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La historia del loco [The Madman's Tale - es]

Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:

Han pasado veinte años desde que el Western State Hospital cerró sus puertas y sus últimos pacientes se reintegraron a la sociedad.
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
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– Sí-contestó el médico-. ¿Pero a quién sorprenderá? ¿Y cómo?

La fiscal guardó silencio. El médico observó el rostro de Cleo y meneó la cabeza.

– Ah, pobre Cleo -se lamentó-. Me gustaban mucho sus gracias. Tenía una energía frenética que, cuando estaba controlada, era de lo más divertida. ¿Sabía que podía citar el espléndido drama de Shakespeare por entero, frase por frase, palabra por palabra? Pero, por desgracia, esta tarde irá a descansar a nuestra fosa común. El encargado de la funeraria llegará dentro de poco para preparar el cadáver. Una vida llena de agitación, dolor y de una terrible soledad, señorita Jones. Quien se haya preocupado por ella tiempo atrás y la haya querido en algún momento ha dejado de constar en nuestros registros y en la memoria institucional de que disponemos. De modo que su paso por este mundo ha significado muy poco. No parece justo, ¿no cree? Cleo tenía una gran personalidad, era una mujer resuelta y de sólidas convicciones. Que todo eso estuviera envuelto de locura no menoscaba su pasión. Me gustaría que hubiera podido dejar alguna huella en este mundo, porque se merecía un mejor epitafio que la anotación que figurará en el registro hospitalario. Sin lápida, sin flores. Otra cama en el hospital, sólo que ésta estará bajo tierra. Se merecía un funeral con trompetas y fuegos artificiales, elefantes, leones, tigres y una carroza tirada por caballos, algo digno de una reina. -Suspiró-. Y bien, señorita Jones -prosiguió tras desviar los ojos del cadáver y dirigirlos hacia ella-, ¿qué piensa hacer?

– Buscar, doctor. Buscar hasta el último momento que pase aquí.

– Ah, una obsesión -exclamó Gulptilil con malicia-. Una búsqueda inquebrantable a pesar de todos los obstáculos. Tendrá que admitir que es una cualidad que se acerca más a mi profesión que a la suya.

– Quizás «insistencia» sea una palabra mejor.

– Como quiera. -Se encogió de hombros-. Pero contésteme una pregunta, señorita Jones. ¿Ha venido aquí a buscar a un loco o a un cuerdo?

No esperó a oír la respuesta, que de todos modos tardaba en llegar, y empujó el cadáver de Cleo de vuelta a la unidad de refrigeración. Las guías rechinaron.

– Tengo que reunirme con el encargado de la funeraria, que va a tener un día muy ajetreado. Buenos días, señorita Jones.

Lucy lo observó marcharse, balanceando el cuerpo regordete, y admitió que se sentía algo intimidada por el asesino que estaba buscando. A pesar de todos sus esfuerzos, seguía escondido en el hospital y, que ella supiera, totalmente inmune a su investigación.

– Eso era lo que creías, ¿verdad?

Cerré los ojos, a sabiendas de que en un momento el ángel estaría a mi lado. Procuré sosegar mi respiración y aminorar los latidos del corazón porque creía que, a partir de entonces, todas las palabras serían peligrosas, tanto para él como para mí.

– No sólo lo creía. Era verdad.

Me giré, primero a la derecha y después a la izquierda, buscando el origen de esas palabras. Parecía haber vahos, fantasmas, luces vaporosas que temblaban y parpadeaban a cada lado.

– Estaba totalmente a salvo, cada minuto, cada segundo, sin importar lo que hiciera. Seguro que eres consciente de ello, Pajarillo. -Su voz tenía un tono brusco, lleno de arrogancia y rabia, y cada palabra parecía rozarme la mejilla como el beso de un difunto.

– Estabas a salvo de ellos -dije.

– Ni siquiera conocían las leyes -se jactó-. Sus normas eran absolutamente inútiles.

– Pero no estabas a salvo de mí-repliqué desafiante.

– ¿ Y crees que ahora tú estás a salvo de mí? -replicó el ángel con dureza-. ¿A salvo de ti mismo?

