Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– ¡No hay derecho! -exclamó rompiendo a llorar.
Profundamente exasperado, César se puso en pie y metió la mano en la sobaquera de la coraza para sacar un pañuelo que arrojó desdeñosamente al rey.
– ¡Sobreponeos para no deshonrar vuestra posición! Aunque hayamos comenzado sin ceremonia, es una entrevista entre el rey de Bitinia y el representante oficial de Roma. ¡Y ahí estáis sentado y vestido como una saltatrix tonsa y os ponéis a lloriquear cuando se os dice la cruda verdad! ¡No me han enseñado a castigar a venerables ancianos, que además son reyes vasallos de Roma, pero me incitáis a hacerlo! Id a lavaros la cara, rey Nicomedes, y volveremos a empezar.
Dócil como un niño, el rey de Bitinia se puso en pie y salió del cuarto, para regresar al poco tiempo con el rostro limpio y acompañado de criados con bandejas de refrescos.
– Vino de Quíos -dijo el monarca, sentándose y dirigiendo una amplia sonrisa a César sin resentimiento-. ¡Veinte años tiene!
– Os lo agradezco, pero tomaré agua.
– ¿Agua?
– Pues si -respondió César, de nuevo con ojos risueños-; no me gusta el vino.
– Menos mal que el agua de Bitinia es famosa -dijo el rey-. ¿Qué quieres comer?
– Cualquier cosa -respondió César, encogiéndose de hombros.
El rey Nicomedes miraba ya de otra manera a su huésped; una mirada inquisitiva en la que no primaba la complacencia por su atractivo viril; una mirada que trataba de profundizar en lo que en un primer momento le había fascinado de César.
– ¿Qué edad tienes, Cayo Julio?
– Preferiría que me llamarais César.
– Hasta que pierdas tu maravillosa cabellera -replicó el rey, dando muestra de que había estado lo bastante en Roma como para aprender algo de latín.
César se echó a reír.
– ¡Sí, reconozco que es gracioso llevar un sobrenombre que significa eso! Espero que la conserve hasta la vejez como los Césares y no como los Aurelios, que la pierden. Tengo diecinueve años -añadió tras una breve pausa.
– ¡Más joven que mi vino! -dijo el monarca, maravillado-. Tienes algo de Aurelio, ¿verdad? ¿Orestes o Cotta?
– Mi madre es una Aurelia de los Cotta.
– ¿Y te pareces a ella? No te encuentro mucho parecido con Lucio César ni con César Estrabón.
– Tengo rasgos de ella y de mi padre. El parecido que tengo con los Césares no es el de Lucio César, que es el más joven, sino Catulo César, el mayor. Los tres murieron al regresar Mario, si recordáis.
– Si -contestó Nicomedes dando pensativo un sorbo de vino-. A los romanos suele impresionarles la realeza. Están encantados con el concepto republicano, pero son sensibles a la realeza. Pero a ti no te impresiona lo más mínimo.
– Majestad, si Roma tuviera rey, yo lo sería -contestó César sin inmutarse.
– ¿Porque eres patricio?
– ¿Patricio? -repitió César, perplejo-. ¡No, por los dioses! ¡Yo soy un Julio! Desciendo de Eneas, cuyo padre era mortal pero que tuvo por madre a Venus… Afrodita.
– ¿Desciendes de Ascanio, hijo de Eneas?
– Nosotros a Ascanio le decimos Iulus -contestó César.
– ¿El hijo de Eneas y Creusa?
– Según algunos. Creusa pereció en las llamas de Troya, pero su hijo escapó con Eneas y Anquises, y llegó al Lacio. Pero Eneas tuvo también un hijo con Lavinia, la hija del rey Latino. Y él también se llamaba Ascanio y Iulus.
– Entonces, ¿de qué hijo de Eneas eres descendiente?
– De los dos -contestó César muy serio-. Yo lo que creo es que sólo hubo un hijo; la controversia estriba en quién fue la madre, pues es sabido que el padre era Eneas. Es más sugestivo creer que Iulus era hijo de Creusa, pero yo más bien me inclino a creer que era hijo de Lavinia. Al morir Eneas, Iulus fundó la ciudad de Alba Longa en el monte Albano, más arriba de Bovillae. Y allí murió, dejando el gobierno en manos de su familia, los Julios. Éramos reyes de Alba Longa, y después, cuando cayó en manos del rey Servio Tulio de Roma, fuimos a Roma como ciudadanos prominentes, como lo demuestra el hecho de que somos los sacerdotes hereditarios de Júpiter Latiaris, mucho más antiguo que Júpiter Optimus Maximus.
