El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Mientras el Hombre Pájaro cogía el banco y sus botes y cruzaba la puerta de costado, Kahlan tradujo a Richard sus instrucciones. Al rato llamó a Caldus y después a cada uno de los ancianos. Savidlin fue el último. El hombre no les habló ni pareció darse cuenta de su presencia. Los espíritus estaban en sus ojos.
Kahlan y Richard esperaron sentados en silencio en la habitación oscura y vacía. Kahlan jugueteaba con el talón de una de sus botas, tratando de no pensar en lo que se había comprometido a hacer, pero sin podérselo quitar de la cabeza.
Richard estaría desarmado sin su espada, sin protección. Pero ella conservaría su poder. Ella sería su protección. Aunque no lo había dicho, ésa era la otra razón por la que ella tenía que asistir a la reunión; si algo iba mal sería ella quien muriera y no él, seguro. Ya se encargaría ella de eso. Kahlan se armó de valor y se sumergió en su interior. Entonces oyó al Hombre Pájaro llamar a Richard, y éste se levantó.
—Esperemos que esto funcione. Si no, tendremos muchos problemas. Me alegro de que tú también vayas a estar. —Era una advertencia para que estuviera alerta.
—Recuerda, Richard, ahora ésa también es nuestra gente y nosotros somos parte de ellos. Su intención es ayudar, y lo harán lo mejor que puedan.
Kahlan se quedó sentada abrazándose las rodillas hasta que oyó su nombre. Entonces salió afuera, a la fría y negra noche. El Hombre Pájaro estaba sentado en el pequeño banco contra el muro de la casa de los espíritus. En la oscuridad Kahlan vio que iba desnudo, con símbolos de líneas quebradas, bandas y espirales pintados por todo el cuerpo. El cabello plateado le caía sobre los hombros. Los pollos, posados sobre un murete próximo, los vigilaban. A los pies de un cazador, situado de pie junto al Hombre Pájaro, se veían pieles de coyote, ropas y la espada de Richard.
—Quítate la ropa—le ordenó el Hombre Pájaro.
—¿Y él?—inquirió Kahlan, señalando al cazador.
—Está aquí para coger la ropa y llevarla a la plataforma de los ancianos, para que la gente vea que estamos en una reunión. Antes del alba las devolverá, para que todos sepan que la reunión ha acabado.
—Dile que se dé la vuelta.
El Hombre Pájaro impartió la orden y el cazador obedeció. Kahlan cogió la punta del cinturón y tiró para soltar la hebilla. Hizo una pausa y miró al Hombre Pájaro.
—Muchacha—dijo éste suavemente—,esta noche no eres ni hombre ni mujer. Eres una persona barro. Esta noche, yo tampoco soy ni hombre ni mujer. Soy el guía de los espíritus.
Kahlan asintió, se quitó la ropa y se quedó de pie ante él, sintiendo el frío aire nocturno en la piel desnuda. El Hombre Pájaro cogió un poco de barro blanco de uno de los botes. Sus manos se detuvieron ante ella. Kahlan esperaba. Pese a lo que había dicho, era evidente que no las tenía todas consigo. Ver era una cosa, pero tocar era muy distinto.
Kahlan le cogió la mano y tiró de ella con firmeza hacia su barriga, notando el frío barro en su piel.
—Hazlo—ordenó.
Al acabar abrieron la puerta de la casa de los espíritus y entraron. El Hombre Pájaro fue a ocupar su sitio en el círculo de los ancianos pintados, mientras que ella se sentaba frente a él, al lado de Richard. Líneas negras y blancas surcaban diagonalmente el rostro del joven en un impresionante dibujo; era la máscara que todos llevaban para los espíritus. Los cráneos, normalmente colocados encima de las repisas, ocupaban el centro del círculo. Un pequeño fuego ardía bajo en la chimenea, a espaldas de la mujer, desprendiendo un extraño y acre olor. Los ancianos tenían la vista fija enfrente mientras salmodiaban palabras que Kahlan no entendía. El Hombre Pájaro alzó su distante mirada y la puerta se cerró sola.
—Desde ahora y hasta que acabemos, poco antes del alba, nadie podrá salir y nadie podrá entrar. Los espíritus han bloqueado la puerta.
