Los inconsolables [The Unconsoled - es]
- Автор: Исигуро Кадзуо
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:
Hoffman pareció genuinamente perplejo.
– Disculpe, señor -dijo, bajando la voz discretamente-, pero ¿no acaba de ensayar?
– No, no lo he hecho. No…, no he podido hacerlo.
– ¿Que no ha podido hacerlo? Señor Ryder, ¿está todo bien? Quiero decir que si se siente usted bien…
– Estoy perfectamente. Oiga… -Dejé escapar un suspiro-. Si de veras quiere saberlo, no he podido ensayar allí dentro porque…, bueno, con franqueza, señor Hoffman, las condiciones del recinto no eran las más adecuadas para brindarme el aislamiento que preciso. No, señor Hoffman, déjeme hablar. El nivel de intimidad no era el adecuado. Puede que baste para alguna gente, pero para mí… Bueno, se lo estoy diciendo, señor Hoffman. Se lo diré con absoluta franqueza: me sucede desde que era un niño. Nunca he podido ensayar al piano más que en condiciones de total, absoluto aislamiento.
– ¿De veras, señor Ryder? -Hoffman asentía con la cabeza con expresión grave-. Me hago cargo, me hago cargo…
– Bien, espero que realmente se haga cargo. Las condiciones de ese cuarto… -dije, sacudiendo la cabeza- no son ni por asomo aceptables. Y ahora el asunto es éste: necesito con urgencia un lugar adecuado para ensayar.
– Sí, sí, por supuesto. -Hoffman asintió con la cabeza en ademán de comprender cabalmente lo que le estaba diciendo-. Creo, señor, que tengo la solución. Hay otra sala de ensayos en el anexo que podrá brindarle el aislamiento que precisa. El piano es excelente, y en lo tocante a la intimidad…, se la puedo garantizar, señor. Es una sala muy, muy íntima.
– Muy bien. Parece la solución. El anexo, dice usted… -Sí, señor. Le llevaré hasta allí personalmente en cuanto finalice su entrevista con el Grupo Ciudadano de Ayuda Mutua…
– Mire, señor Hoffman -dije de pronto, gritando, reprimiendo un imperioso impulso de agarrarle por las solapas-. ¡Escúcheme! ¡Me tiene sin cuidado ese grupo ciudadano! ¡Me tiene sin cuidado lo que tengan que esperar! La cuestión es la siguiente: si no puedo ensayar, hago las maletas y me largo de esta ciudad inmediatamente. ¡De inmediato! Eso es lo que hay, señor Hoffman. No habrá discurso, no habrá interpretación, ¡no habrá nada de nada! ¿Me entiende bien, señor Hoffman? ¿Me entiende?
Hoffman se quedó mirándome fijamente mientras palidecía por momentos.
– Sí, sí -alcanzó a decir en un susurro-. Sí, por supuesto, señor Ryder.
– Así que debo pedirle -dije, esforzándome por controlar el tono de mi voz- que tenga la amabilidad de conducirme sin dilación hasta ese anexo.
– Muy bien, señor Ryder -dijo él, y dejó escapar una risa extraña-. Le entiendo perfectamente. A fin de cuentas, no son más que ciudadanos de a pie. ¿Qué necesidad tiene alguien como usted de…? -Luego pareció recuperar el dominio de sí mismo y dijo con firmeza-: Por aquí, señor Ryder. Si es usted tan amable de seguirme…
24
Recorrimos un trecho del pasillo y luego pasamos a través de un gran cuarto de lavandería en el que había varias máquinas que emitían una especie de gruñido prolongado. Luego Hoffman me hizo salir por una puerta estrecha, y al pasar al otro lado me vi frente a las puertas dobles del salón.
– Atajaremos por aquí -dijo Hoffman.
En cuanto entramos en el salón entendí por qué antes Hoffman se había mostrado reacio a despejarlo. Estaba atestado de huéspedes que charlaban y reían, algunos con vistosas galas, y lo primero que pensé fue que habíamos topado con una fiesta privada. Pero al abrirnos paso despacio a través de los presentes, pude distinguir varios grupos marcadamente diferentes. Una parte del salón lo ocupaban varias personalidades locales de aspecto exuberante. Otro grupo parecía integrado por unos ricos jóvenes norteamericanos -muchos de ellos estaban cantando una suerte de himno universitario-, y en otra parte del recinto un grupo de hombres japoneses había juntado varias mesas y también se divertía bulliciosamente. Aunque se trataba de grupos claramente separados, parecía existir entre ellos cierta interacción fluida. Los huéspedes se paseaban de mesa en mesa dándose palmadas en el hombro, sacándose fotografías y pasándose unos a otros platos de sandwiches. Un camarero de aire agobiado y uniforme blanco se movía entre ellos con sendas jarras de café en las manos. Pensé en localizar el piano, pero me hallaba demasiado ocupado en abrirme paso entre la gente y en seguir a Hoffman. Finalmente, llegué al otro extremo del salón, donde Hoffman me aguardaba con otra puerta abierta.
