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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Salió al exterior. Vio una vieja camioneta. Tenía las llaves de encendido en su sitio y la puso en marcha de inmediato. El sonido del motor era bueno, estaba en perfectas condiciones. Había un recipiente de gasolina en el cobertizo, y Harry llenó el depósito de la camioneta, llenó también dos latas para gasolina y luego apiló cachivaches al lado del recipiente, para ocultarlo.

Regresó a la casa, buscó en los armarios y encontró unas mantas viejas con las que envolvió los cadáveres. Luego subió a la camioneta y la condujo hasta la entrada. Mientras batallaba para depositar los cuerpos en la caja del vehículo, las aves correteaban a su alrededor, solicitando su atención. Una vez terminada la operación, Harry se agachó y rápidamente retorció los cuellos de seis pollos antes de que los demás pudieran darse cuenta. Arrojó las aves a la caja del vehículo, al lado del difunto matrimonio Sinanian.

Finalmente, Harry recorrió la casa cerrando puertas y ventanas, se guardó las llaves en el bolsillo, puso en marcha la camioneta y se marchó.

Aún tenía que completar su ruta. Pero primero debía hacer algunas cosas, entre ellas dar sepultura a los Sinanian.

LA FORTALEZA: UNO

Es cierto que las sociedades libres se enfrentarían a grandes dificultades en una futura edad oscura. La rápida vuelta a la penuria universal iría acompañada de una violencia y unas crueldades de naturaleza ya olvidada. La fuerza de la ley sería escasa o nula, ya fuera por la caída o la desaparición del aparato estatal, ya por las dificultades de comunicación y transporte. Sólo sería posible delegar la autoridad en poderes locales que la mantendrían únicamente por la fuerza.

Roberto Vacca, La próxima Edad Oscura

La fatídica mañana en que el Hamner-Brown iba a golpear la Tierra, el senador Arthur Jellison estaba malhumorado. En el JPL sólo consiguió que le atendieran empleados de relaciones públicas, los cuales no sabían más de lo que informaban la radio y la televisión. Era imposible llegar hasta Charlie Sharps, lo cual tenía su lógica, dadas las circunstancias, pero el senador Jellison no estaba acostumbrado al hecho de que hubiera gente demasiado ocupada para hablar con él. Finalmente se conformó con obtener una conexión telefónica con la red de comunicaciones espaciales, lo que, a través de un altavoz, le permitiría escuchar desde su casa lo que decían los astronautas.

Aquello no parecía muy útil, debido a las constantes interferencias. Y las imágenes de televisión tampoco eran buenas. ¿Iba a chocar o no la maldita cosa?

En caso de que chocara, había una serie de acciones que Jellison podría haber emprendido pero que no lo hizo porque no podía permitirse dar una impresión de frivolidad a sus votantes, ni siquiera allí, en el valle, donde en todas las elecciones se llevaba el ochenta por ciento de los votos. Había reunido a su familia y un par de ayudantes, y todo el equipo que pudo adquirir sin llamar demasiado la atención. No podía hacer mucho más. Y ahora estaban todos en la casa, la mayoría sentados con él en la sala de estar.

El altavoz emitió unos graznidos y luego se oyó la voz de Johnny Baker. Maureen prestó una atención excesiva. Hacía mucho tiempo que Jellison estaba enterado de la relación de su hija con aquel astronauta, pero no creía que Maureen supiera que él lo sabía. Baker tenía su divorcio en curso y estaba ocupado en su misión espacial. Tal vez cuando bajara... Al senador le parecía una buena idea. Maureen necesitaba a alguien.

Y Charlotte también, aunque ella no lo creyera así. Jellison no tenía en mucha estima a Jack Turner, su yerno, un hombre demasiado guapo, demasiado dispuesto a hablar de sus trofeos de tenis y totalmente reacio a devolver los considerables «préstamos» que pedía cuando sus inversiones no tenían unos resultados satisfactorios... como casi siempre ocurría. Pero Charlotte parecía feliz con él y sus hijos recibían una buena educación. Además, Maureen iba haciéndose mayor y posiblemente los hijos de Charlotte serían los únicos nietos de Jellison, aunque él esperaba que no.

