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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– Normal -se apresuró a decir Nicomedes.

– ¿Y cómo negociaréis el alquiler?

– Por medio de un agente. El más de fiar reside aquí en Calcedonia.

César pensó que, tal vez, ya que el rey de Bitinia alquilaba naves para el uso de Roma, debía ser Roma la que corriera con los gastos, pero Nicomedes parecía no darle importancia, y César no dijo nada. Por una parte, no tenía dinero, y además no estaba autorizado a buscarlo. Mejor sería aceptar las cosas tal como vinieran. Ahora empezaba a comprender por qué Roma tenía problemas en las provincias y con los reyes vasallos. Por su conversación con Termo había supuesto que Bitinia recibiría el pago por la flota más adelante, pero ahora se preguntaba cuánto tardarían en liquidarle la deuda.

– Bueno, ya está todo arreglado -dijo el rey seis días más tarde-. Tendrás la flota en el puerto de Abidos el quince de octubre. Faltan casi dos meses, que pasarás conmigo.

– Mi deber es supervisar la reunión de las naves -replicó César, no por rechazar el acoso del rey, sino convencido de que debía hacerlo así.

– No puedes -contestó Nicomedes.

– ¿Por qué?

– Porque no se hace así.

Regresaron a Nicomedia, y de buena gana por parte de César. Cuanto más conocía al anciano, más le gustaba; igual que su esposa y el perro.

Como había dos meses por delante, César pensó viajar a Pessinus, Bizancio y Troya. Por desgracia, el rey se empeñó en acompañarle a Bizancio y por mar, y César no pudo ir ni a Pessinus ni a Troya, pues lo que habría debido de ser un viaje en barco de dos o tres días se convirtió en una singladura de casi un mes. Viajaban muy despacio y con todos los formalismos, pues Nicomedes se detenía en todos los pueblecitos pesqueros para que sus habitantes le contemplaran en todo su esplendor, aunque, como deferencia para con César, sin la cara pintada.

Bizancio, de tradición griega y población no menos helenizada, existía desde seis siglos atrás sobre una península elevada en la orilla tracia del Bósforo, y tenía un puerto en el cabo norte en forma de cuerno y otro más abierto en el brazo sur; contaba con murallas muy fortificadas y altas y su riqueza era manifiesta en el tamaño y lujo de los edificios, tanto privados como públicos.

El Bósforo tracio era más bello que el Helesponto, y más majestuoso, pensó César, que había navegado por él. Que el rey Nicomedes era soberano de la ciudad se hizo evidente en cuanto la nave real llegó al muelle: todos los personajes importantes acudieron a saludarle. Sin embargo, no se le escapó a César que a él le dirigían miradas sombrías y que a algunos les disgustaba ver al rey de Bitinia en tan amigable compañía de un romano. Lo que planteaba otro dilema, pues hasta aquel momento la aparición pública de César en compañía del rey Nicomedes había tenido lugar en Bitinia, donde los súbditos conocían, querían y entendían a su soberano; pero no era así en Bizancio, donde no tardó en hacerse evidente que todos creían que el romano era el novio del rey.

Hubiera sido fácil borrar semejante suposición haciendo unos cuantos comentarios sobre viejos estúpidos que se engañaban a sí mismos, y lo fastidioso que era tener que andar negociando una flota con un viejo bobo. Pero el único inconveniente era que César no podía hacerlo; ya había cobrado cariño a Nicomedes en todos los aspectos menos en el que Bizancio suponía, y no podía herir al pobre viejo en lo que precisamente a él más le dolía: el orgullo. Pero existían motivos más que suficientes que le obligaban a dejar en claro la situación; en primer lugar y antes que nada, porque afectaba a su futuro: él pretendía llegar a lo más alto, y si ya era difícil para un individuo intentar ese duro ascenso ocultando una parte auténtica de su naturaleza, mucho peor era intentarlo sabiendo que la suposición era injustificada. Si el rey hubiese sido más joven, César hubiera optado por pedirle que él mismo disipara las sospechas, pese a que Nicomedes rechazaba la intolerancia romana de la homosexualidad como rasgo antihelenista, bárbaro incluso; pero, dada su avanzada edad, no sabía si su exigencia no le causaría una grave aflicción. Ahora veía que la vida, después de la adolescencia tutelada que se había visto obligado a llevar, a veces situaba a los hombres ante dilemas irresolubles.

