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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– Bien, pues ése acusó a Roscio del asesinato de su padre. Los testigos del crimen eran sus esclavos, que, naturalmente, habían sido vendidos con las propiedades a Crisógono. Por consiguiente, no había posibilidad de que dijesen la verdad. Y Erucio está convencido de que no hay abogado capaz de asumir la defensa de Roscio, al no atreverse a denigrar el método de las proscripciones por temor a Sila.

– Pues más le vale a Erucio no dormirse sobre sus laureles -comentó Cicerón con energía-. Defenderé encantado a tu amigo Roscio, Mesala.

– ¿Y no te preocupa incomodar a Sila?

– ¡Uf! ¡Bobadas! ¡Sé cómo hacerlo exactamente y lo haré! Además, te aseguro que Sila me lo agradecerá.

Aunque en el tribunal de homicidios se habían visto otros casos, el juicio de Sexto Roscio de Amena, acusado de parricidio, levantó un gran revuelo. La ley de Sila estipulaba que presidiese el tribunal un antiguo edil, pero aquel año era presidente el pretor Marco Fanio. Cicerón, sin ningún temor, expuso la historia de Roscio en su actio prima, dejando claro para el jurado y el público que la línea principal de su defensa sería la corrupción a que daban lugar las proscripciones de Sila.

Llegó por fin el último día del juicio en que Cicerón tenía que dirigir el discurso definitivo al jurado, y, junto al presidente del tribunal, estaba Lucio Cornelio Sila, sentado en su silla curul.

La presencia del dictador no amilanó a Cicerón lo más mínimo, sino que le estimuló para elevarse a una elocuencia sin par.

– Hay tres culpables en este horrible asunto -dijo, dirigiéndose a Sila en vez de al jurado-. Los primos Tito Roscio Capito y Tito Roscio Magnus como más destacados, pero, en realidad, secundarios. No hubieran podido hacer lo que han hecho de no ser por las proscripciones, de no ser por Lucio Cornelio… Crisógono -añadió, con una marcada pausa entre los dos nombres, que hizo temer a Mesala que fuese a añadir: «Sila.+

»¿Quién es concretamente ese «hijo de oro+ -prosiguió Cicerón-, ese Crisógono? Yo os lo diré. ¡Un griego! No es ninguna desgracia. Fue esclavo. No es ninguna desgracia. Es liberto. No es ninguna desgracia. Es cliente de Lucio Cornelio Sila. No es ninguna desgracia. Es rico. No es ninguna desgracia. Es poderoso. No es ninguna desgracia. Es el administrador de las proscripciones. No es ninguna desgracia… ¡Eh, no, no, no! ¡Perdonadme, padres conscriptos! Ya veis lo que sucede cuando uno se deja llevar por la retórica. ¡Cuidado! ¡Habría podido pasarme horas diciendo «no es ninguna desgracia» y hubiera cavado mi tumba retórica. No.

Cicerón, ya en pleno arrebato oratorio, hizo una pausa para demostrar que hablaba sabiendo bien lo que decía.

– Lo repetiré. Es administrador de las proscripciones. ¡Y eso sí que es una desgracia monumental, olímpica! ¿Veis todos a ese hombre magnífico, sentado en su silla curul; ese paradigma romano de virtud, ese general sin rival, ese legislador que ha dado nuevas pautas de gobierno, ese diamante fulgurante en la corona de la gens Cornelia? ¿Le veis todos? ¿Sentado ahí, tan apaciblemente como si fuese Zeus? ¿Le veis todos? ¡Miradle bien!

Cicerón dio la espalda a Sila para mirar al jurado, agachando un poco la cabeza, componiendo bajo la toga una escuálida figura que, sin embargo, parecía tener los músculos de Hércules y la majestad de Apolo.

– Hace años, este hombre magnífico se compró un esclavo para que fuese su mayordomo. Un excelente mayordomo, por cierto. Cuando la difunta esposa de este gran hombre tuvo que huir de Roma a Grecia, tuvo a su lado al mayordomo para ayudarla y consolarla, y fue el mayordomo quien se hizo cargo de la familia de este gran hombre (esposa, hijos, nietos y criados), mientras nuestro gran Lucio Cornelio Sila avanzaba por la península italiana como un titán. Era un mayordomo de confianza que no traicionó esa confianza. Y fue manumitido y adoptó las dos primeras partes del glorioso nombre del amo: Lucio Cornelio, y, como es costumbre, lo apellidó con su propio cognomen de Crisógono. El hijo de oro. Sobre el que se fueron acumulando honores y honores, crecientes confianzas, ingentes responsabilidades. No era un simple mayordomo liberto de una gran casa, sino el gestor, administrador y ejecutor de un proceso previsto para cumplir dos propósitos: en primer lugar, dar el justo castigo a todos los traidores que respaldaron a Mario, que respaldaron a Cinna y respaldaron incluso a un insecto repugnante como Carbón; y, segundo, emplear los bienes y tierras de los traidores para restaurar la prosperidad de la empobrecida Roma.

