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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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Y en toda la Nave, ya deben imaginarlo, había una sensación extraña y contingente producida por la plattnerita: la sensación de que la Nave no estaba inmersa sólidamente en el mundo de las cosas, la sensación de que era insustancial y temporal.

La estructura estaba lo suficientemente abierta para ver el delgado casco de la Nave y el mundo exterior. Las colinas y los anónimos edificios del Londres de los Constructores todavía estaban ahí, y en el hielo eterno no había rastros de alteración. Era de noche y el ciclo estaba limpio; la Luna, un medialuna plateada, navegaba en lo alto entre las estrellas ausentes…

Y, moviéndose por entre el cielo desolado de la Tierra abandonada, vi más Naves de plattnerita. Tenían forma lenticular, eran inmensas, y sugerían la misma estructura reticular que nos encerraba a Nebogipfel y a mí. Luces más pequeñas, como estrellas cautivas, brillaban y se agitaban en los complejos interiores. El hielo de la Tierra Blanca estaba bañado por completo por el resplandor de la plattnerita; las Naves eran como inmensas nubes silenciosas que navegaban demasiado cerca del suelo.

Nebogipfel me estudió. La plattnerita le daba un lustre verde al pelo que cubría su cuerpo.

—¿Estás bien? ¿Pareces un poco turbado?

Tuve que reírme.

—Tienes talento para subestimar las cosas, Morlock. ¿Turbado? Yo diría que sí…

Me giré en el asiento, busqué detrás de mí, y encontré un tazón lleno de las nueces y frutas desconocidas que los Constructores nos habían dado. Enterré los dedos en la comida y me llené la boca con ella; encontré que la acción simple y animal de comer era una agradable distracción de las cosas sorprendentes y apenas comprensibles que me rodeaban. Me pregunté, de hecho, si aquélla no sería la última comida que tomaría, ¡la última cena sobre la Tierra!

—Creo que esperaba que el Constructor estuviese aquí para recibirnos.

—Pero creo que sí está aquí-dijo Nebogipfel. Levantó la mano y la luz esmeralda brilló en sus dedos pálidos—. Las Naves están claramente diseñadas según los mismos principios arquitectónicos que los Constructores. Creo que podemos decir que «nuestro» Constructor todavía está aquí: pero ahora su conciencia está representada por algún conjunto de esos puntos de luz, dentro de esta red de plattnerita. Y la Nave está con seguridad conectada con el Mar de Información; de hecho, quizá podemos decir que es un nuevo Constructor Universal en sí misma. La Nave está viva… tan viva como los Constructores.

»Pero como está hecha de plattnerita, esta Nave debe ser mucho más. —Me miró, con un único ojo profundo y negro tras las gafas—. ¿Entiendes? Si esto es vida, es un nuevo tipo de vida. Vida de plattnerita. La primera que no está atada, como el resto, al lento giro de los engranajes de la historia. Y fue construida aquí, con nosotros como foco… La Nave está aquí por nosotros, para llevarnos, como prometió el Constructor. Él está aquí.

Por supuesto, Nebogipfel tenía razón; y ahora me preguntaba, con algo de autoconciencia nerviosa, ¿cuántas de esas otras Naves que recorrían el cielo sin estrellas de la Tierra como enormes animales, estaban aquí abajo, de alguna forma, por nuestra presencia?

Pero al mirar el cielo cubierto de plattnerita otra observación me sorprendió.

—Nebogipfel, ¡mira la Luna!

El Morlock se volvió; vi que la luz verde que jugueteaba con el pelo de su cara estaba ahora resaltada de plata.

Mi observación era elementaclass="underline" la Luna había perdido su delicioso verdor. El color de la vida que había llegado de la Tierra para cubrirla, durante todos esos millones de años, se había marchitado, exponiendo el blanco óseo de las arenosas montañas y mares. Ahora el satélite en su palidez mortal era indistinguible de la Luna de mi época, exceptuando quizás el brillo más intenso de la cara oscura: había una vieja Luna más vívida acunada en los brazos de la Nueva Luna, y sabía que aquella iluminación mayor debía ser achacada, solamente, al incremento del brillo de la Tierra cubierta de hielo, que debía brillar en los cielos sin aire de la Luna como un segundo sol.