—Qué imágenes tan malas —dijo Jack Turner.

—El abuelo nos conseguirá otras buenas —afirmó Jennifer Turner.

La niña, de nueve años, había descubierto que su abuelo podía proporcionarle fotos y cosas que tenían un gran éxito en clase, y había leído mucho sobre los cometas.

—Laboratorio espacial, aquí Houston. no recibimos bien —se oyó por el altavoz del teléfono.

—Abuelo...

—Silencio, Jenny —le ordenó Maureen. La tensión en su voz hizo que todos guardaran silencio.

La imagen del televisor se descompuso en una serie de líneas absurdas y manchas. Luego se hizo nítida de nuevo y mostró una miríada de rocas envueltas en vapor y bruma que avanzaban hacia los espectadores, como si fueran a salir de la pantalla.

—¡Dios mío, se acerca mucho! —se oyó por el altavoz.

—Ese es Johnny...

—Parece como si fuera a chocar...

La imagen de la televisión se desvaneció. La voz seguía oyéndose a través del altavoz.

—¡Bola de fuego por encima de nosotros! Houston, Houston, ha habido un gran impacto en el Golfo de México...

—¡Dios mío!

—Calla, Jack —dijo Jellison en tono contenido.

—...Solicitamos que envíen un helicóptero para recoger a nuestras familias... El cometa ha chocado.

—No debes hablar a Jack de ese modo...

Jellison pasó por alto la observación de Charlotte.

—¡Al! —gritó.

—Sí, señor —respondió Hardy, desde la estancia vecina, y se presentó al instante.

—Reúne a todos los trabajadores del rancho, rápido. Todos los que tengan camionetas que las traigan. Y rifles también. Date prisa.

—De acuerdo —dijo Hardy. Salió apresuradamente de la sala.

Los demás parecían estupefactos.

—¿Qué ha ocurrido, abuelo? —preguntó Jennifer, quejumbrosa.

—No lo sé —respondió Jellison—. No sé cuál es la gravedad de la situación. Ese maldito teléfono se ha interrumpido. Maureen, a ver si puedes averiguar algo, si logras hablar con alguien del JPL. Utiliza aquel teléfono, corre.

—Voy.

Jellison miró a Jack Turner. Aquel hombre era desconocido en el valle. Nadie aceptaría órdenes suyas. ¿Para qué podría servir?

—Jack, me llevarás a la ciudad. Quiero ver al jefe de policía y al alcalde.

Turner fue a decir algo, pero la expresión del senador no le dejó hacerlo.

—No puedo comunicar con Los Angeles, papá —dijo Maureen—. El teléfono funciona, pero...

La interrumpió el terremoto. No fue muy fuerte, pues se encontraban lejos de las principales fallas californianas, pero fue suficiente para que la casa temblara. Los niños parecían asustados, y Charlotte los llevó al dormitorio.

—Puedo llamar a los teléfonos de la zona —dijo por fin Maureen.

—Bien. Llama a la policía y diles que voy a la ciudad para hablar con su jefe y con el alcalde. Es importante, y diles también que ya estoy en camino. Vamos, Jack. Maureen, cuando Al haya reunido a los trabajadores del rancho, tú y Al hablad con ellos. Necesitamos a todos sus amigos, sus vehículos, rifles, todo. Hay mucho que hacer. Envía la mitad de ellos a la ciudad, para reunirse conmigo, y el resto que se quede para asegurar la protección en caso de tormentas, deslizamientos de tierras... —Se quedó un momento pensativo— y nieve, si Charlie Sharps sabe lo que se dice. Dentro de una semana nevará.

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