No respondí. Se produjo un breve silencio y luego una explosión, como un disparo, seguida del ruido de un cristal hecho añicos. Un cenicero lleno de colillas se había estrellado contra la pared, lanzado con fiera violencia. Retrocedí. La cabeza me daba vueltas; el agotamiento, la tensión y el miedo pugnaban por apoderarse de mí. Olía a tabaco y algo de ceniza todavía revoloteaba en el aire junto a una mancha oscura en la pared blanca.

– Nos estamos acercando al final, Francis -dijo el ángel con tono burlón-. ¿Lo notas? ¿Lo sientes? ¿Te das cuenta de que casi se ha acabado? Tal como ocurrió años atrás -añadió con amargura-. Se acerca el momento de morir.

Me miré la mano. ¿Había lanzado yo el cenicero al oír sus palabras? ¿O lo había lanzado él para demostrar que estaba tomando forma, adquiriendo sustancia? ¿Volviéndose de nuevo real? La mano me temblaba.

– Morirás aquí, Francis. Tendrías que haber muerto entonces, pero morirás ahora. Solo. Olvidado. Sin amor. Pasarán días antes de que alguien encuentre tu cadáver, tiempo más que suficiente para que los gusanos te infesten la piel, se te hinche el estómago y tu hedor apeste.

Negué con la cabeza, dispuesto a hacerle frente.

– Oh, sí-prosiguió-. Será así. Ni una palabra en los periódicos, ni una lágrima derramada en tu funeral, si es que lo hay. ¿ Crees que la gente llenará alguna iglesia para encomiarte, Francis? ¿Que pronunciarán discursos bonitos sobre tus obras? ¿Sobre todas las cosas espléndidas y valiosas que hiciste antes de morir? No lo creo, Francis. Te morirás y nada más. Será un gran alivio para todas las personas a las que nunca has importado un comino y que, en el fondo, estarán encantadísimas de que ya no seas una carga para ellas. Lo único que quedará de tu vida será el olor que dejes en este piso, que los próximos inquilinos quitarán con desinfectante y lejía.

Hice un gesto hacia la pared escrita.

– ¿Crees que a alguien le importarán tus garabatos idiotas? Desaparecerán en minutos. En segundos. Alguien vendrá, echará un vistazo a los destrozos que causó el loco, irá a buscar una brocha y tapará hasta la última palabra. Y lo que pasó hace mucho tiempo quedará enterrado para siempre.

Cerré los ojos. Si sus palabras me golpeaban, ¿cuánto daño me haría con los puños? Tuve la impresión de que el ángel se volvía cada vez más fuerte y yo más débil. Inspiré hondo y empecé a arrastrarme por la habitación con el lápiz en la mano.

– No vivirás para terminar la historia -dijo-. ¿ Comprendes, Francis? No vivirás. No lo permitiré. ¿Crees que podrás escribir el final, Francis? ¡Ja! El final me pertenece. Siempre me perteneció. Siempre me pertenecerá.

No sabía qué pensar. Su amenaza era tan real en ese momento como tantos años antes. Pero tenía que intentarlo. Deseé que Peter estuviera allí para ayudarme, y el ángel debió de leerme el pensamiento, o quizá gemí su nombre sin darme cuenta, porque rió de nuevo y dijo:

– Esta vez no puede ayudarte. Está muerto.

30

Peter recorrió de prisa el pasillo, asomó la cabeza a la sala de estar común, se detuvo frente a las salas de reconocimiento y echó un rápido vistazo al comedor esquivando grupos de pacientes, en busca de Francis y Lucy Jones, pero ninguno de los dos andaba por allí. Tenía la abrumadora sensación de que estaba pasando algo fundamental a espaldas suyas. Recordó de repente la selva de Vietnam. Durante la guerra, el cielo azul, la tierra húmeda, el aire sobrecalentado y el follaje mojado parecían siempre iguales, de modo que sólo un sexto sentido permitía saber si a la vuelta de la esquina habría un francotirador en un árbol, o una emboscada, o quizá sólo un alambre camuflado que cruzaba el camino, esperando el paso errante que detonara la mina enterrada. Todo era cotidiano y corriente, todo estaba en su sitio, como se suponía que tenía que estar, excepto la cosa oculta que amenazaba con una tragedia. Eso mismo veía ahora en el hospital.

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