Salí y me vi en un pasillo estrecho cuyo extremo del fondo se hallaba abierto al exterior. Y al instante siguiente estaba en un pequeño y soleado aparcamiento, que reconocí de inmediato como aquel al que me había conducido Hoffman la noche del banquete de Brodsky. Hoffman me guió hacia un gran automóvil negro, y unos segundos después nos vimos inmersos en el denso tráfico de la hora del almuerzo.
– El tráfico de esta ciudad… -Hoffman suspiró-. Señor Ryder, ¿quiere que ponga el aire acondicionado? ¿Está seguro? Santo cielo, mire ese tráfico… Afortunadamente, no tendremos que soportarlo durante mucho tiempo. Tomaremos la carretera del sur.
En el siguiente semáforo, en efecto, Hoffman torció una esquina y tomó una carretera en la que los vehículos circulaban con mucha más fluidez, y segundos después avanzábamos a buena velocidad por la campiña abierta.
– Ah, sí, eso es lo maravilloso de nuestra ciudad -dijo Hoffman-. No tienes que conducir mucho para encontrarte con un paisaje agradable. ¿Lo ve?, el aire ya está mejorando.
Dije algo en señal de asentimiento y me quedé callado; no tenía ninguna gana de verme embarcado en conversación alguna. Entre otras cosas, empezaba a albergar dudas acerca de mi decisión de interpretar Asbestos and Fibre. Cuanto más pensaba en ello, más parecía volverme el recuerdo de mi madre expresándome un día su irritación ante esa pieza. Consideré durante un instante la posibilidad de interpretar algo totalmente diferente, algo como Wind Tunnels, de Kazan, pero recordé de pronto que se trataba de una pieza cuya ejecución llevaba dos horas y quince minutos. No había duda de que la breve e intensa Asbestos and Fibre era la elección acertada. Ninguna otra de esa extensión brindaría como ella la oportunidad de mostrar tal abanico de estados de ánimo. Y ciertamente, a nivel superficial al menos, se trataba de una pieza que a mi madre no tendría por qué desagradarle, sino todo lo contrario. Y sin embargo seguía habiendo algo… -no más que la sombra de un recuerdo, hube de admitir- que me impedía sentirme a gusto con mi elección de la pieza.
Con excepción de un camión que podía divisarse en la lejanía, estábamos solos en la carretera. Contemplé la tierra de labrantío que se extendía a derecha e izquierda y volví a tratar de recuperar aquel fragmento esquivo de la memoria.
– No tardaremos mucho, señor Ryder -me estaba diciendo Hoffman-. Estoy seguro de que encontrará la sala de ensayos del anexo mucho más de su agrado. Es muy tranquila, un sitio ideal para ensayar durante una o dos horas. Pronto podrá usted abismarse en su música. ¡Cómo le envidio, señor! Pronto se verá usted rumiando sus ideas musicales. Como si se hallara paseándose por una espléndida galería de arte en la que, por obra de un milagro, le dijeran que cogiera una especie de cesta de la compra y se llevara a casa las obras que quisiera. Perdóneme -dijo, soltando una carcajada-, pero siempre he acariciado esa fantasía. Mi mujer y yo paseando juntos por una galería de arte llena de los objetos más bellos… El sitio, aparte de nosotros, está vacío. Ni siquiera está el encargado. Y, sí, llevo una cesta en el brazo, y nos han dicho que podemos llevarnos lo que queramos. Hay ciertas normas, claro está. No podemos llevarnos más de lo que cabe en la cesta. Y, por supuesto, no podremos vender nada de lo que nos llevemos (aunque ni se nos pasaría por la cabeza aprovecharnos tan mezquinamente de tal oportunidad sublime…). Así que ahí estamos los dos, mi mujer y yo, paseándonos por esa sala celestial. La galería formaría parte de una gran mansión situada en alguna parte de la campiña, quizá mirando a vastas extensiones de terreno. La balconada se abre a una vista espectacular. Hay grandes estatuas de leones en cada esquina. Mi mujer y yo contemplamos el paisaje, y debatimos sobre qué objetos vamos a llevarnos. En mi fantasía, no sé por qué, siempre hay una tormenta a punto de estallar. El cielo es de un gris de pizarra, y sin embargo es como si estuviéramos gozando de un brillantísimo sol de verano. Y hay enredaderas, hiedras por todas partes. Y estamos solos, mi mujer y yo, con nuestra cesta aún vacía, debatiendo qué llevarnos… -Se echó a reír-. Perdóneme, señor Ryder. Me estoy dejando llevar… Pero es así como imagino que ha de ser para alguien como usted, alguien de su genio, que le dejen solo al piano durante una hora o más, en medio de un paraje apacible; como imagino que ha de ser para la gente de talento. Andar vagando entre sublimes ideas musicales… Examinando ésta, sacudiendo la cabeza, dejándola a un lado… Por bello que sea el resultado, nunca se encuentra lo que se anhelaba encontrar. ¡Ah, qué hermoso debe de ser lo que tiene en la cabeza, señor Ryder! Cómo me gustaría ser capaz de acompañarlo en el viaje que va a emprender en cuanto sus dedos toquen las teclas… Pero, claro, usted llegaría a donde yo no podría llegar nunca. ¡Cómo le envidio, señor!