El resentimiento de los bizantinos hacia los romanos se debía, evidentemente, a la ocupación de la ciudad por Fimbria y Flaco cuatro años antes, cuando, nombrados por el gobierno de Cinna, habían decidido ir a Asia y hacer la guerra a Mitrídates antes que volver a Grecia para combatir a Sila. A los bizantinos poco les importaba que Fimbria hubiese asesinado a Flaco; el hecho era que la ciudad había padecido. Y allí estaba su soberano derrochando lisonjas con otro romano.

Así, tras reflexionar sobre lo que podía hacer, César se dispuso a causar su propia impresión a los bizantinos para salvar su honra lo más posible. Su inteligencia y formación le fueron muy útiles, pero no estaba muy seguro de ese otro factor de su naturaleza que tanto deploraba su madre: su encanto. Sin embargo, mucho le valió para ganarse a los próceres de la ciudad, y harto le sirvió para apaciguar los ánimos tras el particular episodio de grosería y zafiedad de Flaco y Fimbria, pero, al final, tuvo que concluir que probablemente había reforzado las sospechas sobre sus inclinaciones sexuales, ya que en los hombres viriles no es cualidad el encanto.

César optó por un ataque frontal. La primera fase del mismo consistió en rechazar drásticamente todas las propuestas que le hacían los hombres, y la segunda en averiguar el nombre de la más famosa cortesana de la ciudad y hacer el amor con ella hasta que pidiera tregua.

– …tan grande como un burro y es tan cachondo como una cabra -comentó ella a todas sus amistades y amantes habituales, con cara de cansancio-. ¡Oh, es maravilloso! -añadió sonriente, con un suspiro, estirando los brazos voluptuosamente-. ¡Hace años que no gozaba así con un joven!

Y la cosa dio resultado. No hirió al rey Nicomedes, cuya devoción por él se reveló así como lo que era: una pasión inútil.

Volvieron a Nicomedia, a la reina Oradaltis y al can Sila, en aquel estrambótico palacio sobrecargado de pajes y de criados quisquillosos e intrigantes.

– Lamento tener que irme -dijo a la real pareja la noche de su última cena.

– No tanto como nosotros -replicó la reina malhumorada, provocando al perro con el pie.

– ¿Volverás cuando caiga Mitilene? -le preguntó el rey-. Nos gustaría volver a verte.

– Volveré. Os lo prometo -contestó César.

– ¡Estupendo! -exclamó Nicomedes con cara de satisfacción-. Ahora, te ruego que me descifres un acertijo del latín que nunca he entendido. ¿Por qué cunnus es del género masculino y mentula del femenino?

– ¡No lo sé! -contestó César, perplejo.

– Debe de haber algún motivo.

– Sinceramente, nunca lo había pensado. Pero ahora que lo decís he de reconocer que es muy curioso.

– Cunnus debería ser cunna, al tratarse del órgano genital femenino; y mentula, más bien mentulus, tratándose del pene. ¡Hay que ver lo confusos que sois los romanos, después de tanta jactancia masculina! Vuestras mujeres son masculinas y vuestros hombres femeninos -apostilló, reclinándose en la silla con una amplia sonrisa.

– No habéis elegido las palabras más finas para las partes privadas -dijo César muy serio-. Cunnus y mentula son vocablos obscenos. Debería haber pensado que la respuesta es evidente -prosiguió sin alterar su grave expresión-. Que lo masculino sea del género femenino y viceversa significa el sexo con el que debe acoplarse.

– ¡Bobadas! -exclamó el rey con los labios temblorosos.

– ¡Sofismas! -añadió la reina, encogiéndose de hombros.

– ¿Tú qué dices, Sila? -preguntó Nicomedes al perro, con el que se llevaba mucho mejor desde la llegada de César, o quizá porque Oradaltis no utilizaba tanto al animal para burlarse del anciano.

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