La historia del loco [The Madman's Tale - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
– Me iría bien -insistió Francis.
El auxiliar pareció dubitativo, pero se encogió de hombros.
– No sé si creer lo que me estás diciendo, Pajarillo. Pero te diré qué haremos. Si me prometes no causar problemas, te llevaré conmigo y podrás sentarte a mi lado y observar. Podría suponer la infracción de alguna norma. No lo sé. Pero me parece que hoy ya se han infringido unas cuantas.
Francis suspiró.
En su cabeza se estaba formando un retrato, y ésta era una pincelada importante.
A media mañana, con un cielo encapotado y un calor pegajoso que cargaba el aire, Lucy Jones, un Peter esposado y Negro Chico caminaban despacio por los senderos del hospital. Al parecer iba a llover pronto. Al principio, los tres iban callados, e incluso sus pasos parecían amortiguados por el denso calor y el cielo plúmbeo. El auxiliar se secó la frente y se miró el sudor acumulado en la palma de la mano.
– Joder, se nota que el verano se acerca. -Era cierto.
Dieron unos cuantos pasos más y Peter se detuvo de golpe.
– ¿El verano? -repitió. Alzó los ojos, como si buscara el sol y el cielo azul, pero no estaban. Fuera lo que fuese lo que quería encontrar, no estaba en aquella atmósfera húmeda-. Señor Moses, ¿qué está pasando?
Negro Chico se paró y lo miró.
– ¿Qué quieres decir? -quiso saber.
– Me refiero en el mundo. En Estados Unidos. En Boston o en Springfield. ¿Juegan bien los Red Sox? ¿Todavía hay rehenes en Irán? ¿Hay manifestaciones? ¿Discursos? ¿Va bien la economía? ¿Qué pasa con el mercado de valores? ¿Cuál es la película más taquillera?
– Deberías hacer esas preguntas a Noticiero -respondió Negro Chico sacudiendo la cabeza-. Es él quien se sabe todos los titulares.
Peter miró alrededor y contempló los edificios.
– La gente cree que son para mantenernos a todos dentro-comentó-. Pero no así. Esas paredes mantienen el mundo fuera. -Sacudió la cabeza-. Es como estar en una isla. O como ser uno de esos japoneses perdidos en la selva a quienes nadie dijo que la guerra había terminado y que pensaron año tras año que estaban cumpliendo con su deber, luchando por su emperador. Estamos perdidos en la dimensión desconocida, donde todo nos deja de lado. Los terremotos. Los huracanes. Los desastres de todo tipo, provocados por el hombre y por la naturaleza.
Lucy pensó que Peter tenía toda la razón.
– ¿Quieres insinuar algo? -preguntó.
– Sí. En la tierra de las puertas cerradas con llave, ¿quién sería el rey?
– El hombre con las llaves -respondió Lucy.
– Y ¿cómo preparas una trampa para un hombre que puede abrir cualquier puerta?
– Logrando que abra la puerta donde estás esperándolo -respondió Lucy tras pensar un instante.
– Exacto. ¿Y cuál sería esa puerta?
Miró a Negro Chico, que se encogió de hombros. Pero Lucy reflexionó y abrió los ojos como ante una revelación providencial.
– Sabemos que abrió una puerta -afirmó-. La puerta que me trajo aquí.
– ¿A qué puerta te refieres?
– ¿Dónde estaba Rubita cuando fue a por ella?
– Sola en el puesto de enfermería del edificio Amherst, de noche.
– Entonces es ahí donde yo debo estar -concluyó Lucy.
29
A mediodía había empezado a llover, una llovizna irregular interrumpida con frecuencia por chaparrones fuertes o por breves calmas entre chubascos. Francis había seguido a Negro Grande deseando que el corpachón del auxiliar le sirviese de protección para mantenerse fresco detrás de él. Era la clase de día que sugería la proliferación de enfermedades: caluroso, sofocante, bochornoso y húmedo, de cariz casi tropical, como si de repente la sequedad habitual de Nueva Inglaterra hubiese adquirido en el hospital una extraña característica selvática. Era un clima fuera de lugar y loco como todos ellos. Hasta la ligera brisa que agitaba los árboles poseía una densidad extraña.
