Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
El universo corría a mi lado más y más rápido, motas apresuradas contra el brillo general.
Las estrellas se hicieron más intensas, y pasaron de ser puntos a ser globos que se precipitaban contra mí, para desvanecerse en un momento a mi espalda.
Nos elevamos y flotamos sobre el plano de una galaxia; era una gigantesca espiral de estrellas cuyos distintos colores brillaban, pálidos y deslucidos, contra el fondo de blancura general. Pero pronto incluso ese inmenso sistema se perdió debajo de mí, ahora convertido en un disco luminoso y giratorio, y al final fue una diminuta mancha de luz incierta, perdida en medio de millones de manchas parecidas.
Y durante todo aquel sorprendente vuelo —deben imaginarlo— tenía ante mí la imagen de los hombros redondos y oscuros del Observador, mientras se balanceaba delante de mí por entre aquella marea de luz, imperturbable ante el paisaje estelar que atravesábamos.
Pensé en las veces que había observado a aquella criatura y sus compañeros. Tenía aquel distante eco de murmullos durante mis primeras expediciones en el tiempo, y entonces mi primera imagen clara de un Observador cuando, bajo la luz del Sol moribundo del futuro, había visto cómo saltaba irregularmente algo parecido a una pelota de fútbol que brillaba por el agua. En ese momento lo consideré un ciudadano de aquel mundo condenado. Más tarde, había tenido aquellas visiones —entrevistas a través del brillo verde de la plattnerita— de Observadores flotando en la máquina mientras yo viajaba en el tiempo.
Ahora sabía que durante mi breve y espectacular carrera como viajero del tiempo había sido seguido —estudiado— por los Observadores.
Los Observadores debían de ser capaces de seguir a voluntad las líneas de Tiempo Imaginario, para atravesar a voluntad las infinitas historias de la multiplicidad con la facilidad con que un buque de vapor atraviesa una corriente; los Observadores habían tomado el tosco dispositivo explosivo de no linealidad creado por los Constructores y lo habían desarrollado hasta la perfección.
Ahora atravesábamos un vacío inmenso —un agujero en el espacio— con paredes formadas por filamentos y planos, hojas de luz compuestas de galaxias y nubes de estrellas sueltas. Incluso allí, a millones dé años luz de la nebulosa estelar más cercana, persistía el baño general de radiación y el cielo a mi alrededor estaba lleno de luz. Y, más allá de las burdas paredes de aquella cavidad, podía distinguir una estructura mayor: podía ver que «mi» vacío era uno entre muchos en un campo mayor de sistemas estelares. Era como si el universo estuviese lleno de algo parecido a la espuma, con burbujas en una masa de brillante material estelar.
Pronto pude apreciar una cierta regularidad extraña en la espuma. Por ejemplo, a un lado el vacío estaba marcado por el plano de una galaxia. Ese plano, de materia mantenida unida con tanta densidad que resplandecía de forma significativamente más brillante que el fondo general, estaba tan claramente definido —tan plano y extenso— que en mi mente se formó la idea de que no se trataba de una situación natural.
Ahora miré con más cuidado. Aquí creí que podía ver otro plano —limpio y bien definido— y allá distinguir una especie de lanza de luz, completamente rectilínea, que parecía cubrir el espacio de lado a lado—, y más allá de nuevo vi un vacío, pero de forma cilíndrica muy bien definida…
El Observador corría ahora frente a mí, sus grupos de tentáculos estaban bañados por la luz de las estrellas y sus ojos estaban abiertos y fijos en mí.
Artificial. La palabra era ineludible; comprendí que la conclusión era tan evidente que tenía que haberlo pensado antes, ¡si no fuese por la escala monstruosa de todo aquello! La Historia óptima era un producto de ingeniería —y aquel artificio debía de ser lo que el Observador quería que entendiese con aquel inmenso viaje.
Recordé las viejas predicciones de que un universo infinito tendería a un colapso gravitatorio desastroso; era otra de las razones por las que nuestro cosmos no podía ser, lógicamente, infinito. Porque, de la misma forma que la Tierra y los otros planetas se habían formado a partir de agrupamientos en la turbulenta nube de escombros alrededor del nuevo Sol, habría remolinos en la nube todavía mayor de galaxias que poblaban la Historia óptima, remolinos en los que estrellas y galaxias caerían a una escala inmensa.
Pero era evidente que los Observadores cuidaban la evolución de su cosmos para evitar catástrofes de ese tipo. Habían aprendido que el Espacio y el Tiempo eran en sí mismos entidades dinámicas y ajustables. Los Observadores manipulaban la torsión, el colapso, la rotación y corte del Espacio y del Tiempo en sí mismos, para conseguir el objetivo de un cosmos estable.
Por supuesto, esa cuidadosa supervisión no podía terminar nunca, si el universo debía permanecer viable, y, pensé, si el universo era eterno, tampoco tendría comienzo. Esa idea me inquietó brevemente: era una paradoja, un ciclo causal. Debía existir la vida para que pudiera producir las condiciones necesarias para que existiera vida aquí…
¡Pero pronto me deshice de esas confusiones! Estaba siendo, comprendí, demasiado parroquial en mis razonamientos: no permitía que las cosas fuesen infinitas. Ya que este universo era infinitamente antiguo —y la vida había existido en él durante un periodo de tiempo infinitamente largo—, el ciclo benigno en que la vida mantenía las condiciones de su propia supervivencia no había comenzado nunca. La vida existía en él porque el universo era viable; y el universo era viable porque la vida existía para hacer que lo fuese… y así indefinidamente, una regresión infinita, sin comienzo, ¡y sin paradoja!
Con arrogancia me sentí divertido ante mi propia confusión. ¡Claramente me llevaría algo de tiempo comprender el significado del Infinito y la Eternidad!
6. EL TRIUNFO DE LA MENTE
El Observador se detuvo y giró en el espacio como un globo de carne. Los enormes ojos se fijaron en mí, oscuros, inmensos, el resplandor del cielo repleto de luz se reflejaba en sus pupilas como platos; al fin, parecía, mi mundo estaba ocupado por completo por aquella mirada inmensa que excluía todo lo demás —incluso el cielo ardiente.
Pero entonces el Observador pareció derretirse. La dispersión de lejanas constelaciones, la estructura galáctica espumosa e incluso el resplandor del cielo ardiente desaparecieron de mi vista o, mejor, era consciente de que esas cosas eran un aspecto de la realidad, pero sólo en la superficie.
Si imaginan que enfocan la vista en un panel de vidrio frente a ustedes, y luego deliberadamente relajan los músculos de los ojos, para fijarse en el paisaje que hay más allá, el polvo sobre el panel desaparece de la conciencia; así entenderán el efecto que intento describir.
Pero, por supuesto, mi cambio de percepción no estaba producido por algo tan físico como un tirón de los músculos oculares y el cambio de perspectiva era algo mas que un cambio en la profundidad de foco.
Vi —creo— la estructura interna de la naturaleza.
Vi átomos: puntos de luz, como pequeñas estrellas que llenaban el espacio en una estructura que se extendía a mi alrededor sin fin. Lo vi con la misma claridad con que un médico puede examinar las costillas debajo de la piel del pecho. Los átomos burbujeaban y brillaban; giraban alrededor de su eje, y estaban unidos por una red compleja de rayos de luz, o eso me parecía; comprendía que debía de estar viendo una representación gráfica de las fuerzas eléctrica, magnética, gravitatoria y alguna otra. Era como si el universo estuviese lleno de una maquinaria de relojería atómica y, me di cuenta, el conjunto era dinámico, con la estructura de uniones y átomos continuamente fluyendo.