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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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Aunque la temperatura del aire permanecía inalterada, sentí inmediatamente más frío; temblé y me apreté el abrigo.

—Creo que estamos listos —dijo Nebogipfel.

—Listos —asentí—, menos por una cosa, ¡nuestra decisión! ¿Viajamos al futuro hasta las Naves terminadas o…?

—Creo que la decisión te corresponde —dijo. Pero había, quiero pensarlo, algo de simpatía en su extraña expresión.

Los temores todavía permanecían en mi interior, ¡ya que, exceptuando aquellas primeras horas desesperadas cuando perdí a Moses, nunca he sido un hombre que buscase la muerte! Sabía que mi decisión podía acabar con mi vida. Aun así…

—No creo que tenga demasiadas posibilidades —le dije a Nebogipfel—. No podemos quedarnos aquí.

—No —dijo—. Tú y yo somos exiliados. Creo que sólo nos queda continuar… hasta el final.

—Sí —dije—. Parece que hasta el final del tiempo mismo… ¡Bien! Que así sea, Nebogipfel. Que así sea.

Nebogipfel empujó las palancas del coche —sentí que se me aceleraba la respiración y que la sangre me palpitaba en las sienes— y caímos en la confusión gris del viaje en el tiempo.

11. ADELANTE EN EL TIEMPO

Una vez más el Sol corrió como un cohete por el cielo, y la Luna, todavía verde, se apresuraba en sus fases, ya que los meses transcurrían con mayor velocidad que los latidos del corazón; pronto, la velocidad de ambos orbes se había incrementado tanto que se transformaron en las bandas de luz uniformes que ya he descrito, y el cielo adoptó el gris acero que resultaba de la mezcla de las noches y los días. A nuestro alrededor, claramente visible desde nuestra posición elevada, las capas de hielo de la Tierra Blanca se extendían a lo lejos sobre el horizonte, inalteradas ante el paso de los años, mostrando sólo una superficie brillante difuminada por la rapidez de nuestro paso.

Me hubiese gustado ver aquellos magníficos veleros interestelares surcar el espacio; pero la rotación de la Tierra me hacía imposible distinguir las frágiles naves, y tan pronto como comenzamos el viaje en el tiempo se hicieron invisibles.

Segundos después de la partida —desde nuestro punto de vista— el apartamento fue demolido. Se desvaneció a nuestro alrededor como el rocío, para dejar nuestra ampolla transparente aislada en el techo de la torre. Pensé en el extraño, pero cómodo, conjunto de habitaciones —con el baño de vapor, el ridículo papel pintado, la peculiar mesa de billar y todo lo demás—; todo había quedado fundido nuevamente en la informidad general y el apartamento, no siendo ya necesario, había sido reducido a un sueño: ¡un recuerdo platónico en la imaginación de metal de los Constructores Universales!

Sin embargo, nuestro paciente Constructor no nos abandonó. Desde mi punto de vista acelerado vi que parecía descansar allí, a unas pocas yardas de nosotros —una pirámide rechoncha, el movimiento de los cilios difuminado por nuestro paso a través del tiempo—, y entonces saltaba, abruptamente, allá, para permanecer durante unos pocos segundos, y así continuamente. Como un segundo para nosotros duraba siglos en el mundo más allá del coche del tiempo, calculé que el Constructor permanecía frente a nosotros, inmóvil, durante miles de años en cada ocasión.

Se lo comenté a Nebogipfel.

—Imagínalo, ¡si puedes! Ser inmortal es una cosa, pero estar tan dedicado a una sola obra… Es como un caballero solitario que preserva su Grial, mientras las eras históricas y las breves preocupaciones de los hombres vuelan a su lado.