Como era costumbre, las vistas de altas se celebraban en el edificio de administración, en el comedor del personal, que se transformaba para la ocasión en improvisado tribunal. Había mesas para los funcionarios y para los abogados de los pacientes. Se habían dispuesto filas de incómodas sillas plegables para los pacientes y sus familias. Se incluía una mesa para un taquígrafo y un asiento para los testigos. La sala estaba concurrida, pero no abarrotada, y los presentes hablaban en susurros. Francis y Negro Grande se sentaron en la última fila. Francis creyó que el aire de la habitación era sofocante, pero luego pensó que tal vez no era tanto el aire como la nube de esperanzas anhelantes y de impotencias que llenaban el recinto.
Presidía la vista un juez retirado del tribunal de distrito de Springfield. Era un hombre canoso, con sobrepeso y rubicundo, dado a hacer aspavientos con las manos. Tenía un mazo que utilizaba a menudo sin motivo aparente, y llevaba una toga negra algo gastada que seguramente había vivido mejores días y casos más importantes. A su derecha había una psiquiatra del departamento de salud mental, una mujer joven con pestañas espesas que no dejaba de revisar carpetas y documentos, como si fuera incapaz de encontrar lo que necesitaba, y a su izquierda, un abogado de la oficina del fiscal de distrito local, repantigado en su asiento con la mirada aburrida de un hombre joven al que le ha tocado la china. En una mesa había otro joven abogado, de cabello hirsuto y con un traje mal entallado, algo más entusiasta y atento, que hacía las veces de representante de los pacientes, y delante de él, varios miembros del personal del hospital. Todo estaba concebido para conferir un cariz oficial al procedimiento, para expresar decisiones en términos médicos y jurídicos. Poseía un barniz, de eficiente responsabilidad, como si cada caso que se presentaba hubiera sido antes examinado con atención, estudiado debidamente y evaluado a fondo, cuando Francis sabía que era justo lo contrario.
Sintió impotencia. Echó un vistazo alrededor y se percató de que el elemento fundamental de aquellas vistas eran los familiares sentados en silencio, a la espera de que llamasen a su hijo, su hija, su sobrina, su sobrino, o incluso su madre o su padre. Sin ellos, nadie conseguía salir. Aunque las órdenes que los habían recluido en su día en el Western hubieran vencido hacía tiempo, en ausencia de alguien dispuesto a asumir la responsabilidad en el exterior, la verja del hospital permanecía cerrada. Francis no pudo evitar preguntarse cómo iba a convencer a sus padres de que acudiesen a abrirle las puertas, cuando ni siquiera iban al hospital a verlo.
Una voz sonó en su interior: Nunca te querrán lo suficiente para venir aquí y pedir que te dejen volver con ellos…
Y otra, que hablaba deprisa, le dijo: Tienes que encontrar otra forma de demostrar que no estás loco.
Asintió para sí, porque sabía que lo que ocultaba al señor del Mal y a Tomapastillas era fundamental. Se removió en su silla y empezó a examinar a las personas sentadas en la sala. Parecían de todas las procedencias, rudas, toscas. Algunos hombres llevaban chaquetas y corbatas incongruentes que se habían puesto para causar una buena impresión cuando, en realidad, era más probable que lograran el efecto contrario. Las mujeres llevaban vestidos sencillos, y algunas sujetaban pañuelos de papel para secarse las lágrimas. Pensó que había una gran cantidad de fracaso esparcido en aquella habitación, así como de culpa. Más de un rostro exhibía las marcas de la culpabilidad, y Francis sintió el impulso de decirles que no era culpa suya que se hubieran convertido en lo que eran, pero no estaba seguro de que eso fuera exacto.
– Prosigamos -dijo el juez con la cara colorada mientras golpeaba dos o tres veces con el mazo.
Francis se volvió para observar el procedimiento, pero antes de que el juez pudiera carraspear y que la psiquiatra de expresión confusa pudiera leer un nombre, oyó vanas de sus voces a la vez. ¿Por qué estamos aquí? No deberíamos estar aquí. Deberíamos correr. Deprisa, márchate. Vuelve a Amherst. Ahí estarás a salvo…