Cicerón cruzó de arriba abajo el espacio ante el tribunal presidido por Fanio, sujetándose con la mano izquierda la toga sobre el hombro y el brazo derecho caído, pegado al cuerpo. Todos estaban quietos, con los ojos clavados en él y conteniendo la respiración.

– ¿Y qué es lo que hizo ese Crisógono? Mientras ante su patrocinador mantenía su radiante rostro sonriente, secretamente se dedicaba a ejercer su venganza contra éste que le había insultado, contra aquél que le había estorbado, y actuando sobre todo al amparo de la noche, y, con inicua pluma y traicionando la confianza de su patrón, insertaba los nombres de aquellos cuyas propiedades codiciaba, en connivencia con gusanos y sabandijas para enriquecerse a costa de su patrón, a expensas de Roma. ¡Ah, pero qué astuto era, miembros del jurado! ¡Cómo urdía y se las ingeniaba para ocultar las pistas, cómo adulaba a su amo, cómo manipulaba su cohorte de alcahuetes y maleantes, cómo se esmeraba por asegurarse de que su noble e ilustre patrón no tuviera idea de lo que estaba sucediendo realmente! Pues eso es lo que sucedió: que abusó del modo más vil y despreciable de la confianza y la autoridad otorgadas.

Y, echándose a llorar, Cicerón profirió fuertes sollozos, se retorció las manos y encorvó el cuerpo en un paroxismo de dolor.

– ¡Ah, no puedo mirarte, Lucio Cornelio Sila! Que yo… un hombre bajo y sencillo del campo del Lacio… un rústico, un palurdo, un leguleyo del agro, que sea yo quien tenga que quitarte el velo de los ojos, quien te los abra a… ¿qué adjetivo hallaría yo para calificar el grado de trapacería de tu más estimado cliente, Lucio Cornelio Crisógono? ¿Vil, repugnante, despreciable trapacería? ¡Una trapacería que no tiene nombre!

Ya no había lágrimas.

– ¿Por qué tenía que ser yo? ¿No podía haber sido cualquier otro? ¿No podía haber sido tu pontífice máximo o tu mestre ecuestre, grandes próceres los dos y colmados de honores? Pero no, me cupo a mí en suerte. Y no lo quería; pero lo acepto. Porque, miembros del jurado, ¿qué consideráis que debo hacer? ¿Ahorrar al gran Lucio Cornelio Sila la grave aflicción callando el engaño de Crisógono, o salvar la vida de un hombre que, aunque acusado de la muerte de su padre, no ha hecho realmente nada que justifique esa acusación? ¡Sí, naturalmente! Hay que optar por el desconcierto y la pública mortificación de un hombre honorable, distinguido, ¡legendario!, porque no podemos condenar injustamente a un hombre inocente -hizo una pausa y se irguió, severo-. Miembros del jurado, he dicho.

El veredicto, por supuesto, fue el previsto: ABSOLVO. Sila se puso en pie y se dirigió hacia donde estaba Cicerón, del que se apartaron los que le rodeaban.

– Muy bien, delgado jovencito -dijo el dictador, tendiéndole la mano-. ¡Qué magnífico actor hubieras podido ser!

Cicerón estaba tan eufórico que ni notaba sus pies en el suelo, pero se echó a reír y estrechó alegremente la mano.

– ¡Qué actor soy, querrás decir! ¿Qué es la buena abogacía sino actuar conforme a lo que se dice?

– Pues acabarás siendo el Tespis de los tribunales de Sila.

– Con tal que me perdones las libertades que me he tenido que tomar en este juicio, Lucio Cornelio, seré lo que quieras.

– ¡Ah, te lo perdono! -replicó Sila, displicente-. Creo que perdonaría cualquier cosa con tal de ver un buen espectáculo. Y, con una sola excepción, nunca había visto una representación igual, mi querido Cicerón. Además, ya hacía tiempo que pensaba en cómo deshacerme de Crisógono… tan tonto no soy; pero resultaba espinoso. ¿Y Sexto Roscio? -preguntó el dictador, mirando a su alrededor.

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