La historia del loco [The Madman's Tale - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
Francis volvió a observar a la gente reunida. Ningún paciente se había fijado en él al entrar, ninguno lo observaba, ninguno lo miraba con malevolencia, odio o rabia.
Sospechaba que eso podría cambiar.
Inspiró hondo. Si eso era así, corría más peligro rodeado de pacientes y personal del hospital, sentado junto a Negro Grande, que nunca. Peligro debido al hombre que creía que también estaba en esa habitación. Y corría peligro debido a lo que se estaba desatando en su interior.
Se mordió el labio y trató de vaciar su mente. Se dijo que debía ser una mera hoja en blanco y esperar a que escribieran algo en ella. Se preguntó si el auxiliar podría notar su respiración superficial y su frente o sus manos sudorosas, y haciendo acopio de fuerza de voluntad se ordenó: Cálmate.
Entonces dijo mentalmente a todas sus voces: Todo el mundo necesita una salida.
Rogó que nadie, en especial Negro Grande, el señor del Mal o alguno" de los demás administradores, notara su agitación. Estaba sentado en el borde de la silla, nervioso, asustado, pero obligado a estar ahí y a escuchar, porque esperaba oír algo importante. Deseaba que Peter estuviera a su lado, o Lucy, aunque no creía que los hubiese convencido de que aquello era vital. Ahora estaba solo, y suponía que estaba más cerca de una respuesta de lo que nadie podía imaginar.
Lucy cruzó las puertas del depósito de cadáveres y sintió el frío del aire acondicionado. Era una pequeña habitación en el sótano de un edificio situado en la periferia de los terrenos del hospital, que solía usarse para almacenar equipo obsoleto y suministros largo tiempo olvidados. Poseía la discutible ventaja de estar cerca del improvisado cementerio. Había una mesa de autopsia de metal reluciente en el centro y una hilera de media docena de contenedores refrigerados en una pared. Una vitrina contenía una modesta selección de escalpelos e instrumental quirúrgico. En un rincón había un archivador y un escritorio con una maltrecha máquina de escribir Selectric IBM. Un ventanuco situado a gran altura en la pared daba al suelo exterior y apenas permitía que un tenue rayo de luz se colara a través de una espesa capa de suciedad. Un par de fluorescentes de techo zumbaban como un enjambre de insectos.
La sala parecía un lugar abandonado, y un ligero hedor a excrementos impregnaba el aire frío. Sobre la mesa de autopsia había una tablilla que sujetaba un juego de formularios. Lucy buscó con la mirada a algún auxiliar pero no había nadie, así que se adentró en la habitación. La mesa de autopsia disponía de dos canales que llegaban hasta el desagüe del suelo. Ambos mostraban manchas oscuras. Tomó la tablilla y leyó el informe preliminar de la autopsia, que exponía lo evidente: Cleo había muerto de asfixia provocada por una sábana utilizada como soga. Sus ojos se detuvieron en la anotación correspondiente a la mutilación, que describía el pulgar seccionado, y luego en el diagnóstico, que era esquizofrenia de tipo paranoide no diferenciada, con delirios y tendencias suicidas. Lucy sospechaba que esta última observación se había añadido, como muchas otras cosas, post mortem. Cuando alguien se ahorca, sus tendencias suicidas se vuelven bastante claras.
Siguió leyendo. No constaba ningún familiar cercano y la casilla para indicar a quién notificar en caso de muerte o lesiones estaba tachada.
En una ocasión, un célebre médico forense había dictado una clase sobre pruebas y, en términos presuntuosos, había dicho a los estudiantes de Derecho, entre los que se encontraba Lucy, que los muertos hablaban con gran elocuencia sobre la forma de su muerte y a menudo señalaban directamente a la persona que los había llevado a ella. La clase había contado con una gran asistencia y había sido bien recibida, pero ahora a Lucy le pareció abstracta y lejana. Lo que ella tenía era un cadáver silencioso en un refrigerador situado en un rincón de un sótano sombrío, y un protocolo de autopsia incluido en una hoja amarilla sujeta a una tablilla, y no creía que le dijera nada, en especial nada que pudiera ayudarla a encontrar al asesino.
