Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
La mujer (la reina, pues también llevaba una diadema) se agachó a coger al perro, que rápidamente se puso en pie para esquivarla, corrió a sus espaldas y la mordió en el voluminoso trasero. El rey se echó a reír, el perro volvió a hacerse el muerto y la reina se puso a frotarse el trasero, complacida y enfadada a la vez. Predominó en ella el buen humor, no sin que antes lanzase un puntapié al animal, al que alcanzó entre el culo y los testículos, haciéndole chillar y huir, con ella tras él.
Ya a solas (no parecía saber que hubiera alguien en la sala contigua, ni que le hubiesen anunciado la llegada de César), la risa del rey fue desvaneciéndose poco a poco; se sentó en una silla y lanzó un suspiro como de satisfacción.
Del mismo modo que Mario y Julia habían experimentado una especie de conmoción al conocer al padre de este rey, César contempló más que perplejo a Nicomedes III. Alto, delgado y cimbreante, el anciano vestía una túnica de púrpura de Tiro bordada en oro y perlas que le llegaba hasta los pies, y calzaba sandalias doradas recubiertas de perlas, dejando al descubierto las uñas pintadas de purpurina. No llevaba peluca -tenía el pelo encanecido bastante corto-, pero se le notaba un profuso maquillaje de crema y polvos blancos en el rostro, además de pestañas y cejas pintadas de negro, mejillas con colorete y una boca con abundante carmín.
– Creo que la reina tiene lo que merecía -dijo César, entrando en la habitación.
Al rey de Bitinia se le salieron los ojos de las órbitas. Ante él tenía a un joven romano, vestido de viaje con coraza de cuero y faldilla también de cuero. Muy alto y ancho de hombros, aunque el resto del cuerpo era más esbelto, salvo las pantorrillas bien desarrolladas por encima de unos tobillos bien torneados cubiertos por las botas militares. Pero su cabeza, coronada de pelo rubio claro, era una contradicción: un cráneo grande y redondo, y un rostro alargado y puntiagudo. ¡Y qué rostro! Huesudo, pero unos huesos espléndidos, recubiertos de piel clara, y con unos ojazos bien espaciados y profundos. Cejas rubias y delgadas, y pestañas largas y pobladas; unos ojos inquietantes, pensó el rey, viendo aquellos iris azules bordeados de un azul tan intenso que parecía negro y que conferían a las pupilas un aire penetrante, atemperado en aquel momento por un fulgor de ironía. En cualquier caso, para el gusto del rey, no había nada en el joven comparable con aquella boca carnosa pero pequeña, y con un adorable frunce en las comisuras.
– ¡Caray, hola! -exclamó el rey, apresurándose a sentarse erguido con postura de seducción contenida.
– ¡Vamos, dejaos de tonterías! -dijo César, tomando asiento en una silla enfrente de él.
– Eres demasiado guapo para que no te gusten los hombres. ¡Ojalá tuviese diez años menos! -añadió con gesto triste.
– ¿Qué edad tenéis? -inquirió César sonriente, mostrando sus dientes blancos y perfectos.
– ¡Demasiado viejo para darte lo que yo quisiera!
– Concretad. La edad, quiero decir.
– Ochenta años.
– Se dice que un hombre no es nunca demasiado viejo.
– Para mirar no, pero para actuar si.
– Daos por satisfecho de que no podáis estar a la altura -replicó César sin dejar de sonreír-. Porque si pudierais tendría que zurraros y se crearía un incidente diplomático.
– ¡Bobadas! -dijo Nicomedes con desdén-. Eres demasiado hermoso para ser hombre de mujeres.
– En Bitinia tal vez; en Roma, desde luego que no.
– ¿No te tienta nada?
– No.
– ¡Qué pérdida tan lamentable!
– Conozco muchas mujeres que no piensan lo mismo.
– Seguro que nunca has amado a ninguna.
– Amo a mi esposa.
– ¡Nunca entenderé a los romanos! -exclamó el rey con gesto perdidamente enamorado-. Llamáis bárbaros a los demás y sois vosotros los que no estáis civilizados.
César colgó una pierna del brazo del sillón y balanceó el pie.
– Sé recitar a Homero y a Hesíodo -dijo.
– Y un pájaro también si se le enseña.
