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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Sí...

—Eso es algo muy valioso, pero ya no habrá correo, ni cartas ni revistas. Sin embargo sigue habiendo una necesidad de mensajeros. Alguien tiene que mantener las comunicaciones en funcionamiento, ¿no te parece?

—Sí, claro —convino Harry.

—Muy bien. Ahora serás más necesario que nunca. Y éste va a ser tu primer mensaje tras el choque del cometa. Un mensaje a los Román de nuestra parte. Estamos dispuestos a ayudar, si podemos. Son nuestros vecinos. Pero no los conocemos, y ellos tampoco nos conocen a nosotros. Si han tenido problemas estarán al acecho de extraños. Alguien tiene que presentarnos. Es un mensaje que vale la pena, ¿verdad?

Harry meditó en ello. Tenía sentido.

—Después me llevaréis a la ciudad...

—Claro. En marcha. —Norm Lilly salió y regresó armado con un rifle para matar ciervos y la pistola automática.

—¿Has usado alguna vez una de estas, Harry?

—No, y no quiero usarla. Daría una mala imagen.

Lilly asintió y dejó la pistola sobre la mesa.

Bill Freehafer empezó a decir algo, pero Lilly le interrumpió.

—De acuerdo, Harry, vamos —dijo Norm. No hizo ningún comentario cuando Harry llevó su saca de correo al coche.

Habían recorrido medio camino cuando Harry dio unos golpecitos a la saca, sonrió y dijo a su acompañante:

—Oye, no te reirás de mí, ¿verdad?

—¿Cómo puedo reírme de un hombre que tiene un objetivo en la vida?

Se detuvieron ante la puerta de la valla. Las cartas habían desaparecido del buzón. El candado seguía en su sitio.

—¿Y ahora qué? —preguntó Harry.

—Buena pregun...

El disparo alcanzó a Norm Lilly en pleno pecho. Era un impacto de escopeta. Lilly retrocedió y quedó muerto. Harry permaneció un instante inmóvil, conmocionado, y luego echó a correr hacia la carretera. La cruzó y se lanzó a la hondonada. Avanzó por el agua fangosa sin importarle que la saca y sus ropas se mojaran. Luego empezó a correr hacia el Muchos Nombres.

Oyó ruidos tras un recodo del camino, y por detrás también se acercaba alguien. Esta vez no querían dejar que escapara. Desesperado, Harry trepó por el terraplén, lejos de la carretera, y empezó a subir la empinada ladera de la colina, arrastrando la saca de correo. Sus botas se hundían en el barro, resbalaban. Pero él se afianzaba en el suelo y seguía subiendo.

Oyó un disparo. El ruido fue muy intenso, mucho más que el del calibre veintidós con que le habían disparado el día anterior. Quizá era otro tiro de escopeta. Harry siguió adelante. Llegó a la cima de la primera elevación y echó a correr.

No podía saber si aún iban en su busca, ni le importaba. No tenía intención de volver allí. Recordaba la expresión de sorpresa en el rostro de Norman Lilly, aquel hombrote doblándose, muerto antes de caer al suelo. ¿Qué clase de gente era aquella que disparaba sin avisar?

La colina se hizo más empinada, pero el suelo era más duro y la roca abundaba más que el barro. A Harry le pesaba la saca. Probablemente le había entrado agua. ¿Por qué seguía transportándola? «Porque es el correo, estúpido hijo de perra», se respondió a sí mismo.

El rancho Chicken era propiedad de un matrimonio de edad, comerciantes de Los Angeles retirados. Era una granja avícola totalmente automatizada. Las gallinas estaban en diminutos corrales. Los huevos salían rodando de la jaula e iban a parar a una cinta transportadora. El alimento llegaba por otra cinta, y había un suministro continuo de agua. En realidad no era un rancho, sino una fábrica.

Tal vez era un paraíso para las aves. Todos los problemas estaban resueltos, no había luchas, podían comer cuanto querían, estaban protegidos de los coyotes, tenían jaulas limpias —de eso se encargaba otro sistema automatizado—... pero debía ser una existencia bastante aburrida.

