La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
—Es por aquí, señor Staley —dijo la pajeña de Whitbread—. Hay una carretera al otro lado.
—Atrás.
Horst alzó el lanzacohetes y disparó. A la segunda explosión la luz atraveso la pared. En la parte superior brillaron más luces. Algunas iluminaron los campos mostrando los cultivos que crecían al borde del muro.
—Vamos, deprisa —ordenó Staley.
Atravesaron el agujero y entraron en la carretera. Coches y vehículos mayores pasaban rápidamente, esquivándoles por centímetros; ellos permanecían pegados al muro. Luego los tres pajeños irrumpieron audazmente en la carretera.
Whitbread gritó e intentó coger a su Fyunch(click). Ésta se soltó impaciente y se puso a cruzar la calle. Los coches pasaban casi rozando, sin disminuir en absoluto la velocidad. Al otro lado los Marrones-y-blancos les hacían señas con los brazos izquierdos. Era una seña inconfundible: ¡Venid!
A través del agujero de la pared entró luz. Algo había allí fuera en los campos donde habían estado ellos. Staley indicó a los otros que cruzasen la calle y disparó a través del agujero. El cohete estalló a unos cien metros de distancia, y la luz se apagó.
Whitbread y Potter cruzaron la carretera. Staley cargó por última vez el lanzacohetes, pero decidió ahorrar el proyectil. Ya no pasaba ninguna luz a través del agujero. Entró en la carretera y empezó a caminar. El tráfico silbaba a su alrededor. Pese a que sentía un impulso irresistible de correr, logró avanzar lentamente, a una velocidad constante. Pasó a su lado un camión como un huracán instantáneo. Luego otro. Después de un período interminable llegó al otro lado, vivo.
No había aceras. Seguían acosados por el tráfico, apretados contra una pared grisácea construida con un material parecido al hormigón.
La pajeña de Whitbread dio unos pasos hacia el interior de la calle e hizo un extraño gesto con tres brazos. Un gran camión rectangular se detuvo con chirriar de frenos. La pajeña habló con los conductores y los Marrones se bajaron inmediatamente, fueron a la parte trasera del camión y empezaron a mover cajas del compartimiento de carga. El tráfico continuaba pasando sin disminuir en absoluto la velocidad.
—Esto nos permitirá llegar —dijo la pajeña de Whitbread—. Los Guerreros vendrán a investigar el agujero de la pared…
Los humanos entraron enseguida. El Marrón que les había seguido pacientemente desde el museo ocupó el asiento situado a la derecha del conductor. La pajeña de Whitbread ocupó el otro asiento del conductor, pero Charlie le dijo algo. Los dos Marrones-y-blancos silbaron y cuchichearon, y Charlie gesticuló con vehemencia. Por fin la pajeña de Whitbread pasó también al compartimiento de carga y cerró las puertas. Cuando lo hacía los humanos vieron a los conductores del camión que se alejaban caminando lentamente calle abajo.
—¿Adonde van? —preguntó Staley.
—Mejor aún, ¿por qué era la discusión? —preguntó Whitbread.
—Uno a uno, caballeros —dijo la pajeña de Whitbread.
El camión arrancó. Se oyó el ronroneo de los motores y el rumor de los neumáticos. Se filtraban también los ruidos de otros millares de vehículos.
Whitbread estaba metido entre duras cajas de plástico, con el mismo espacio que si estuviese en un ataúd. Le recordaba desagradablemente su situación. No era que los otros tuviesen más espacio, por lo que Jonathon se preguntaba si se les habría ocurrido también la analogía. Tenía la nariz a sólo unos centímetros del pecho.
—Los Marrones irán a una asociación de transportes e informarán que su vehículo fue solicitado por un Mediador —dijo la pajeña de Whitbread—. Y la discusión era sobre quién debía ir delante con el Marrón. Perdí yo.
—¿Y por qué se convirtió en una discusión? —preguntó Staley—. ¿No confían uno en otro?
—Yo confío en Charlie. Pero él no confía realmente en mí… quiero decir, no puede… He prescindido de mi propio Amo. Para Charlie soy un Eddie el Loco. Es preferible que vea las cosas por sí mismo.
