La historia del loco [The Madman's Tale - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
– Mi asesino siempre ha mutilado dedos. -Señaló el pulgar-. Ésta sería la quinta víctima. De ahí el pulgar.
– Mire bien -pidió el médico a la vez que sacudía la cabeza-. No hay signos de lucha. Nadie ha informado de que hubiera ningún alboroto en esta zona ayer por la noche. Me costaría mucho imaginar que su asesino, o cualquier asesino, fuera capaz de colocar una soga al cuello a una mujer de este volumen y esta fuerza sin llamar la atención. Y la víctima… Bueno, ¿qué detalles de su muerte le recuerdan a las demás?
– Todavía ninguno -respondió Lucy.
– ¿Cree que los suicidios son inusuales en este hospital? -repuso Gulptilil.
– Claro que no -contestó Lucy.
– ¿Y no tenía esta mujer una obsesión malsana por el asesinato de la enfermera en prácticas?
– Eso no lo sé.
– Quizás el señor Evans pueda ilustrarnos.
Evans se acercó y dijo:
– Parecía más interesada que los demás en el caso. Había tenido varios arrebatos importantes en los que afirmaba tener conocimientos o información sobre esa muerte. Si hay que culpar a alguien, es a mí, por no haber visto lo grave que se había vuelto su obsesión…
Entonó este último mea culpa en un tono que, en opinión de Francis, implicaba todo lo contrario. Dicho de otro modo, creía que no tenía ninguna culpa. Francis alzó los ojos hacia la cara hinchada de Cleo y pensó que toda la situación era surrealista. Al pie de la difunta se debatía literalmente lo que había pasado. Intentó recordarla viva, pero le costaba. Intentó sentirse triste, pero en realidad se sentía exhausto, como si la emoción del hallazgo fuera como escalar una montaña. Volvió a mirar alrededor, en silencio, y se preguntó qué habría ocurrido.
– Señorita Jones -decía Gulptilil-, la muerte no es algo inaudito en el hospital. Este acto encaja en un triste esquema que nos resulta familiar. Gracias a Dios, no es tan frecuente como cabría imaginar pero, aun así, ocurre, ya que a veces tardamos en reconocer las tensiones que soportan algunos pacientes. Su supuesto asesino es un depredador sexual. Pero aquí no hay signos de tal actividad. Tenemos, en cambio, una mujer que, con toda probabilidad, se auto mutiló la mano cuando sus delirios con el anterior asesinato se descontrolaron. Imagino que encontraremos unas tijeras o una navaja escondida entre sus ropas. Además, supongo que descubriremos que la sábana que convirtió en soga procede de su cama. Así es el ingenio de un psicótico que se propone acabar con su vida. Lo siento… -Señaló al personal de seguridad que estaba aguardando-. Tenemos que conseguir que esta unidad recupere alguna clase de rutina.
Francis esperaba que Peter dijera algo, pero el Bombero mantuvo la boca cerrada.
– Y, señorita Jones -añadió Tomapastillas-, cuando le vaya bien, me gustaría comentar el impacto de su, digamos, peinado. -Se volvió hacia el señor del Mal-. Que se sirva el desayuno -ordenó-. Que empiecen las actividades de la mañana.
Evans asintió. Miró a Francis y Peter y les hizo un gesto con la mano.
– Vosotros dos -dijo-, volved al comedor, por favor. -Pronunció estas palabras con un tono educado, pero era una orden como las que podía dar un carcelero.
A Peter pareció enfurecerlo, pero se limitó a dirigirse a Gulptilil y comentarle:
– Necesito hablar con usted.
Evans gruñó, pero Tomapastillas asintió.
– Por supuesto, Peter -dijo-. Estaba esperando qUe me lo pidieras.
Lucy suspiró, y dirigió una última mirada al cadáver de Cleo. Francis no supo si lo que asomó a sus ojos fue desánimo u otra clase de resignación. Intuía que ella creía que todo estaba saliendo mal, hiciera lo que hiciera. Su expresión era la de quien cree que algo está fuera de su alcance.
Francis se giró y observó también el cadáver. Dejó que sus ojos examinaran la escena por última vez mientras el personal de seguridad se disponía a descolgarla y depositarla en el suelo.
