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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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El camión hacía de vez en cuando paradas. De pronto se balanceó y giró y luego se detuvo. Esperaron. La puerta corredera se abrió y apareció Charlie encuadrado en la luz.

—No se muevan —dijo. Detrás había Guerreros, con las armas dispuestas. Por lo menos cuatro.

Horst Staley lanzó un gruñido furioso. ¡Traicionados! Buscó la pistola, pero la posición en que estaba le impidió sacarla.

—¡No, Horst! —gritó la pajeña de Whitbread; cuchicheó, dirigiéndose a Charlie, que cuchicheó a su vez en respuesta—. No hagan nada —dijo la pajeña de Whitbread—. Charlie ha pedido un vehículo aéreo. Los Guerreros pertenecen al propietario del vehículo. No harán nada siempre que vayamos directamente de aquí al aparato.

—Pero, ¿quiénes son? —exigió Staley, sin soltar la culata de su pistola. En realidad no tenían ninguna posibilidad de lucha… los Guerreros habían tomado posiciones y estaban preparados; parecían además mortíferos y eficientes.

—Se lo aseguro —dijo la pajeña de Whitbread—. Son guardaespaldas. Todos los Amos tienen. Bueno, casi todos. Ahora salgan, despacio, y aparten las manos de sus armas. No les hagan pensar que se proponen atacar a su Amo. Si creen eso, nos matarán a todos.

Staley calculó sus posibilidades. Eran pocas. Si estuviesen con él Kelley y su infante de marina en lugar de Whitbread y Potter…

—De acuerdo —admitió—. Hagan lo que dice. —Lentamente, bajó del camión.

Estaban en una zona de almacenamientos de equipajes. Los Guerreros mantenían sus posiciones, inclinándose levemente hacia adelante sobre sus anchos y córneos pies. A Staley le recordaron luchadores de kárate. Percibió un leve movimiento junto a la pared. Había por lo menos dos Guerreros más, ocultos. Menos mal que no habían intentado luchar.

Los Guerreros les observaban atentamente; se situaron al final de la extraña procesión formada por un Mediador, tres humanos, otro Mediador y un Marrón. Tenían las armas dispuestas, aunque sin apuntar a nadie concretamente, y avanzaban en abanico.

—¿No llamará su decisor a su Amo cuando nos vayamos? —preguntó Potter.

Los pajeños cuchichearon entre sí. Los Guerreros no parecían prestarles ninguna atención.

—Charlie dice que sí. Que notificará la situación a mi Amo y al Rey Pedro. Pero nos proporciona un avión, ¿no?

El avión era una especie de cuña aerodinámica de cuyo cuidado se encargaban varios Marrones. Charlie habló con ellos y comenzaron a retirar asientos, doblar metal y modificar piezas a velocidad vertiginosa. Había varias miniaturas en el aparato. Staley las vio y maldijo, aunque en voz baja, esperando que los pajeños no supiesen por qué. Permanecían esperando junto al aparato, bajo la mirada vigilante de los Guerreros.

—Esto resulta casi increíble —dijo Whitbread—. ¿No sabe el propietario que somos fugitivos?

—Pero no sus fugitivos —dijo la pajeña de Whitbread—. El sólo se encarga de la sección de equipajes del aeropuerto (silbido de pájaro). Nunca se atrevería a asumir las prerrogativas de mi Amo. Habló además con el jefe del aeropuerto y ambos están de acuerdo en procurar que mi Amo y el Rey Pedro no luchen aquí. Prefieren que nos vayamos lo más deprisa posible.

—Son ustedes las criaturas más extrañas que pueda imaginarse —dijo Potter—. No entiendo cómo esta anarquía no termina en… —se detuvo, embarazado.

—Sí termina —dijo la pajeña de Whitbread—. Dadas nuestras características especiales, tiene que ser así. De cualquier modo, el feudalismo industrial funciona mejor que todas las demás soluciones que hemos ensayado.