Kahlan recorrió la habitación con la mirada, pero no vio nada. Un escalofrío le recorrió la columna. El Hombre Pájaro cogió una cesta de junco situada a su lado, metió la mano dentro y sacó un pequeño sapo. A continuación pasó la cesta al siguiente anciano. Todos sacaron un sapo y empezaron a frotar la espalda del animal contra su pecho. Cuando le llegó a ella, la sostuvo con ambas manos y miró al Hombre Pájaro.
—¿Por qué hacemos esto?
—Son sapos espíritu rojos, muy raros de encontrar. Su espalda secreta una sustancia que nos hace olvidar este mundo y nos permite ver los espíritus.
—Honorable anciano, es posible que ahora sea una mujer barro, pero también soy una Confesora y debo controlar en todo momento mi poder. Si olvido este mundo es posible que no sea capaz de hacerlo.
—Es demasiado tarde para echarse atrás. Los espíritus están con nosotros. Te han visto, han visto los símbolos pintados que abren sus ojos. Ahora no puedes marcharte. Si entre nosotros hay alguien a quien no pueden ver lo matarán y robarán su espíritu. Comprendo tu problema pero no puedo ayudarte. Tendrás que esforzarte al máximo para contener el poder. Si no eres capaz de hacerlo, uno de nosotros estará perdido. Es el precio que tendremos que pagar. Si quieres morir deja el sapo dentro de la cesta. Pero si quieres detener a Rahl el Oscuro cógelo.
Kahlan miró con ojos desorbitados la sombría cara del hombre y metió la mano en la cesta. El sapo se retorció y se debatió en su mano, mientras ella pasaba la cesta a Richard y le decía qué debía hacer. Entonces tragó saliva y frotó la fría y viscosa espalda del sapo contra su piel, entre sus pechos —donde no había símbolos pintados—, se lo restregó por todas partes en círculos, siguiendo el ejemplo de los ancianos. Cuando la sustancia viscosa entraba en contacto con su piel, sentía un hormigueo y una sensación de tirantez. La sensación se fue extendiendo por todo su cuerpo. El sonido de los tambores y las boldas se fue haciendo cada vez más fuerte en sus orejas, hasta que tuvo la impresión de que no había nada más en el mundo. Su cuerpo vibraba con el ritmo. En su mente aferró el poder, agarrándolo con fuerza, y se concentró en la tarea de controlarlo. Luego, esperando que eso bastara, se dejó ir.
Todo el mundo cogió la mano de la persona que tenía al lado. Kahlan veía borrosas las paredes de la habitación. Su conciencia tremolaba como ondas en un estanque, flotaba, cabeceaba, daba bandazos. Sentía que empezaba a girar en círculo con los demás, una y otra vez, alrededor de los cráneos. Todos fueron absorbidos en un suave vacío de nada. Rayos de luz que brotaban del centro giraban con ellos.
Unas formas los rodearon y empezaron a cercarlos. Aterrorizada, Kahlan las reconoció: eran sombras.
La mujer trató de gritar pero apenas podía respirar, por lo que apretó la mano de Richard. Tenía que protegerlo. Entonces intentó levantarse y cubrirlo con su cuerpo, para que las sombras no pudieran tocarlo. Pero no podía moverse. Horrorizada, se dio cuenta de que era porque unas manos, manos de las sombras, se lo impedían. Kahlan luchó y luchó para ponerse en pie y proteger a Richard. El pánico la embargó. ¿Ya la habían matado? ¿Estaba muerta? ¿No era más que un espíritu? ¿Incapaz de moverse?
Las sombras la miraban fijamente. Las sombras no tenían rostro, pero éstas sí; eran rostros de gente barro.
Con indecible alivio se dio cuenta de que no eran sombras, sino los espíritus de los antepasados. Contuvo la respiración, pugnó por controlar el pánico y se relajó.
—¿Quién convoca esta reunión?
Los espíritus hablaban. Todos a la vez. Juntos. Era un sonido hueco, monótono, muerto, que casi la dejó sin respiración. Pero era la boca del Hombre Pájaro la que se movía.
—¿Quién convoca esta reunión?—repitieron.
—Este hombre—contestó Kahlan—,el hombre sentado a mi lado. Richard, el del genio pronto.
Los espíritus flotaron entre los ancianos y se reunieron en el centro del círculo.
—Soltad sus manos.
Kahlan y Savidlin soltaron las manos de Richard. Los espíritus giraron en el centro del círculo y, de pronto, atravesaron uno a uno el cuerpo del joven.