Como ya he dicho, los edificios cercanos al nuestro eran torres situadas a una distancia de dos o tres millas por todo el valle del Támesis. En las semanas que habíamos pasado en el apartamento no había visto cambios en las torres, ni siquiera una puerta que se abriese. Sin embargo, ahora, gracias a la percepción acelerada, vi evoluciones lentas que recorrían la superficie de los edificios. A la estructura cilíndrica de Hammersmith se le hinchó la cara de espejo, como si fuese atacada por una enfermedad metálica, antes de ajustarse a una nueva forma de protuberancias angulares y acanaladuras. ¡Otra torre, cerca de Fulham, desapareció por completo! Estaba allí en un momento y al siguiente ya no, sin que quedase siquiera la sombra de los cimientos en el suelo para señalar dónde había estado, ya que el hielo se cerró sobre la tierra expuesta con demasiada rapidez.

Aquella evolución fluida seguía todo el rato. Comprendí que el ritmo de cambio en aquel nuevo Londres debía medirse en siglos —en lugar de los años en que se habían transformado secciones de mi propio Londres—, pero sin embargo había cambios.

Se lo comenté a Nebogipfel.

—Sólo podemos especular sobre los propósitos de esa reconstrucción —dijo—. Quizás el cambio de apariencia externa indica un cambio en la utilización interior. Pero los procesos lentos del deterioro siguen actuando incluso aquí. E incluso es posible que ocasionalmente se produzcan incidentes más espectaculares, como la caída de un meteorito.

—¡Estoy seguro de que inteligencias tan vastas como estos Constructores podrían tener en cuenta incidentes como la caída de un meteoro! Siguiendo las rocas al acercarse con telescopios y tal vez empleando las naves a cohetes y a velas para enviar lejos los objetos.

—Hasta cierto punto. Pero el sistema solar es un lugar caótico y azaroso —dijo Nebogipfel—. No puedes estar seguro de eliminar por completo todas la calamidades, sin que importen los recursos disponibles, y sin que importen tampoco los planes y la vigilancia… Por lo tanto, hasta los Constructores deben en ocasiones reconstruir, incluso la torre que habitamos.

—¿Qué quieres decir?

—Piénsalo —dijo Nebogipfel—. ¿Estás caliente? ¿Te sientes muy a gusto?

Como he dicho, la exposición aparente a las llanuras de la Tierra Blanca, resguardado sólo por la bóveda invisible de los Constructores; me había dejado tiritando de frío; pero sabía que ésa sólo podía ser una reacción interna.

—Me siento bien.

—Por supuesto. Yo también. Y, ya que llevamos viajando algo así como un cuarto de hora, sabemos que estas condiciones han persistido en este edificio durante más de medio millón de años.

—Pero —dije, siguiendo su línea de razonamiento— esta torre está tan expuesta a la depredación del tiempo como cualquier otra… por tanto nuestro Constructor debe de estar reparando el lugar continuamente, para que pueda seguir sirviéndonos.

—Sí. De otra forma, es seguro que la bóveda que nos protege se habría fracturado y desplomado hace mucho tiempo.

Por supuesto, Nebogipfel tenía razón —era otra muestra de la extraordinaria rectitud de propósito de los Constructores—, pero no me hacía sentirme más cómodo.

Miré a mi alrededor, hacia el suelo; sentí que la torre se había hecho tan insustancial como un nido de termitas, continuamente excavada y reconstruida por los Constructores Universales, ¡y sentí vértigo!

Percibí un cambio en la luz. El paisaje glacial se extendía a nuestro alrededor aparentemente inalterado; pero me parecía que el hielo estaba iluminado con una luz más oscura.

Las bandas del Sol y la Luna, difuminadas e indistintas por su movimiento precesional, todavía cabeceaban en el cielo; pero —aunque la Luna parecía que todavía brillaba con el verde violento de la vegetación transplantada— parecía que el Sol atravesaba un ciclo de cambio.

—Tengo la impresión —señalé— de que el Sol parpadea. Varía su brillo, en una escala de siglos o más.

—Creo que tienes razón.

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