¿Habría sido un asesinato o un suicidio? Para Lucy, una de las dos cosas era probable. Para el director del hospital, la otra era evidente. Cada uno de ellos necesitaba un resultado distinto.
Francis, sin embargo, sintió un vacío frío y profundo en su corazón, porque veía otra cosa.
Se alejó de la puerta que daba a la escalera y echó un rápido vistazo al dormitorio de las mujeres. La cama de Cleo tenía las dos sábanas intactas, y que no había rastro de un cuchillo o de sangre, como sería lógico si ése hubiera sido el sitio donde se había cortado el pulgar. Sus voces interiores le gritaban cosas contradictorias, pero las silenció bruscamente.
– ¿Asesinato o suicidio? -susurró para sí-. ¿Por qué no ambas cosas?
Y se volvió para ir al encuentro de Peter.
28
Los miembros de seguridad se llevaron el cadáver de Cleo mientras Negro Grande y su hermano conducían a los consternados pacientes al comedor para el desayuno. Lo último que Francis vio de la emperatriz de Egipto fue un bulto metido en una bolsa negra para cadáveres que desaparecía por la puerta principal. Pasados unos instantes, Francis se encontró ante un plato desabrido con una tostada que chorreaba un jarabe pegajoso e insípido mientras intentaba analizar lo que había pasado durante la noche. Peter se sentó en la misma mesa. Parecía de muy mal humor, y se dedicó a remover el plato. Noticiero se acercó y empezó a decir algo.
– Ya sé cuál es el titular de hoy -lo atajó el Bombero-. «Paciente muere en un hospital. A nadie le importa un comino.»
Noticiero hizo un puchero y se marchó a una mesa vacía. Francis pensó que Peter se equivocaba, porque había varias personas conmocionadas por la muerte de Cleo. Miró alrededor como para señalárselas, pero entonces vio al hombretón retrasado, que tenía problemas para cortar la tostada en trozos. En otra mesa había tres mujeres que hablaban consigo mismas, indiferentes a la comida e indiferentes unas a otras.
Otro hombre retrasado observaba a Francis con ceño, de modo que éste volvió a mirar a Peter.
– Peter -preguntó-, ¿qué crees que le pasó a Cleo?
El Bombero sacudió la cabeza.
– Todo lo que podía salir mal, salió mal -afirmó-. Le pasaba algo, ¿sabes? Algo que provocó un cortocircuito o un desgaste de todas las cosas que tienen que conectarse y mantenernos equilibrados, y nadie lo vio o hizo nada por impedirlo. Y ahí lo tienes. Cleo ya no está. ¡Zas! Como un truco de magia en un escenario. Evans debería haber visto algo. Quizá los Moses, las enfermeras Caray o Bonita, o tal vez incluso yo. Igual que con Larguirucho, cuando el asesinato de Rubita. Sentía un montón de cosas en la cabeza; martilleos, bulldozers, excavadoras, como obras en la carretera, salvo que nadie se dio cuenta. Y cuando prestan atención, es demasiado tarde.
– ¿Crees que se suicidó?
– Por supuesto -respondió Peter.
– Pero Lucy dijo…
– Lucy estaba equivocada. Tomapastillas tenía razón. No había indicios de violencia. Y el pulgar mutilado… Bueno, es probable que fuera una manifestación de su locura. Algún delirio de lo más extraño. Puede que cortarse el pulgar tuviera alguna lógica demencial para ella en el último momento. Nunca lo sabremos exactamente.
– ¿Examinaste realmente ese pulgar? -dijo Francis tras tragar saliva.
El Bombero sacudió la cabeza.
– Cleo me caía bien -dijo-. Tenía personalidad. Carácter. No era vacua, como tantos pacientes. Ojalá hubiera podido meterme en su cabeza un segundo y ver qué sentido tenía todo para ella. Tenía alguna lógica retorcida y propia. Algo que ver con Shakespeare, Egipto y todo eso. Ella era su propio teatro, ¿no es así? Supongo que debería haber estado sobre un escenario. O tal vez convertía todo lo que la rodeaba en su escenario. Puede que ése sea su mejor epitafio.
Francis vio cómo los pensamientos de Peter se arremolinaban, como zarandeados de un lado a otro por vientos huracanados. En ese momento no pudo reconocer en él al investigador de incendios provocados. Siguió haciéndole preguntas en voz baja.