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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– Yo si que se lo preguntaré cuando regrese a Italia -dijo César echándose a reír.

En palacio se notó el vacío después de la marcha de César; la real pareja vagaba desconcertada, y hasta el perro andaba triste.

– Es el hijo que no hemos tenido -dijo Nicomedes.

– ¡No! -replicó con firmeza Oradaltis-. Es el hijo que nunca hubiéramos podido tener. Nunca.

– ¿Por mi predisposición hereditaria?

– ¡Claro que no! Porque no somos romanos. Es un romano.

– Quizá sea mejor decir que es como es.

– ¿Crees que volverá, Nicomedes?

– Sí, creo que si -se apresuró a contestar el rey, claramente animado.

Cuando César llegó a Abidos en los idus de octubre, se encontró con la flota prometida anclada y compuesta por dos enormes naves pónticas de dieciséis órdenes de remos, ocho quinquerremes, diez trirremes y veinte navíos bien construidos, pero no específicamente de guerra.

Como lo que deseáis es bloquear, más que perseguir a otra flota -decía la carta del rey a César-, he proporcionado naves mercantes anchas, cubiertas y transformadas, en lugar de las veinte galeras de guerra descubiertas. Si queréis impedir que los de Mitilene accedan al puerto durante el invierno, necesitaréis naves más fuertes que las galeras ligeras, que hay que varar en cuanto amenaza temporal. Las mercantes transformadas aguantarán bien, si no hay las furiosas galernas que hacen suspender toda navegación. He considerado que debías llevar esos dos grandes navíos pónticos, aunque sólo sea por su imponente aspecto; romperán cualquier cadena de obstáculo y os serán útiles cuando ataquéis. Además, el capitán del puerto de Sinope los incluyó por una bagatela, aparte del avituallamiento y la paga de las tripulaciones (quinientos hombres cada uno), pues dice que al rey del Ponto en este momento no le sirven para nada. Te adjunto la factura en hoja aparte.

Desde Abidos en el Helesponto, en la costa anatólica de la isla de Lesbos, al norte de Mitilene, la distancia era de unas cien millas, que según el primer piloto tardarían en cubrir entre cinco y diez días si el tiempo se mantenía y los barcos eran marineros.

– Pues más vale que comprobemos que lo son -dijo César.

El hombre, que no estaba acostumbrado a servir a un almirante (pues tal pensó César era su condición hasta que llegaran a Lesbos) que le ordenaba verificar los navíos antes de iniciar la expedición, reunió a los tres capataces de los astilleros de Abidos e inspeccionó detenidamente todas las naves, acompañados por César, que lo observaba todo y no cesaba de hacerles preguntas.

– ¿No os mareáis? -preguntó el primer piloto con yana esperanza.

– No, que yo sepa -contestó César con ojos risueños.

Diez días antes de las calendas de noviembre, la flota de cuarenta naves zarpaba del Helesponto, desde donde la corriente -que siempre iba del Euxino al Egeo- les condujo rápidamente hacia la boca sur del estrecho, con el promontorio de Mastusia en la orilla de Tracia y el estuario del río Escamandro en la orilla asiática.

Cerca del Escamandro estaba Troya, la fabulosa Ilión, de cuyas calcinadas minas su antepasado Eneas había huido de Agamenón. Lástima no haber podido visitar el impresionante lugar, pensó César. Ya tendría oportunidad, se dijo, encogiéndose de hombros.

El tiempo no se estropeó, y la flota, sin dispersarse, alcanzó el cabo norte de Lesbos seis días antes de lo previsto. Como no entraba en los planes de César llegar a su destino antes de las calendas de noviembre, volvió a consultar con el primer piloto y puso la flota al abrigo dentro de la rizada palma de la península de Cidonia, en la costa asiática, frente a Mitilene. El enemigo le traía sin cuidado; lo que quería era sorprender al ejército romano de asedio. Y dejar a Termo con dos palmos de narices.

– Tenéis una suerte fenomenal -dijo el primer piloto, cuando volvieron a levar anclas la víspera de las calendas de noviembre.

– ¿Por qué?

