La historia del loco [The Madman's Tale - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
– Ah, señor Moses -dijo con su voz normal. La rabia que había traspasado las paredes se había desvanecido con rapidez-. Quizá no sea necesario, después de todo. Pasa, Peter. -Señaló otra silla-. ¿Vulnerable, dices?
– Sí. ¿Qué más podría decir?
– ¿Más vulnerable de lo que la señorita Jones se ha vuelto con este intento pueril e ingenuo de imitar las características físicas de las víctimas?
– Es difícil de decir.
– Claro que lo es -sonrió el médico-. Pero ¿dirías que si este asesino posiblemente imaginario está de verdad aquí, dentro de estas paredes, el nuevo aspecto de la señorita Jones lo atraerá inexorablemente?
– Creo que sí.
– Muy bien. Yo también lo creo. De modo que podríamos presuponer de modo razonable que si a la señorita Jones no le ocurre nada próximamente, el asesino no está en el hospital. Y que fue Larguirucho quien mató a la desventurada enfermera en un arranque de delirio homicida, como indican las pruebas, ¿no crees?
– Sería una conclusión precipitada -respondió Peter-. El hombre al que buscamos podría ser más disciplinado de lo que pensamos.
– Sí, claro. Un asesino con disciplina. Una característica muy poco corriente en alguien dominado por la psicosis, ¿no? Estáis, como hemos comentado, buscando a un hombre sometido a sus impulsos asesinos, pero al parecer ahora ese diagnóstico ya no es apropiado. Preferiríais, como la señorita Jones sugirió al llegar aquí, que fuese una especie de Jack el Destripador. Pero en mis lecturas sobre ese personaje histórico, he averiguado que no parecía tener demasiada disciplina. Los asesinos compulsivos siguen fuerzas muy potentes, Peter, y a la larga son incapaces de contenerse. Pero ésta es una discusión que compete a los historiadores de la materia y que a nosotros nos afecta poco. ¿Podría preguntarte algo? Si el asesino que, según vosotros, está aquí fuera capaz de contenerse, ¿no dificultaría eso que llegaseis a descubrirlo? ¿Sin importar los días, las semanas o incluso los años que dedicarais a buscarlo?
– No puedo predecir el futuro, doctor.
– Ah, Peter -sonrió Gulptilil-, una respuesta muy inteligente y que revela tus posibilidades de recuperación cuando te traslademos a ese lugar que sugirieron tus amigos de la Iglesia. Creo que por eso has venido a mi despacho, ¿verdad? Para comunicarme que aceptas esa oferta tan generosa y considerada.
Peter dudó. El doctor Gulptilil lo observaba.
– Por eso has venido, ¿no? -insistió, y su voz excluía cualquier respuesta salvo la evidente.
– Sí -afirmó Peter, impresionado por la forma en que Gulptilil había logrado combinar las dos cosas: sus problemas con la ley y un asesino desconocido.
– Así pues, Peter desea abandonar el hospital para iniciar un nuevo tratamiento y una nueva vida, y la señorita Jones cree que ha tendido una ingeniosa trampa a su asesino. ¿He hecho una valoración correcta de la situación?
Tanto Lucy, que había permanecido callada, como Peter asintieron.
Gulptilil esbozó una ligera sonrisa.
– Entonces creo que en poco tiempo tendremos la confirmación, o no, de ambas cuestiones. Hoy es viernes. Supongo que el lunes por la mañana podré despedirme de ambos, ¿no? Habrá tiempo más que suficiente para averiguar si el enfoque de la señorita Jones es eficaz. Y para que la situación de Peter esté… bueno, solucionada.
Lucy se revolvió en la silla, dispuesta a protestar por esa fecha límite, pero vio que Gulptilil estaba cavilando. No le convenía pedir una prórroga. Desde luego, en una partida de ajedrez burocrática con el psiquiatra, siempre perdería, sobre todo si se jugaba en su propio terreno.-El lunes por la mañana -cedió-. De acuerdo.
– Por cierto, al ponerse voluntariamente en esta situación peligrosa, ¿firmará una carta que absuelva a la administración del hospital de cualquier responsabilidad en lo que a su seguridad se refiere?