—Pero ¿adonde vamos? —preguntó Staley.
—Al territorio del Rey Pedro. Es el mejor camino.
—No podemos seguir mucho tiempo en este vehículo —dijo Staley—. En cuanto estos Marrones informen, se pondrán a buscarlo… ha de haber policía, un medio de localizar un camión robado. También aquí se cometen delitos, ¿no?
—No como ustedes piensan. En realidad no hay leyes… pero hay miembros de la clase decisora que tienen jurisdicción sobre las propiedades y los objetos perdidos. Ellos pueden localizar el camión por un precio. Sin embargo, mi Amo tardará un tiempo en negociar con ellos. Primero tendrá que demostrar que me he vuelto loca.
—Supongo que no habrá un espaciopuerto aquí… —dijo Whitbread.
—De todos modos no podríamos utilizarlo —replicó Staley. Escucharon un rato el rumor del tráfico.
—Yo también pensaba en eso —dijo Potter—. Una nave espacial destaca demasiado. Si un mensaje desencadena un ataque contra la Lenin, es indudable que no nos dejarían regresar.
—¿Y cómo vamos a volver a casa? —preguntó Whitbread; no pretendía decirlo en voz alta.
—Es cuento ya sabido —dijo Potter con tristeza—. Sabemos ya más de lo que pueden permitirnos. Y lo que sabemos es más importante que nuestras vidas, ¿no es así, señor Staley?
—Desde luego.
—¿Nunca saben ustedes cuándo tienen que ceder? —preguntó desde la oscuridad la voz de Whitbread; al principio no se dieron cuenta de que era la pajeña quien hablaba—. El Rey Pedro puede dejarles vivir. Puede permitirles volver a la Lenin. Si se convence de que eso es lo mejor, puede arreglarlo. Pero no tienen ustedes medios de enviar un mensaje a esa nave sin su ayuda.
—¡Cómo que no! —exclamó Staley, elevando la voz—. Métase esto en la mollera. Ha sido usted sincera con nosotros… al menos eso creo. Seré sincero también. Si hay un medio de enviar un mensaje, lo enviaré.
—Y después de eso, que sea lo que Dios quiera —añadió Potter. Escucharon unos minutos el rumor del tráfico.
—No tendrá usted esa posibilidad, Horst —dijo la voz de Whitbread—. No hay amenaza que pueda obligarnos a Charlie o a mí a ordenar a un Marrón que construya el equipo que necesitan. No pueden utilizar nuestros transmisores aunque los localicen… ni siquiera yo podría hacerlo sin ayuda de un Marrón. Quizás no haya, además, los medios de comunicación adecuados en este planeta.
—Basta ya —dijo Staley—. Dominan ustedes perfectamente la técnica de las comunicaciones espaciales, y sólo hay unas bandas determinadas en el espectro electromagnético.
—Sin duda. Pero nada permanece invariable aquí. Si necesitamos algo, los Marrones lo construyen. Cuando ya no es necesario, hacen otra cosa con las piezas. Y ustedes quieren algo que comunique con la Lenin sin que nadie sepa del asunto.
—Correré el riesgo. Si podemos enviar un aviso al almirante, él conseguirá conducir la nave de vuelta a casa.
Horst hablaba con completa seguridad. Aunque la Lenin fuese sólo una nave, naves como aquéllas habían derrotado a flotas enteras. Frente a los pajeños, que no disponían del Campo, sería invencible. Horst se preguntaba por qué había llegado a dudar de eso. En el museo había piezas electrónicas, y con ellas podrían haber construido un transmisor de un tipo u otro. Era ya demasiado tarde; ¿por qué habrían hecho caso a la pajeña?
Continuaron durante casi una hora. Los guardiamarinas iban encogidos y amontonados entre las cajas, en la oscuridad. Staley sentía una opresión en la garganta y tenía miedo a seguir hablando. Podría haber un temblor en su voz, algo que comunicase sus temores a los demás, y no podía permitir que supiesen que tenía tanto miedo como ellos. Deseaba que pasase algo, que tuviesen que luchar, cualquier cosa…