sacudí las migas de las manos.

– Mire -dije-. Han sido ustedes muy amables. Pero ahora, por favor, sigan con la ceremonia.

– Otra pastilla de menta, señor Ryder… Es todo lo que puedo ofrecerle.

La viuda volvía a pegarme a la cara el paquete de pastillas de menta.

Fue entonces cuando de súbito caí en la cuenta de que en aquel preciso instante la viuda estaba sintiendo un profundo odio hacia mí. Y me vino a la cabeza el pensamiento de que, por corteses que fueran, los presentes -prácticamente todos ellos, el hombre achaparrado incluido- sentían un hondo resentimiento ante mi presencia. Curiosamente, al tiempo que me asaltaba tal pensamiento, una voz al fondo, en tono no muy alto pero con nitidez suficiente, dijo:

– ¿Por qué es él tan importante? Estamos aquí por Hermann.

Se alzó un revuelo de voces molestas, y como mínimo dos escandalizados susurros: «¿Quién ha dicho eso?»… El caballero del pelo blanco tosió, y luego dijo:

– También es muy agradable pasear por la orilla de los canales.

– ¿Qué tiene él de especial? No ha hecho más que interrumpirnos…

– ¡Cállate, estúpido! -gritó alguien-. Bonito momento para deshonrarnos a todos…

Se alzaron voces en apoyo de este grito, pero se oyó una segunda voz que secundaba agresivamente la anterior protesta.

– Señor Ryder, por favor. -La viuda volvía a ofrecerme las pastillas de menta.

– No, de verdad…

– Por favor, coja otra.

De las últimas filas llegó una furiosa disputa entre cuatro o cinco personas. Una voz gritaba:

– Nos va a llevar demasiado lejos. El monumento Sattler…, eso es ir demasiado lejos.

Más y más presentes empezaban a gritarse unos a otros, y vi que estaba a punto de estallar una reyerta en toda regla.

– Señor Ryder -dijo el hombre achaparrado inclinándose hacia mí-, por favor, no les haga caso. Siempre han sido una deshonra para la familia. Siempre. Nos avergonzamos de ellos. Oh, sí, sentimos vergüenza. Por favor, no les escuche: no haga que nos avergoncemos por partida doble.

– Pero seguramente… -Empecé a levantarme de la lápida, pero algo me empujó hacia abajo y me retuvo, y me di cuenta de que la viuda me había puesto una mano en el hombro y me obligaba a seguir sobre la lápida.

– No se inquiete, por favor, señor Ryder -me dijo en tono cortante-. Haga el favor de terminar su refrigerio.

Ahora la airada disputa era casi general entre los deudos, y en las últimas filas parecía que se estaban empujando unos a otros. La viuda seguía sujetándome por el hombro, y miraba a los presentes con una expresión de orgulloso desafío.

– Me tiene sin cuidado, me tiene sin cuidado -gritaba una voz-. ¡Estamos mucho mejor como estamos!

Los empujones arreciaban, y un joven gordo se abría paso entre los presentes en dirección a nosotros. Tenía la cara muy redonda, y era evidente que se encontraba muy alterado.

– Muy bien, perfecto…, venir aquí en ese plan. ¡Posar así ante el monumento Sattler! ¡Sonriendo de ese modo! Luego se irá sin más. Pero para los que tenemos que vivir aquí no es tan fácil. ¡El monumento Sattler!

El joven de la cara redonda no parecía alguien proclive a hacer ese tipo de manifestaciones atrevidas, y sin duda sus emociones eran sinceras. Me sentí un tanto perplejo, y durante unos segundos fui incapaz de reaccionar. Luego, cuando vi que el joven de la cara redonda iniciaba otra andanada de acusaciones, sentí que algo en mi interior se venía abajo. Me vino a la mente la idea de que de algún modo, inexplicablemente, había cometido un error el día anterior al acceder a que me fotografiaran ante el monumento Sattler. En aquel momento, ciertamente, me había parecido el modo más eficaz de enviar un mensaje apropiado a los vecinos de la ciudad. Había sido perfectamente consciente, por supuesto, de los pros y los contras de tal sesión fotográfica -recordaba cómo aquella mañana, en el desayuno, había sopesado cuidadosamente la conveniencia de prestarme a ella-, pero ahora reparaba en la posibilidad de que en el asunto del monumento Sattler hubiera más implicaciones de las que suponía.

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