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La historia del loco [The Madman's Tale - es]

Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:

Han pasado veinte años desde que el Western State Hospital cerró sus puertas y sus últimos pacientes se reintegraron a la sociedad.
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
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– No parecía la clase de persona que se suicidaría, en especial después de mutilarse.

– Cierto -contestó Peter y suspiró-. Pero nadie parece la clase de persona que se suicidaría hasta que lo hace, y entonces, de repente, todo el mundo que la conocía asiente con la cabeza y asegura: «Por supuesto que sí.» Y parece muy evidente. -Sacudió la cabeza-. Tengo que largarme de aquí, Pajarillo -prosiguió. Y, tras inspirar a fondo, rectificó-: Tenemos que largarnos de aquí. -Levantó los ojos y adivinó algo en el rostro de su amigo-. ¿Qué pasa? -preguntó tras una pausa.

– Estuvo ahí -susurró Francis.

– ¿Quién? -Peter se inclinó hacia delante con el entrecejo fruncido.

– El ángel.

– A mí no me lo parece…

– Lo estuvo -susurró Francis-. La otra noche estuvo junto a mi cama diciéndome lo fácil que sería matarme, y esta noche estuvo ahí, con Cleo. Está en todas partes, sólo que no podemos verlo. Está detrás de todo lo que ha pasado, en Amherst, y estará detrás de lo que pase a continuación. ¿Cleo se suicidó? Supongo que sí. Pero ¿quién le abrió las puertas?

– ¿Las puertas…?

– Alguien abrió la puerta del dormitorio de las mujeres. Y alguien se aseguró de que la puerta de la escalera no estuviera cerrada con llave. Y alguien la ayudó a pasar por delante del puesto de enfermería sin ser vista…

– Vaya -comentó Peter-, es una buena observación. De hecho, varias buenas observaciones… -Reflexionó antes de añadir-: Tienes razón sobre una cosa, Pajarillo. Alguien abrió algunas puertas. Pero ¿cómo estar seguro de que fue el ángel?

– Puedo verlo -respondió Francis en voz baja.

Peter pareció algo perplejo.

– De acuerdo -dijo-. ¿Qué ves?

– Cómo pasó. Más o menos.

– Sigue.

– La sábana. La que formaba la soga…

– ¿Sí?

– La cama de Cleo estaba intacta. Todavía tenía puestas las sábanas.

Peter no dijo nada.

– Y el pulgar…

El Bombero asintió para animarlo.

– El pulgar no cayó directamente al suelo. Alguien lo movió varios centímetros. Y, si Cleo se lo hubiera cortado ella misma, bueno, tendríamos que haber encontrado algo, unas tijeras, un cuchillo o algo, ahí mismo. Y si la mutilación se hizo en otro sitio, tendría que haber habido sangre, un rastro que condujera hasta la escalera. Pero no lo había. Sólo el charco bajo su cadáver. -Inspiró hondo otra vez-. Puedo verlo -añadió en un susurro. Peter estaba boquiabierto, a punto de replicar, cuando Negro Chico se acercó a ellos. Señaló con el índice a Peter y soltó:

– Vamos. El gran jefe quiere que vayas a verlo ahora mismo.

Peter pareció debatirse entre las preguntas que quería hacer a Francis y la impaciencia que rezumaba el auxiliar.

– Pajarillo, guarda tus opiniones en secreto hasta que yo vuelva, ¿vale? -dijo por fin, y añadió-: No permitas que nadie piense que estás más loco de lo que estás. Espérame, ¿entendido?

Francis asintió. Peter dejó la bandeja en la zona de recogida y se marchó tras el auxiliar. Francis permaneció un momento en su asiento, solo en medio del comedor. Se oía un bullicio constante: el sonido de los platos y cubiertos, risas, gritos y alguien que coreaba desafinando la música lejana de una radio situada en la cocina. Una mañana corriente. Pero, cuando se levantó, incapaz de dar otro bocado a la tostada, vio que el señor del Mal lo observaba desde el rincón. Y cuando cruzó el comedor tuvo la sensación de que había más ojos pendientes de él. Fue a volverse para ver quién lo vigilaba, pero decidió no hacerlo. No estaba seguro de querer saber quién era el que espiaba sus movimientos. Se preguntó si la muerte de Cleo habría impedido que pasara algo. ¿Acaso lo que estaba planeado para esa noche era su propio asesinato, y sólo se había malogrado porque se había presentado otra oportunidad? Apretó el paso.

