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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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Empezaremos pronto?

Ya hemos comenzado. Mira las estrellas.

Me volví —o sentí que lo hacía— para dejar la Tierra Blanca a mi espalda, y lo vi.

Por todo el cielo, las estrellas aparecían.

2. LA TIERRA RETROCEDE

Al viajar al pasado, las flotas de colonización de la Tierra volvían a su punto de origen, y se desmantelaban los cambios que el hombre había provocado en mundos y estrellas. Y a medida que la ola de civilización y cultura se retiraba, las Esferas que ocultaban las estrellas desaparecían una a una. Miré maravillado cómo las viejas constelaciones se reunían como candelabros. Sirio y Orión brillaban tan espléndidas como en cualquier noche de invierno; la Estrella Polar estaba sobre mi cabeza y podía distinguir el aspecto de sartén de la Osa Mayor. Muy por debajo de mí, más allá de la curvatura de la Tierra, había extrañas agrupaciones de estrellas que nunca había visto desde Inglaterra: no conocía las constelaciones de las antípodas tan bien como para reconocerlas todas, pero podía distinguir la brutal forma de cuchillo de la Cruz del Sur, las manchas brillantes que eran las Nubes de Magallanes y aquellos dos gemelos luminosos, Alfa y Beta Centauri.

Y ahora, al sumergirnos más en el pasado, las estrellas comenzaron a desplazarse por el cielo. En pocos momentos, me pareció, las constelaciones familiares desaparecieron, a medida que el movimiento propio de las estrellas —demasiado lento para distinguirlo en una vida humana— se hizo visible ante mi perspectiva cósmica.

Le comenté ese nuevo fenómeno a Nebogipfel.

Sí. Y mira la Tierra.

Miré. La máscara de glaciación que había desfigurado aquel globo querido y exhausto se retiraba. Vi cómo el blanco retrocedía hacia los polos, en grandes pulsos, exponiendo el marrón y azul de la tierra y el mar que estaban debajo.

De pronto, el hielo había desaparecido —desterrado a los polos— y el mundo giraba lentamente debajo de nosotros, con los conocidos continentes restaurados. Pero la Tierra estaba cubierta de

nubes; y las nubes estaban manchadas de colores imposibles, marrones, púrpuras, naranjas. Las costas estaban cercadas con luz y grandes ciudades brillaban en el corazón de cada continente: Vi que incluso había grandes ciudades flotantes en medio de los océanos. Pero el aire estaba tan enrarecido que en aquellas grandes ciudades —si alguien se atrevía a ir por la superficie— estaba claro que tenían que llevar máscaras y filtros para poder respirar.

Es evidente que presenciamos los últimos días de la modificación de la Tierra por los nuevos hombres, dije. Debemos estar recorriendo millones de años a cada minuto…

Sí.

Entonces, ¿por qué no vemos la Tierra girar como una peonza alrededor de su eje, o correr alrededor del Sol?

Todo lo que vemos es una reconstrucción, dijo Nebogipfel. Es algo similar a una proyección, basada en las observaciones que llegan al Mar de Información a medida que viajamos: esa parte del Mar que transportan las Naves. Fenómenos como la rotación de la Tierra son suprimidos.

Nebogipfel, ¿qué soy yo? ¿Sigo siendo un hombre?

Todavía eres tú mismo, dijo con firmeza. La única diferencia es que ahora la maquinaria que te mantiene no está hecha de carne y hueso, sino de constructor en el Mar de Información… Tienes miembros, no de nervios y sangre, sino de conocimientos.

Parecía que su voz flotaba en el espacio, alrededor mío; había perdido la sensación reconfortante de su mano en la mía, y ya no sabía si estaba cerca, aunque tenía la sensación de que la «cercanía» ya no era una idea relevante, porque tampoco tenía una idea clara de dónde estaba «yo». Sabía que aquello en que me hubiese convertido ya no era un punto de conciencia mirando desde una caverna de huesos.

El aire de la Tierra se aclaró. Por todo el planeta, con prontitud sorprendente, las luces de las ciudades se apagaron y murieron y pronto la mano del hombre no dejó marca sobre la Tierra.