—Debe de haber sido la variación forzada del Sol —especuló Nebogipfel—. El proyecto de plattnerita de los Constructores… tal vez alteró finalmente el equilibrio vital.

—¿Sabes? —dije con algo de amargura—, creo que, después de todo lo que he visto y oído, me confortaba algo la persistencia de esa porción de verde terrestre en lo alto del cielo. El pensar que en algún lugar, no imposiblemente lejos, todavía podía persistir un fragmento de la Tierra que recordaba: que podía haber una improbable jungla de baja gravedad por la que todavía caminaban los hijos del hombre… Pero ahora sólo puede haber ruinas y huellas en esa terrible superficie, para acompañar las que cubren el cadáver de la Tierra.

Y en ese momento, mientras me sentía tan llorón, sonó algo como un disparo, ¡y nuestra cubierta protectora se fracturó como una cáscara de huevo!

Vi una serie de fracturas —un delta complejo— que se extendía por la superficie del domo.

Incluso mientras miraba, un trozo pequeño del domo, no mayor que mi mano, se soltó y cayó en el aire, deslizándose como un copo de nieve.

Y más allá del domo fracturado los filamentos de plattnerita de la Nave se extendían, creciendo, hacia Nebogipfel y hacia mí.

—Nebogipfel, ¿qué sucede? Sin el domo, ¿moriremos? —Me encontraba en un estado febril y eléctrico, en el que cada terminación nerviosa estaba henchida de sospecha y temor.

—Debes intentar no tener miedo —dijo Nebogipfel.

Con un gesto simple y sorprendente me agarró la mano con sus delgados dedos de Morlock, y la sostuvo como un adulto sostendría la de un niño.

Era la primera vez que sentía el tacto de sus dedos fríos desde aquellos terribles momentos en que el Constructor me había reconstruido, y un eco distante de nuestro compañerismo en el Paleoceno volvió para confortarme en medio del hielo de la Tierra Blanca. Me temo que grité, destrozado por el temor, y me hundí más en el asiento, deseando escapar; mientras los dedos débiles de Nebogipfel se agarraban a los míos.

El domo se fracturó aún más, y oí una lluvia suave al caer los fragmentos sobre el coche del tiempo. Los filamentos de plattnerita penetraron todavía más en el domo, con los nódulos de luz corriendo por ellos.

—Nos llevan con ellos, los Constructores, esos seres de plattnerita, hacia el amanecer del tiempo, y quizá más allá… pero no así. —Nebogipfel indicó su propio cuerpo frágil—. No podríamos sobrevivir ni por un minuto… ¿Lo entiendes?

Los tentáculos de plattnerita me palparon la cabeza, la frente y los hombros; me agaché, para evitar el frío contacto.

—Quieres decir —dije— que tenemos que volvernos como ellos. Como los Constructores… ¡debemos rendirnos al toque de esos cilios de plattnerita! ¿Por qué no me advertiste?

—¿Te hubiese ayudado? Es la única forma. Tu miedo es natural; pero debes dominarlo, sólo un momento más, y entonces… entonces serás libre…

Podía sentir el peso helado de los hilos de plattnerita sobre muslos y hombros. Intenté mantenerme quieto y entonces sentí uno de esos cables vivientes moviéndose por mi frente; podía sentir claramente el roce de los cilios contra mi carne, y no pude evitar gritar y luchar contra aquel peso suave, pero ya me era imposible levantarme del asiento.

Ahora estaba inmerso en el verde y mi visión del mundo exterior —de la Luna, los campos de hielo de la Tierra e incluso de la estructura de la Nave— estaba oscurecida. Los nodos cuasianimados y variables de luz pasaban por encima de mi cuerpo deslumbrándome. El tazón de frutas se salió de entre los dedos y chocó contra el suelo del coche; pero incluso el ruido de la caída pronto se apagó, al apagarse mis sentidos.

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