Cuando Peter, acompañado por Negro Chico, entró en la sala de espera del doctor Gulptilil, oyó la aguda voz del psiquiatra. En su despacho, el médico gritaba lleno de frustración y de una rabia apenas contenida. El auxiliar había puesto a Peter las esposas, pero no los grilletes, para su recorrido por los terrenos del hospital, de modo que éste se consideraba un prisionero parcial. La señorita Deliciosa, tras su mesa, se limitó a dirigir una mirada a Peter y señalar con la cabeza el sofá. Peter procuró escuchar qué era lo que tenía tan alterado a Tomapastillas, porque le sería más fácil tratar con él si estaba manso que si estaba furioso. Pasado un segundo se percató de que su ira iba dirigida a Lucy, y eso lo sobresaltó.

Su primer impulso fue levantarse e irrumpir en el despacho del médico, pero se contuvo y respiró hondo.

– Señorita Jones -se oyó a través de la puerta-, la hago personalmente responsable de toda la alteración del hospital. ¡Quién sabe cuántos pacientes más podrían correr peligro por culpa de sus acciones!

«A la mierda», se dijo Peter. Se levantó de golpe y cruzó la sala antes de que el auxiliar o la secretaria pudieran reaccionar.

– ¡Alto! -exclamó ésta-. No puede…

– Ya lo creo que puedo -la contradijo Peter, y agarró el pomo con las manos esposadas.

– ¡Señor Moses! -gritó la señorita Deliciosa.

Pero el enjuto auxiliar negro se movió con languidez, casi indiferente, como si la irrupción de Peter en el despacho de Gulptilil fuera lo más normal del mundo.

Tomapastillas alzó los ojos, sobresaltado. Lucy estaba sentada en la silla de la inquisición situada delante de su mesa, un poco pálida pero glacial, como provista de una coraza que hacía que sus palabras, por muy furiosas que fueran, le resbalaran. Permaneció inexpresiva cuando Peter entró, seguido de Negro Chico.

El director médico inspiró hondo, se calmó un poco y dirigió una mirada fría al paciente.

– Peter-dijo-, estaré contigo en un momento. Espera fuera, por favor. Señor Moses, haga el favor…

– También es culpa mía -le interrumpió Peter.

Gulptilil iba a indicarle con un gesto que se fuera, pero se detuvo con el brazo en el aire.

– ¿Culpa? -preguntó-. ¿Y eso, Peter?

– He estado de acuerdo con todas las medidas que ella ha tomado hasta ahora. Para encontrar a este asesino se necesitan medidas extraordinarias. He abogado por ellas desde el principio, así que soy tan responsable de cualquier alteración como la señorita Jones.

– Atribuyes mucho poder a tus opiniones, Peter -comentó Gulptilil tras vacilar un momento.

Esta frase confundió a Peter. Inspiró hondo.

– Todo el mundo sabe que en cualquier investigación criminal hay un momento en que deben adoptarse medidas drásticas para aislar el objetivo y volverlo vulnerable. -Eso le sonó petulante e inmaduro, y además no era del todo cierto, pero al menos sonaba bien en ese momento, y lo dijo con la suficiente convicción como para que pareciera cierto. Gulptilil se reclinó en su asiento y esperó. Lucy y Peter lo observaron, y ambos pensaron más o menos lo mismo: lo que hacía de aquel médico una persona peligrosa era su capacidad de distanciarse de la indignación, el insulto y el enfado y, en su lugar, adoptar una actitud tranquila y observadora. Eso inquietaba a Lucy, que prefería ver cómo la gente demostraba sus rabias, aunque ella no lo hiciera. Peter lo consideraba una capacidad formidable. Le parecía que todas las conversaciones que la gente mantenía con aquel psiquiatra eran, en realidad, partidas de póquer con las apuestas muy altas, en las que Gulptilil tenía la mayoría de las fichas y los demás jugadores apostaban un dinero que no tenían. Ambos tuvieron la impresión de que el doctor hacía cálculos mentales. Negro Chico sujetó a Peter por el brazo para llevarlo otra vez a la sala de espera, pero el médico cambió de opinión.

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