Hubo ráfagas de vulcanismo, grandes chorros que arrojaban nubes de cenizas que cubrían el mundo —o, mejor, al retroceder en el tiempo las nubes penetraban en las perforaciones volcánicas— y me parecía que los continentes se desplazaban lejos de las posiciones que ocupaban en los mapas escolares. En las grandes praderas del hemisferio norte parecía haber una lucha —lenta, milenaria— entre dos tipos de vegetación: por un lado, el pasto verde marrón y los bosques de hoja caduca que bordeaban los continentes en el límite de la capa de hielo; y por el otro lado, el verde virulento de la jungla tropical. Durante un momento ganó la jungla y con un gesto barrió hacia el norte desde el ecuador, hasta que cubrió la tierra desde los trópicos, hasta Europa y Norteamérica. Incluso Groenlandia fue, durante un momento, verde. Entonces, con la misma rapidez con que había conquistado la Tierra, la gran jungla retrocedió de nuevo a su fortaleza ecuatorial, y tonos más pálidos de verde y marrón ocuparon los continentes del norte.

La deriva de los continentes se hizo más pronunciada. Y a medida que los continentes entraban en distintas regiones climáticas cambiaban también los colores de la vida, por lo que grandes bandas de verde y marrón cubrían las tierras desgraciadas. Erupciones volcánicas enormes y devastadoras moteaban aquel vals geológico.

Ahora los continentes se unieron —era como ver un rompecabezas que se reunía— para formar una sola masa inmensa que ocupaba medio globo. El interior de aquel gran campo pronto se convirtió en un desierto.

Ya hemos alcanzado trescientos millones de años en el pasado…, dijo Nebogipfel. No hay mamíferos, ni aves, e incluso los reptiles apenas han nacido.

No tenía ni idea de que fuese tan grácil, como un ballet rocoso, respondí. ¡Los geólogos de mi época tenían todavía tanto por entender! Es como si todo el planeta estuviese vivo y en evolución.

Ahora el gran continente se dividió en tres grandes masas. Ya no podía distinguir las formas familiares de las tierras de mi época, porque los continentes giraban como platos en una mesa pulida. Cuando se rompió el inmenso desierto central el clima se hizo más variado, y pude ver una serie de mares poco profundos que franjeaban las tierras:

Nebogipfel habló:

Ahora los anfibios vuelven a los mares y sus miembros primarios se desvanecen. Pero en la Tierra todavía hay insectos y otros invertebrados: milpiés, ácaros, arañas y escorpiones…

No es un lugar muy agradable, señalé.

También hay libélulas gigantes y otras maravillas. El mundo no carece de belleza.

Ahora la Tierra empezaba a perder la capa verde, y un marrón óseo quedó al descubierto al retirase la marea de vida, y supuse que pasábamos más allá de la aparición sobre la Tierra de las primeras plantas con hojas. Pronto, la superficie de la Tierra se convirtió en una máscara informe de marrón y azul cenagoso. Sabía que la vida persistía en los mares, pero allí también se estaba simplificando, con filos enteros que desaparecían en las entrañas de la historia: primero los peces, luego los moluscos, y ahora las esponjas, las medusas y los gusanos… AL final, comprendí, sólo un alga verde y delgada —que trabajaba para convertir la luz del Sol en oxígeno— sería lo que quedase en los mares oscuros. La tierra era rocosa y estéril, y la atmósfera se hizo más densa, manchada de amarillo y marrón por los gases venenosos. Grandes fuegos surgieron sobre la Tierra, simultáneamente. Nubes densas enmascaraban el globo y los mares retrocedían como charcos secos. Pero las nubes no persistieron durante mucho tiempo. La atmósfera se hizo más delgada, luego bastante escasa, hasta que desapareció por completo. La corteza expuesta brilló con un rojo uniforme, menos las grandes heridas naranjas que se abrían y cerraban como bocas. No había mares, ni diferencia entre el océano y la tierra: sólo una corteza interminable y castigada sobre la que flotaban las Naves del Tiempo, observadoras y gráciles.

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