El rancho Chicken se encontraba en la siguiente colina. Antes de que Harry llegara allí vio a las aves. Pollos y gallinas deambulaban aturdidos bajo la lluvia, entre las matas mojadas, picoteando el suelo, las ramas de los arbustos, las botas de Harry, y cacareando plañideramente al cartero, como si le pidieran instrucciones.

Harry se detuvo. Debía haber ocurrido algo terrible. Los Sinanian jamás habrían dejado sueltos a los pollos.

¿Habrían atacado aquellos bastardos también allí? Harry se quedó de pie junto a la falda de la colina, sin saber qué hacer, y los pollos se amontonaron en torno suyo.

Tenía que averiguar lo que había sucedido. Eso formaba parte del trabajo. Informador, cartero, pregonero público, mensajero... Era todo aquello o no era nada. Permaneció unos momentos indeciso, tratando de reunir valor, y finalmente se dirigió a la granja.

Todo el pienso de las aves había sido desparramado por el suelo del corral. Las jaulas estaban abiertas. Aquello no era accidental. Harry recorrió la nave entre las aves que no dejaban de cacarear. Allí no había ningún indicio de lo que podía haber pasado. Salió y recorrió el sendero hasta la casa.

La puerta de la granja estaba abierta. Harry llamó, pero nadie le respondió. Finalmente entró. Apenas había luz; las persianas y las cortinas estaban cerradas y no había luz eléctrica. Harry avanzó hasta la sala de estar.

Allí encontró al matrimonio Sinanian. Estaban sentados en unos grandes sillones abultados por un relleno excesivo. Tenían los ojos abiertos y no se movían.

Amos Sinanian presentaba un orificio de bala en la sien. Los ojos sobresalían de sus órbitas. Tenía una pequeña pistola en una mano.

La señora Sinanian no tenía ninguna señal de violencia. ¿Habría muerto de un ataque al corazón? Fuera lo que fuese, su tránsito había sido apacible, sus rasgos no estaban contorsionados, y sus vestidos se encontraban bien arreglados. Ante ella había un televisor apagado. Parecía como si hubiera muerto un par de días atrás, tal vez más. La sangre de la cabeza de Amos no estaba totalmente seca. No habría muerto antes de aquella misma mañana.

No había ninguna nota, ningún signo de explicación. A Amos no le había interesado contárselo a nadie. Había dejado libres a las aves y luego se había pegado un tiro.

Harry tardó largo tiempo en decidir lo que iba a hacer. Finalmente cogió la pistola de la mano de Amos. No le costó tanto retirarla como había creído. Se metió el arma en el bolsillo y buscó en la estancia hasta encontrar una caja de balas que también se metió en el bolsillo.

—El correo se abrirá paso, qué diablos —dijo en voz alta.

En el refrigerador encontró asado frío. Se lo comió, pensando que si no lo hacía se estropearía de todos modos. La cocina de gas funcionaba. Harry no sabía cuánto propano habría en la bombona, pero no importaba. Los Sinanian no iban a usarlo.

Sacó las cartas de la saca y las colocó en el compartimiento del horno, para que se secaran. Las circulares y los prospectos eran un problema. Su información no servía de nada, pero tal vez sus destinatarios querrían aprovechar el papel. Harry llegó a una solución de compromiso, tirando las que eran delgadas, tenues y estaban empapadas y conservando las demás.

Encontró varias bolsas de plástico en la cocina y cuidadosamente introdujo cada paquete de correo en una bolsa. Una vocecilla interior le decía que aquellas eran las últimas bolsas de plástico de la Tierra.

—Muy bien —dijo en voz alta, y siguió con su tarea—. Hay que conservar las bolsas. La gente recibirá su correo, pero las bolsas pertenecen al servicio.

Una vez finalizado aquel trabajo pensó en lo que haría a continuación. Aquella casa podría ser útil. Era una buena casa, de piedra y cemento, no de madera. El corral era también de madera. La tierra no valía mucho, al menos Amos así lo decía, pero los edificios podían utilizarse. Necesitaba un lugar donde alojarse después de repartir el correo.

Su decisión significaba que debía hacerse cargo de los cadáveres. Harry no se sentía con fuerzas para cavar dos fosas, y tampoco iba a arrastrarlos para dejarlos al aire libre y que fueran pasto de los coyotes y los buitres. Tampoco había suficiente madera seca para hacer una pira.

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