Volvió a dejar la tablilla en la mesa y se dirigió hacia el refrigerador. Ninguna de las puertas estaba marcada, de modo que tiró de la primera, y luego de la siguiente, donde encontró un paquete de seis latas de coca-cola que alguien había puesto a enfriar. La tercera parecía encallada, y ella intuyó que contenía el cuerpo. Inspiró hondo y consiguió abrirla unos centímetros.
En efecto, allí estaba el cadáver desnudo de Cleo.
Quedaba muy ajustada en el contenedor debido a su corpulencia, y la bandeja corredera sobre la que descansaba no se movió cuando Lucy tiró de ella.
Apretó los dientes para dar un tirón más fuerte pero oyó que la puerta de la sala se abría. Se giró y vio al doctor Gulptilil.
Este la observó con extrañeza un instante, pero cambió de expresión y sacudió la cabeza.
– Señorita Jones -dijo-, menuda sorpresa. Creo que no debería estar aquí.
Lucy no contestó.
– A veces -prosiguió el médico-, hasta una muerte tan pública como la de la señorita Cleo debería gozar de cierta intimidad.
– Estoy de acuerdo, al menos en principio -repuso Lucy con altivez. Su sorpresa inicial quedó sustituida de inmediato por la beligerancia que usaba como armadura.
– ¿Qué espera averiguar aquí?
– No lo sé.
– ¿Cree que esta muerte puede revelarle algo? ¿Algo que todavía no sepa?
– No lo sé -repitió Lucy, incómoda al ver que no se le ocurría una respuesta mejor.
El médico se acercó a ella, y su cuerpo grueso y su piel oscura relucieron bajo las luces del techo. Avanzó con una rapidez que contrastaba con su figura en forma de pera, y Lucy pensó que iba a cerrar de golpe la tumba temporal de Cleo. Pero lo que hizo, en cambio, fue tirar de la bandeja con el cadáver, de modo que el torso de Cleo quedó al descubierto entre ambos.
Lucy observó las marcas púrpuras que rodeaban su cuello. Parecía que la piel, que ya había adquirido una tonalidad blanca como la porcelana, las hubiera absorbido. La difunta lucía una sonrisita grotesca en los labios, como si la muerte le hubiera hecho gracia. Lucy inspiró y exhaló despacio.
– Quiere que las cosas sean simples, claras, evidentes -comentó Gulptilil-. Pero nunca son así, señorita Jones. Por lo menos aquí.
Lucy asintió. El médico sonrió con ironía, de una forma parecida a Cleo.
– Los signos externos de la estrangulación son patentes -afirmó-, pero las pulsiones reales que la condujeron a este final son opacas. E imagino que la verdadera causa de la muerte escaparía incluso al más distinguido patólogo del país, porque la locura lo oscurece todo.
El doctor Gulptilil tocó la piel de Cleo brevemente. Miraba su cadáver pero dirigía las palabras a Lucy.
– Usted no comprende este sitio -indicó-. No ha hecho ningún esfuerzo por comprenderlo desde que llegó, porque lo hizo con los mismos miedos y prejuicios de las personas que no están familiarizadas con los enfermos mentales. Aquí, lo anormal es normal y lo extraño es habitual. Ha enfocado su investigación como si el hospital fuera parte del mundo exterior. Ha buscado pruebas fidedignas y pistas reveladoras. Ha examinado las historias clínicas y recorrido los pasillos, como habría hecho si éste no fuera el sitio que es. Por supuesto, todo ello es, como he intentado explicarle, inútil. Así que me temo que sus esfuerzos están destinados al fracaso. Como yo había intuido desde el principio.
– Todavía me queda algo de tiempo.
– Sí. Y quiere provocar una reacción en ese misterioso y tal vez inexistente asesino. Quizá sería una actividad adecuada en su mundo, señorita Jones. Pero ¿aquí?
– ¿No cree que el factor sorpresa puede favorecerme? -Lucy se señaló los mechones cortados.