– Yo creía que eran los cónsules quienes celebraban sus ritos -comentó Nicomedes, revelando una vez más sus conocimientos del mundo romano.
– Sólo una vez al año, como privilegio.
– Pues si los Julios son tan augustos, ¿por qué no han sido más enaltecidos durante los siglos de república?
– Dinero -replicó César.
– ¡Ah, el dinero! -exclamó el rey-. ¡Horrible cosa, César! Para mi también. No tengo dinero para darte esa flota… Bitinia está en la ruina.
– Bitinia no está en la ruina y me daréis la flota. Si no, seréis aplastado como un ratón bajo la pata de un elefante.
– ¡¡No tengo esa flota!!
– ¿Pues qué hacéis ahí sentado perdiendo el tiempo? -le espetó César poniéndose en pie-. ¡Dejad la copa, rey Nicomedes, y poneos manos a la obra! ¡Vamos, arriba! -añadió, cogiendo al rey por el codo-. Iremos al puerto a ver qué podemos encontrar.
Furioso, Nicomedes se zafó de César.
– ¿Vas a dejar de decirme lo que debo hacer?
– ¡No, hasta que lo hagáis!
– ¡Lo haré, lo haré!
– Ahora. Nada hay como el presente.
– Mañana.
– Mañana puede aparecer el rey Mitrídates por detrás de las montañas.
– ¡Mañana no aparecerá Mitrídates! Está en Cólquida y han muerto dos tercios de su ejército.
– Explicaos -dijo César, sentándose, con expresión de interés.
– Fue con doscientos mil soldados a dar una lección a los salvajes del Cáucaso por haber asolado la Cólquida. ¡Muy propio de Mitrídates! No se le ocurrió pensar que podría ser derrotado llevando tantos soldados; pero los salvajes ni siquiera necesitaron luchar contra él. El frío en la alta montaña acabó con su ejército. Dos tercios de las tropas del Ponto han muerto de congelación -añadió Nicomedes.
– Roma no lo sabe -dijo César con el ceño fruncido-. ¿Por qué no informasteis a los cónsules?
– Porque acaba de suceder… y, además, ¡no es asunto mío decírselo a Roma!
– Mientras seáis amigo y aliado, ya lo creo que lo es. Lo último que sabíamos de Mitrídates es que se hallaba en Cimeria reorganizando sus tierras al norte del Euxino.
– Lo hizo en cuanto Sila ordenó a Murena que no atacase al Ponto -dijo Nicomedes, asintiendo con la cabeza-. Pero la Cólquida se había mostrado reacia a pagar tributo, y él se puso en marcha para enderezar la situación, y fue cuando descubrió las incursiones de esos bárbaros.
– Muy interesante.
– Así que ya ves que no hay elefante.
– ¡Ya lo creo que sí! -exclamó César con los ojos centelleantes -. Y más grande: un elefante llamado Roma.
El rey de Bitinia no pudo evitar soltar la carcajada.
– ¡Me rindo, me rindo! ¡Tendrás la flota!
En aquel momento entró la reina Oradaltis, con el perro detrás, y se encontró a su anciano esposo con la cara sin afeites y llorando de risa. Y, a decente distancia, un joven romano de porte más parecido a los que solían sentarse bien cerca de Nicomedes.
– Querida, te presento a Cayo Julio César -dijo el rey, una vez calmada la hilaridad-. Es descendiente de la diosa Afrodita y de mucha más alcurnia que nosotros. Acaba de lograr mañosamente que le entregue una gran flota.
La reina (que sabía perfectamente a qué atenerse respecto a su consorte) dirigió a César una regia reverencia.
– Mucho me extraña que no le hayas dado el reino -dijo, sirviéndose una copa de vino y cogiendo un pastelillo antes de sentarse.
El perro se acercó a César y se tumbó a sus pies, zalamero, y
cuando él le dio una sonora palmada, se estiró, dándose la vuelta
y mostrándole la barriga para que le rascara.
– ¿Cómo se llama? -preguntó César, que era amante de los perros.