Los Marrones hicieron señas. Cuando entraron en el avión había una sola silla adaptada a la constitución pajeña en la parte posterior de estribor. El Marrón de Charlie la ocupó. Delante había un par de asientos humanos; luego un asiento humano junto a un asiento pajeño. Charlie y otro Marrón atravesaron el comportamiento de carga hasta la sección del piloto. Potter y Staley se sentaron juntos sin hablar, dejando a Whitbread y a su pajeña juntos. Aquello le recordaba al guardíamarina un viaje más agradable que había realizado no hacía mucho.

El aparato desplegó un área increíble de superficie alada. Despegó lentamente, en vertical. Bajo ellos se balancearon hectáreas de ciudad, y en el horizonte se alzaron más kilómetros cuadrados de luces urbanas. Volaron sobre las luces, mientras se extendía interminable la ciudad con la gran faja oscura de terreno agrícola cada vez más lejana. Staley atisbo por la escotilla y creyó ver, lejos a la izquierda, el borde de la ciudad: más allá no había nada, oscuridad, pero lisa. Más tierras agrícolas.

—Decía usted que cada amo tiene Guerreros —dijo Whitbread—. ¿Por qué no vimos ninguno antes?

—En Ciudad Castillo no hay Guerreros —contestó la pajeña con evidente orgullo.

—¿Ninguno?

—Ninguno. En los demás sitios, todo propietario de territorio o todo jefe importante tiene una guardia personal. Hasta los decisores que son aún niños están protegidos por los soldados de su madre. Pero los Guerreros son demasiado claramente lo que son. Mi Amo y los decisores, preocupados por ustedes y por esta idea Eddie el Loco, consiguieron que el resto de los de Ciudad Castillo lo aceptasen, para que no supieran ustedes lo belicosos que somos.

Whitbread se echó a reír.

—¿Qué diría el doctor Horvath?

Su pajeña se echó a reír también.

—Él tenía la misma idea, ¿verdad? Ocultar las guerras de los humanos a los pacíficos pajeños. Podrían impresionarse demasiado. ¿No le he contado que la sonda de Eddie el Loco desencadenó una guerra por sí sola?

—No. La verdad es que no nos ha hablado usted de ninguna de sus guerras…

—En realidad, fue aún peor que eso. Creo que entenderá el problema. ¿Quién se haría cargo de los lásers de lanzamiento? Cualquier Amo o coalición de ellos podría utilizar luego los lásers para proporcionar más territorio a su clan. Si fuesen los Mediadores los encargados de la instalación, siempre acabaría apoderándose de ella uno de los decisores.

—¿Ustedes tienen que obedecer sin más al primer Amo que les dé una orden? —preguntó incrédulo Whitbread.

—¡Jonathon, por amor de Dios! Por supuesto que no. En primer lugar, ese supuesto Amo tendría orden de no hacerlo. Pero los Mediadores no saben gran cosa de táctica. No sabemos manejar batallones de Guerreros.

—Sin embargo, son los Mediadores los que gobiernan el planeta…

—Para los Amos. Tenemos que hacerlo. Si los Amos se reúnen para negociar ellos solos, la negociación siempre acaba en lucha. En fin, lo que finalmente sucedió fue que una coalición de Blancos obtuvo el control de los lásers y sus hijos quedaron como rehenes en Paja Uno. Todos eran bastante mayores y tenían bastantes hijos. Los Mediadores les mintieron en cuanto al impulso que necesitaría la sonda de Eddie el Loco. Según los Amos, los Mediadores hicieron estallar los lásers con cinco años de antelación. Inteligente, ¿verdad? Aun así…

—¿Aun así qué?

—La coalición logró salvar un par de lásers. Tenían con ellos Marrones. Tenían que tenerlos. Potter, usted es del sistema hacia el que se dirigió la sonda, ¿no? Sus antepasados debieron de dejar testimonio de lo poderosos que eran aquellos lásers de lanzamiento.

—Lo bastante para eclipsar con su luz el Ojo de Murcheson. Llegó incluso a formarse una nueva religión como consecuencia. Entonces nosotros teníamos nuestras propias guerras…

—Fueron lo suficientemente poderosos también para dominar aquella civilización. Lo que importa es que el colapso se produjo antes aquella vez, y no retrocedimos hasta la barbarie total. Los Mediadores lo planearon sin duda desde el principio.

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