Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
Era el resultado final —la conclusión lógica— de mi propio interés superficial en las propiedades de la luz y la distorsión del Espacio y el Tiempo que las acompañan. Todo aquello, comprendía, incluso el colapso del universo y su gran progresión a través de diversas historias, todo, había surgido inevitablemente de mis experimentos, de mi primera y querida máquina de cuarzo y cobre…
Yo había provocado aquello: el paso de la mente entre universos.
¿Pero adónde hemos venido? ¿Qué historia es ésta? ¿Es como la nuestra?
No, dijo Nebogipfel. No, no es como la nuestra.
¿Podremos vivir aquí?
No lo sé… no la eligieron para nosotros. Recuerda que los Constructores han buscado, dijo, un universo —de entre la inmensidad de posibilidades que da la multiplicidad—, un universo óptimo para ellos.
Sí. ¿Pero qué significa «óptimo» para un Constructor? Conjuré imágenes vagas de cielo, paz, seguridad, belleza, luz. Pero sabía que esas fantasías eran irremediablemente antropomórficas.
Ahora vi que surgía una nueva luz de la oscuridad que nos rodeaba. Al principio creí que se trataba del regreso del brillo al comienzo del tiempo, pero era demasiado suave, demasiado insistente, para ser eso; era más bien como luz de estrellas.
Los Constructores no son hombres, dijo el Morlock. Pero son los herederos de la humanidad. Y la audacia de lo que han conseguido es asombrosa. Entre todas las incontables posibilidades, los Constructores han buscado ese universo —el único— que es infinitamente grande, y eterno: donde el límite del comienzo del tiempo se encuentra en el infinito pasado.
Hemos viajado más allá de la Nuclearización, al límite mismo del Espacio y el Tiempo. Y dedos de mono han tocado la singularidad que se encuentra allí, ¡y la han empujado hacia atrás!
La luz estelar emergía ahora de la oscuridad a mi alrededor; las estrellas se encendían por todas partes, y pronto el cielo ardió, tan brillante en todos sus puntos como la superficie del Sol.
5. LA VISIÓN FINAL
¡Un universo infinito!
Se puede mirar, a través de las nubes de humo de Londres, las estrellas que marcan el cielo catedralicio; es todo tan inmenso, tan inalterable, que es fácil suponer que el cosmos es algo sin fin y que ha existido por siempre.
Pero eso no puede ser. Y sólo tienes que hacerte una pregunta de sentido común —¿por qué es oscuro el cielo nocturno?— para comprender la razón.
Si tienes un universo infinito, con estrellas y galaxias dispersas en un vacío sin fin, entonces no importa en qué dirección mires, tus ojos encontrarían el rayo de luz de una estrella. El cielo nocturno brillaría en todas partes con la misma intensidad que el Sol…
Los Constructores habían desafiado la misma oscuridad del cielo.
Mis impresiones tenían una dureza diamantina: no había contornos suaves, ni atmósfera, nada más que el brillo infinito producido por la multitud de puntos y motas de luz. Aquí y allá creí encontrar estructuras y características reconocibles —constelaciones de estrellas más brillantes frente al fondo general—, pero el efecto total era tan deslumbrante que no podía encontrar una misma formación dos veces.
Las chispas de luz de plattnerita que me acompañaban —los Constructores, con Nebogipfel entre ellos— se alejaron de mí, por arriba y abajo, como fragmentos esmeralda de un sueño. Me dejaron aislado. No sentí ni miedo ni incomodidad. El movimiento que había sentido en el momento de la no linealidad había desaparecido, dejándome sin sensación de lugar, tiempo o duración…
Pero entonces —después de un intervalo que no pude medir— percibí que no estaba solo.
La forma surgió contra la luz de las estrellas, como si hubiesen colocado una lámina de linterna mágica frente a mí. Comenzó siendo una simple sombra contra el brillo universal —al principio ni siquiera estaba seguro de que hubiese algo ahí, exceptuando las proyecciones de mi imaginación desesperada—, pero finalmente ganó una cierta solidez.
Era una bola, aparentemente de carne, colgando en el espacio, al igual que yo, sin soporte. Estimé que estaba a ocho o diez pies de mí (donde y como estuviese yo) y quizá tenía cuatro pies de ancho. Le colgaban tentáculos. Oí un sonido suave y burbujeante. Tenía un pico de carne, no tenía agujeros de la nariz, y dos enormes párpados se recogían como cortinas para revelar ojos —¡ojos humanos!— que se fijaron en mí.
Por supuesto, lo reconocí; era una de las criaturas que había denominado Observadores, aquellas enigmáticas visiones que me visitaban durante mis viajes en el tiempo.
La cosa se deslizó hacia mí. Tenía los tentáculos en alto, y vi que los dedos eran articulados y formaban dos grupos, como manos alargadas y distorsionadas. Los tentáculos no eran lacios y sin hueso, como los de un calamar, sino que tenían múltiples articulaciones y parecía que acababan en uñas o pezuñas, de hecho, se parecían bastante a dedos.
Fue como si me cogiese. Nada de esto puede ser real —pensé desesperadamente— porque yo ya no era real, ¿no? Yo era un punto de conciencia; no había nada de mí que pudiese ser cogido de esa forma…
Y sin embargo me sentí acunado por él, extrañamente seguro.
El Observador aparecía inmenso ante mí. Su piel era suave y estaba cubierta de un vello fino; los ojos eran inmensos —de color azul cielo—, con toda la hermosa complejidad de los ojos humanos, e incluso ahora podía olerlo; emitía un ligero aroma animal, como de leche, pensé. Me sorprendió cuán humano era. Eso puede que les parezca extraño, pero allí —tan cerca de la bestia, y suspendido en medio de aquella inmensidad sin estructura— sus puntos en común con la forma humana eran más impresionantes que sus increíbles diferencias. Me convencí de que era humano: quizá tremendamente distorsionado por el paso del tiempo evolutivo, pero de alguna forma cercano a mí.
Pronto el Observador me soltó, y sentí que flotaba alejándome.
Parpadeó; oí el lento susurro de sus párpados. Recorrió con la vista el cielo uniforme, como si buscase algo. Con el más suave de los murmullos, se alejó de mí. Se volvió al hacerlo y los tentáculos colgaron tras él.
Durante un momento sentí una punzada de pánico —porque no tenía deseos de quedar varado otra vez con mi única compañía en la desolada Perfección óptima—, pero de repente me deslicé tras el Observador. Lo hice sin querer, como una hoja de otoño que es arrastrada por las ruedas de un carruaje.
Ya he mencionado aquellas posibles constelaciones que había visto, brillando en el fondo cubierto de luz del espacio infinito. En aquel momento me parecía que un grupo de estrellas, frente a nosotros, se estaba dispersando, como una bandada de pájaros; mientras que otro detrás de mí (podía variar mi punto de vista) se contraía.
¿Puede ser así?, me pregunté. ¿Puede ser que esté viajando a una velocidad tan enorme que incluso las estrellas mismas se mueven por el campo visual, como postes frente a un tren?
De pronto vinieron volando multitud de partículas de roca, brillando como el polvo bajo la luz; se arremolinaban a mi alrededor, y se perdían de nuevo detrás de mí. Exceptuando ese montón de polvo, no vi planetas, o cualquier otro objeto rocoso, en todo el tiempo que permanecí en la Historia óptima, y me pregunté si el gran calor y la radiación intensa evitarían la formación de planetas a partir de los fragmentos generales.