Lucy entrecerró los ojos y pronunció la respuesta obligada con todo el desdén que pudo reunir.
– Sí.
– Perfecto. Por este lado, todo resuelto. A ver, Peter, déjame que haga una llamada…
Sacó una agenda del cajón superior del escritorio. La abrió con aire despreocupado y tomó una tarjeta de visita de color marfil. Rápidamente marcó un número. Se echó atrás en la silla mientras esperaba.
– Con el padre Grozdik, por favor -dijo cuando le contestaron-. De parte del doctor Gulptilil del Hospital Estatal Western. -Se produjo una breve pausa-. ¿Padre? Buenos días. Me complace informarle que Peter está aquí, en mi despacho, y ha aceptado lo que comentamos hace poco. En todos los sentidos. Creo que es necesario efectuar ciertos trámites para que podamos poner rápidamente fin a esta incómoda situación, ¿verdad?
Peter sintió abatimiento al percatarse de que toda su vida había cambiado en ese instante. Era casi como si estuviera fuera de su cuerpo viendo cómo pasaba. No se atrevió a mirar a Lucy, que también estaba en el umbral de algo, pero no estaba segura de qué, porque el éxito y el fracaso parecían haberse confundido en su cabeza.
En la sala de estar común había varios pacientes alrededor de la mesa de ping-pong. Un anciano con un pijama a rayas y una rebeca abrochada hasta el cuello, aunque en la habitación hacía calor, movía una pala como si jugara una partida, pero no tenía contrincante al otro lado, ni tampoco pelota, de modo que el juego se desarrollaba en silencio. El anciano parecía concentrado en anticiparse a los golpes de su invisible adversario, y tenía una expresión decidida, como si la partida fuese verdaderamente reñida.
La sala estaba silenciosa, con la excepción del sonido apagado de los dos televisores, donde las voces de los locutores y los actores de una telenovela se mezclaban con los murmullos de los pacientes que conversaban consigo mismos. De vez en cuando, alguien golpeaba una mesa con un periódico o una revista, y algún que otro paciente sin darse cuenta empujaba a otro, lo que provocaba algunas palabras. Pero, para un sitio donde se vivían estallidos incontrolables, la sala estaba tranquila. Francis pensó que la ausencia de Cleo había reprimido en algo la ansiedad habitual de la sala. La muerte como tranquilizante. Pero era una mera ilusión, porque notaba la tensión y el miedo por todas partes. Había pasado algo que hacía que todos se sintieran en peligro.
Francis se dejó caer en una butaca demasiado rellena y llena de bultos. Tenía el corazón acelerado porque creía que sólo él sabía lo ocurrido la noche anterior. Esperaba que Peter regresara para comentarle sus observaciones, pero ya no estaba seguro de que su amigo fuera a creerle.
Una de sus voces le susurraba: Estás solo. Siempre lo has estado. Y no se molestó en intentar discutirlo o negarlo.
Otra voz, igual de suave, añadió: No; hay alguien que te está buscando, Francis.
Sabía a quién se refería.
No estaba seguro de cómo sabía que el ángel lo estaba acechando, pero estaba convencido de que era así. Echó un vistazo alrededor buscando detectar a alguien que lo observara, pero el problema de aquel hospital psiquiátrico era que todo el mundo se miraba y se ignoraba al mismo tiempo.
Se levantó de golpe. Tenía que encontrar al ángel antes de que éste fuera a por él.
Se dirigió hacia la puerta y vio a Negro Grande. Se le ocurrió una idea.
– Señor Moses -llamó.
– Dime, Pajarillo. -El corpulento auxiliar se volvió hacia él-. Hoy es un mal día. No me pidas algo que no pueda darte.
– ¿Cuándo se celebran las vistas de altas?
– Esta tarde hay unas cuantas. Justo después de comer.
– Tengo que ir.
– ¿Qué?
– Tengo que asistir a esas vistas.
– ¿Para qué?
– Para observar qué se hace en una vista. Quizás eso me sirva para no cometer errores cuando me toque el turno -respondió Francis, sin expresar lo que realmente pensaba.
– Bueno, Pajarillo, eso tiene lógica -comentó Negro Grande con una ceja arqueada-. No sé de nadie que lo haya pedido antes.