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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Un arquero levantó del suelo la esfera armilar y se la tendió a Bernardo. La elegante arquitectura de círculos de cobre y plata, sostenida por una armazón más robusta de aros de bronce, había sido cogida por el tronco del trípode y asestada con fuerza sobre el cráneo de la víctima, y como consecuencia del impacto muchos de los círculos más delgados estaban rotos o aplastados en un punto. Y que ése era el sitio que había dado contra la cabeza de Severino estaba claro por las huellas de sangre e incluso por los grumos de cabellos mezclados con inmundas salpicaduras de materia cerebral.

Guillermo se inclinó sobre Severino para cerciorarse de que estaba muerto. El pobrecillo tenía los ojos velados por la sangre que había manado de su cabeza, y muy abiertos, y me pregunté si, como cuentan que sucede algunas veces, podría leerse en la pupila ya inmóvil el último vestigio de las percepciones de la víctima. Vi que Guillermo buscaba las manos del muerto para verificar si tenía manchas negras en los dedos, aunque en aquel caso estuviese muy claro cuál había sido la causa de la muerte: pero Severino tenía puestos los mismos guantes de piel que otras veces le había visto usar cuando tocaba hierbas peligrosas, ciertos lagartos verdes o insectos desconocidos.

Mientras tanto, Bernardo Gui estaba diciéndole al cillerero:

—Remigio da Varagine. ¿Ese es tu nombre, verdad? Había ordenado a mis hombres que te buscaran basándome en otras acusaciones y para confirmar otras sospechas. Ahora veo que mi decisión fue correcta, aunque, y soy el primero en reprochármelo, demasiado tardía. Señor —le dijo al Abad—, me considero casi responsable de este último crimen, porque desde la mañana sabía que este hombre debía ser puesto en manos de la justicia, después de haber escuchado las revelaciones del otro infeliz arrestado la noche pasada. Pero sois testigo de que esta mañana he tenido que cumplir con otros deberes, y mis hombres han hecho lo que han podido…

Mientras hablaba, en voz alta para que todos lo escuchasen (a todo esto, la habitación se había llenado de gente, que se metía por todos los rincones, mirando las cosas desparramadas y rotas, señalándose unos a otros y comentando por lo bajo el tremendo crimen), divisé entre la pequeña muchedumbre a Malaquías, que observaba la escena con rostro sombrío. También el cillerero lo divisó, cuando estaban arrastrándolo hacia afuera. Se liberó de los arqueros y se arrojó sobre el hermano para cogerlo por el hábito y decirle con desesperación, y cara a cara, unas pocas palabras antes de que aquéllos volvieran a agarrarlo. Y cuando ya se lo llevaban por la fuerza, se volvió una vez más hacia Malaquías y le gritó:

—¡Si juras, yo también juro!

Malaquías no respondió en seguida, como si estuviese buscando las palabras adecuadas. Después, cuando el cillerero ya estaba cruzando a la fuerza el umbral, le dijo:

—No haré nada contra ti.

Guillermo y yo nos miramos, preguntándonos qué significaba aquella escena. También Bernardo la había observado, pero no pareció turbarse, sonrió, incluso, a Malaquías, como para aprobar sus palabras y sellar así entre ellos una siniestra complicidad. Después anunció que en seguida después de comer se reuniría en la sala capitular un primer tribunal para instruir públicamente la investigación de aquellos hechos. Dio órdenes de que condujeran al cillerero a la herrería, impidiéndole que hablase con Salvatore. Después se retiró.

En aquel momento oímos que nos llamaba Bencio. Estaba detrás de nosotros.

—He entrado en seguida después que vosotros —dijo en un susurro—, cuando aún había pocas personas en la habitación, y Malaquías no estaba.

—Habrá entrado después —dijo Guillermo.

—No, yo estaba junto a la puerta y vi quiénes entraban. Os digo que Malaquías ya estaba dentro… antes.

—¿Antes de qué?

—Antes de que entrase el cillerero. No puedo jurarlo, pero creo que ha salido de detrás de aquella cortina, cuando la habitación ya estaba llena de gente —y señaló un gran cortinaje, detrás del cual había una cama que Severino usaba para que descansasen sus pacientes después de haberles administrado alguna medicina.

—¿Insinúas que fue él quien mató a Severino, y que se ocultó allí detrás al ver que entraba el cillerero? —preguntó Guillermo.

—O bien que desde allí detrás pudo ver lo que sucedía aquí. Si no, ¿por qué el cillerero le habría prometido no perjudicarlo si él no lo perjudicaba?

—Es posible —dijo Guillermo—. En cualquier caso, aquí había un libro, y todavía tendría que estar, porque tanto el cillerero como Malaquías han salido con las manos vacías.

Guillermo sabía, por lo que yo le había dicho, que Bencio sabía, y en aquel momento necesitaba ayuda. Se acercó al Abad, que observaba con tristeza el cadáver de Severino, y le rogó que los hiciera salir a todos porque quería examinar mejor el sitio. El Abad consintió, y también él salió de la habitación, no sin lanzarle a Guillermo una mirada de escepticismo, como si le reprochase que llegara siempre tarde. Malaquías intentó quedarse alegando confusas razones, pero Guillermo le señaló que aquella no era la biblioteca y que allí no podía invocar privilegios. Fue cortés pero inflexible, y así se vengó de aquella vez en que Malaquías no le había permitido examinar la mesa de Venancio.

Cuando nos quedamos los tres solos, Guillermo despejó una de las mesas de los añicos y folios que la cubrían, y me dijo que le fuese pasando uno a uno los libros de la colección de Severino. Pequeña colección, comparada con la grandísima del laberinto, pero compuesta, sin embargo, por decenas y decenas de volúmenes de diferentes tamaños, que antes estaban ordenados en los anaqueles y que ahora yacían confusamente en el suelo, mezclados con diversos objetos, y ya trastocados por las manos febriles del cillerero, y algunos incluso destrozados como si lo que éste hubiese estado buscando no fuera un libro sino algo que debía encontrarse entre las páginas de un libro. Algunos habían sido desgarrados con violencia, y yacían sin encuadernación. Recogerlos, ver rápidamente de qué trataban, y acomodarlos en pilas sobre la mesa, no fue cosa fácil, y hubo que hacerlo a toda prisa, porque el Abad nos había concedido poco tiempo, puesto que después debían entrar los monjes para recomponer el cuerpo desgarrado de Severino y disponerlo para la sepultura. Y además había que buscar alrededor, debajo de las mesas, detrás de los anaqueles y los armarios, por si algo había escapado a una primera inspección. Guillermo no quiso que Bencio me ayudase, y sólo le permitió que permaneciera de guardia junto a la puerta. A pesar de las órdenes del Abad, muchos se agolpaban tratando de entrar: sirvientes aterrados por la noticia, monjes que lloraban a su hermano, novicios que llegaban con paños blancos y palanganas con agua para lavar y envolver el cadáver…

De modo que debíamos proceder con rapidez. Yo cogía los libros y los pasaba a Guillermo, quien los examinaba y los ponía sobre la mesa. Después comprendimos que así tardábamos mucho, y empezamos a mirarlos los dos, o sea que yo cogía un libro, lo recomponía cuando estaba roto, leía el título y lo dejaba sobre la mesa. En muchos casos se trataba de folios sueltos.

De plantis libri tres. ¡Maldición, no es éste! —decía Guillermo, y arrojaba el libro sobre la mesa.

Thesaurus herbarum[140] —decía yo.

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140

«Tres libros sobre las plantas». «Tesoro de las hierbas.»

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