– Jamás he visto una mar mejor en esta época del año, y el tiempo se mantendrá todavía unos días.

– Entonces, al anochecer echaremos el ancla en alguna ensenada que encontremos en Lesbos, y al amanecer iré al encuentro del ejército con el navío ligero más rápido que haya -dijo César-. No tiene objeto aparecer con toda la flota hasta que el comandante me dé órdenes de dónde situarla.

César encontró al ejército poco después de salir el sol al día siguiente, y desembarcó para presentarse a Termo o a Lúculo, quienquiera que estuviera al mando. Resultó ser Lúculo, pues Termo seguía en Pérgamo.

Se vieron en un lugar desde el cual Lúculo observaba la construcción de un muro con foso a través del brazo de tierra en que se asentaba Mitilene.

Quien realmente sentía curiosidad era César -Lúculo era un hombre con fama de enojadizo que menospreciaba a los oficiales jóvenes-, y se limitó a anunciarse como simple tribuno militar. Su fama en Roma había aumentado a lo largo de los años desde que había sido fiel cuestor de Sila y el único legado que había apoyado su primera marcha sobre Roma, cuando aquél era cónsul. Desde entonces había sido partidario del dictador, a tal extremo que Sila le había confiado misiones que no suelen desempeñar los que no han sido pretores: había hecho la guerra contra Mitrídates, permaneciendo en la provincia de Asia tras el regreso de Sila a Italia, conservándosela, mientras que el gobernador Murena hacia, sin permiso de Roma, la guerra contra Mitrídates en Capadocia.

César vio a un hombre delgado, de buen aspecto y estatura un poco mayor a la media, que andaba un poco rígido, no porque tuviera mal las articulaciones sino por pura rigidez mental. No era guapo, pero tenía una fisonomía interesante con aquel rostro alargado y pálido, rematado por una cabellera espesa y ondulada gris mate. Al aproximarse, vio que sus ojos eran de un gris claro, suave y frío.

– ¿Y bien? -preguntó el comandante, frunciendo el ceño.

– Soy Cayo Julio César, tribuno militar.

– Supongo que te envía el gobernador.

– Sí.

– Bien. ¿Para qué querías verme? Estoy ocupado.

– He traído tu flota, Lucio Licinio.

– ¿Mi flota?

– La que el gobernador me mandó traer de Bitinia.

– ¡Por los dioses! -exclamó Lúculo, clavando en él su fría mirada.

César permaneció callado.

– ¡Es una buena noticia! No sabía que Termo había enviado dos tribunos a Bitinia. ¿Cuándo te envió a ti? ¿En abril?

– Creo que soy el único que envió.

– César… César… ¡Tú no puedes ser el que envió a finales de quintilis!

– Sí, yo soy.

– ¿Y ya has reunido una flota?

– Sí.

– Pues tienes que volverte con ella, tribuno. El rey Nicomedes te habrá dado una porquería.

– La flota no es ninguna porquería. Traigo cuarenta navíos que he inspeccionado personalmente en cuanto a navegabilidad: dos de dieciséis órdenes de remos, ocho quinquerremes, diez trirremes y veinte mercantes transformados, que el rey me dijo serían mejor para el bloqueo de invierno que las galeras ligeras sin puente -dijo César, reprimiendo su extraordinaria satisfacción con gran dominio.

– ¡Por los dioses! -volvió a exclamar Lúculo, examinando ya detenidamente al joven tribuno, como si fuese un personaje monstruoso de circo, al tiempo que un leve gesto de admiración aflojaba el gesto adusto de su boca y su mirada se suavizaba-. ¿Cómo lo has conseguido?

– Sé cómo persuadir a la gente.

– Me gustaría saber qué le dijiste, porque Nicomedes es de lo más tacaño que hay.

– No temas, Lucio Licinio, traigo la factura.

– Llámame Lúculo; aquí hay por lo menos seis Lucios Licinios -dijo el general, echando a andar hacia la orilla-. No hace falta que me digas que tienes la factura. ¿Cuánto nos cobra por las de dieciséis órdenes de remos?

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