– Yo no soy un pájaro, rey Nicomedes.
– ¡Ojalá lo fueses! Te tendría en una jaula de oro para contemplarte.
– ¿Otro animal doméstico? Podría morderos.
– ¡Hazlo! -replicó el rey, mostrándole el cuello desnudo.
– No, gracias.
– ¡Así no vamos a ninguna parte! -espetó el rey malhumorado.
– Ya veo que os dais cuenta.
– ¿Quién eres?
– Me llamo Cayo Julio César y soy tribuno militar de Marco Minucio Termo, gobernador de la provincia de Asia.
– ¿Y vienes con poderes oficiales?
– Por supuesto.
– ¿Por qué no me ha avisado Termo?
– Porque yo viajo más aprisa que los mensajeros y los correos, aunque no sé por qué no me ha anunciado vuestro mayordomo -contestó César, sin dejar de balancear el pie.
En ese momento entró el mayordomo, que se quedó de piedra al ver al romano con el rey.
– ¿Que te creías, Sarpedón, que serías el primero? -preguntó el rey-. Pues olvídate. ¡No le gustan los hombres! ¿Julio? ¿Patricio?
– Sí.
– ¿Eres pariente del cónsul Lucio Julio César, que mató Cayo Mario?
– Era primo hermano de mi padre.
– Entonces tú eres el flamen dialis.
– Era el flamen dialis. Ya veo que habéis estado en Roma.
– Demasiado tiempo. Sarpedón -dijo el rey, con el ceño fruncido, al ver que el mayordomo seguía en el cuarto-, ¿has dispuesto alojamiento para nuestro ilustre huésped?
– Sí, majestad.
– Pues aguarda afuera.
Con una profunda reverencia, el mayordomo salió del cuarto andando hacia atrás.
– ¿A qué has venido? -inquirió el rey.
César puso el pie en el suelo y se sentó erguido.
– He venido a por una flota.
El rey no hizo gesto alguno.
– ¡Ah, una flota! ¿Y cuántos barcos y de qué tipo?
– Olvidáis preguntar para cuándo los quiero -añadió el extraño visitante.
– ¿Cuándo, pues?
– Quiero cuarenta naves, la mitad de ellas trirremes o mayores, y todas ellas en el puerto que decidáis a mediados de octubre -contestó César.
– ¿Dentro de dos meses y medio? ¿Y por qué no cortarme las piernas? -replicó Nicomedes, poniéndose en pie.
– Eso haré si no obtengo la flota.
El rey volvió a sentarse con gesto de sorpresa.
– Te recuerdo, Cayo Julio, que estás en mi reino y que no es una provincia de Roma -replicó Nicomedes, sin que su ridícula boca pintada de carmín pudiese transmitir la impresión de fuerza debida-. ¡Te daré lo que pueda cuando pueda! ¡Pídelo y no lo exijas!
– Querido rey Nicomedes -dijo César en tono afable-, sois un ratón en medio de un camino por el que pasan dos elefantes: Roma y el Ponto -sus ojos dejaron de sonreír y Nicomedes recordó, de pronto, al horrible Sila-. Vuestro padre murió a una edad tan avanzada que no pudisteis subir al trono hasta que ya erais viejo; y esos años que lleváis reinando os habrán mostrado lo débil que es vuestra posición, habéis pasado la mitad de ellos en el exilio y ahora estáis en este palacio sólo porque Roma os repuso en el trono por mano de Cayo Escribonio Curión. Si Roma, que está muchísimo más lejos del Ponto de lo que está Bitinia, sabe perfectamente que el rey Mitrídates dista mucho de estar acabado -¡y dista mucho de ser un viejo!-, vos también debéis saberlo. Este reino se llama amigo y aliado del pueblo romano desde la época del segundo Prusias, y vos mismo estáis firmemente ligado a Roma. Con toda evidencia, reinar es mejor que estar en el exilio; lo que significa que debéis colaborar con Roma. Si no, Mitrídates del Ponto vendrá alegremente por ese camino a enfrentarse con Roma, que llega por la dirección contraria, y el pequeño ratón resultará aplastado… por unos pies o por otros.
El rey permanecía mudo, con sus labios carmín despegados y los ojos muy abiertos. Tras una larga pausa, respiró profundamente y sus ojos se llenaron de lágrimas.